Una bofetada sin mano a los pasados gobiernos peledeistas de Danilo Medina (2012-2020) ha representado el anuncio formulado este domingo 31 de enero por el presidente perremeista Luis Abinader sobre la inversión de 600 millones de pesos para el inicio de la construcción de la ciudad universitaria del más grande municipio del país, Santo Domingo Este, donde viven poco más de 1 millón de personas.
En la agenda de Medina nunca estuvo el seguimiento al exitoso proceso de construcción de modernos centros regionales desarrollado por su antecesor y en ese momento presidente del oficialista Partido de la Liberación Dominicana, Leonel Fernández.
Nadie le ablandó. Ni siquiera su pupilo, el malogrado alcalde de SDE, Juan de los Santos, quien apadrinó al centro con recursos de sus empresas, gestionó con la Alcaldía el subsidio de los alquileres de los locales, apoyó nuestra Presidencia del Consejo Económico y Social Municipal en representación de la institución y, hasta el último suspiro, aseguró que sólo la muerte impediría que lograra con el Gobierno de Medina la edificación de la ciudad universitaria.
La mañana del 15 de diciembre de 2015, en su oficina de la Federación Dominicana de Municipios (Fedomu), que presidía, de los Santos y un oficial de su seguridad morirían tiroteados por un conocido.
Su sucesor, el también danilista Alfredo Martínez (2016-2020), pasó “sin pena ni gloria”, pese a que en sus inicios visitó al rector Iván Grullón (2014-2018), en el noveno piso de la torre administrativa, y allí renovó un acuerdo de colaboración y se comprometió a gestionar la construcción.
No había ni una pizca de voluntad para favorecer al menos 40 mil estudiantes pobres de la comarca y comunidades cercanas, como la provincia Monte Plata y los municipios Guerra y Boca Chica.
Con la ciudad universitaria SDE se contribuiría a bajar el hacinamiento en la superpoblada sede, quitarle presión al caótico tránsito, disminuir riesgos de siniestros viales, economizar gastos en pasajes y alimentación, y un gran dinero en alquileres. Y si se planifica bien y el populismo no se impone, el centro procuraría la excelencia y formaría los talentos que necesita el pujante SDE para alcanzar su desarrollo.
Para entender esa realidad real tuvo que llegar otro. Y el menos pensado. Abinader, diferente a Medina, nunca fue estudiante de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
En la campaña electoral para las presidenciales del 5 de julio de 2020, nadie pensaría que el candidato del Partido Revolucionario Moderno (PRMD), rico de cuna, empresario y uno de los dueños de una universidad privada, O y M, apoyaría a la academia estatal, donde su padre, José Rafael Abinader, fue maestro y vicerrector.
Durante sus primeros cinco meses en Palacio, sin embargo, él ha despejado las dudas. Ya pasa del discurso a la práctica. Y eso es plausible. Lo único que las autoridades deben reflexionar muy bien es acerca de la ubicación del terreno donde –han dicho- será levantada la infraestructura: la vieja carretera hacia San Pedro de Macorís. A lo lejos, no parece el ideal.
Esa decisión no debería nacer de caprichos ni de apresuramientos ni de intereses comerciales particulares, sino de los análisis de verdaderos expertos para evitar que en poco tiempo aquello se convierta en ruina por falta de estudiantes.
El reclamo de la ciudad universitaria no nació ayer. La inquietud late desde la siembra de la semilla, en 2005, porque se ha impartido docencia en edificios alquilados muy precarios y distantes al menos tres kilómetros uno de otro. Ambientes insufribles.
Con una creciente matrícula de estudiantes pobres, ha funcionado en los colegios Cristo de los Milagros, Los Clavellines, escuela República de Panamá, Mueblería Liranzo, edificio Papiro Liranzo y, a partir de este semestre, en el colegio Dionarys Elízabeth.
Como director nacional de la Escuela de Comunicación durante dos trienios (2002-2008) y residente durante tres décadas en el municipio, desde el primer día me ocupé de asignar materias de la carrera y asumir la facilitación ante la negación de los docentes que consideraban locales muy lejanos y precarios. El objetivo fue fortalecer y posicionar la iniciativa impulsada por la gestión rectoral de Roberto Reyna (2005-2008). Darle vida, contribuir a su crecimiento.
Y como director del centro (2014-2018), convertimos el local de la Mella en un lugar digno para profesores y estudiantes, y avanzamos en las gestiones para la consecución de la ciudad universitaria, como la presentación de los planos diseñados por arquitectos uasdianos y la ubicación de varios solares ubicados en lugares estratégicos.
Los anteriores directores, Ramón Rodríguez y Bernardo Santana, también le insuflaron vida a la iniciativa.
La lucha ha sido larga y tensa, a contracorriente de actores, externos e internos, nunca interesados en conocer la pertinencia de la ciudad universitaria. Unos, porque viven de espaldas a la tragedia de los demás. Otros, porque son vividores profesionales con pasión desmedida por la politiquería y el dinero, y perciben desde ya una amenaza para los intereses que defienden y sus bolsillos.
Docentes, discentes y sus familiares deben de tomarle la palabra al presidente Abinader. Apoyar su decisión de manera resuelta. Lo necesita desde ya. El avispero mediático comienza a alborotarse. Quiere que recule.