El problema no es llorar, ¡y que me perdone Shakira! El dolor es una realidad intrínsecamente humana. Estas últimas semanas daban ganas de llorar al leer los periódicos, mirar los noticiarios y escuchar historias sobre, por ejemplo, la gente que está en lista de espera para recibir medicamentos de alto costo.

La cuestión no es no llorar, que también hay quien expresa su indignación al estilo de los fuegos artificiales: con ruidos y luces, llamando la atención, dejando una estela de humo, pero sin poder iluminar permanentemente la oscuridad.

El problema es que promovemos un modelo de vida sin lágrimas, en el que la felicidad es entendida en clave de triunfo, belleza, salud… y lo hacemos incluso sabiendo que es una utopía. En la vida real, la felicidad es un continuo despliegue de amor hecho servicio capaz de convertir cualquier miedo, fracaso o preocupación, en esperanza y alegría, aunque nos cueste alguna lágrima.

El asunto, entonces, es qué hacemos con las lágrimas derramadas. Que a veces es necesario llorar, sea de rabia o de indignación, y en determinadas circunstancias, convertir ese llanto en un signo de protesta o en un valeroso acto de resistencia.

Tan solo llorar no es suficiente, ya lo dijimos. Pero discernir aquello que se siente y provoca llanto, podría llevar de la angustia a la acción, convirtiendo al que llora en testigo creíble de la esperanza.

Nadie me lo ha dicho (aunque quizás he debido preguntarlo), pero estoy segura de que detrás de muchas organizaciones sociales importantes hay al menos alguna lágrima derramada por indignación al darse cuenta del peso inmenso de la pobreza y la desigualdad en el ejercicio de los derechos en todos los ámbitos, pero especialmente en el de la salud.

Aunque separados por más de 40 años, algunas lágrimas derramaron, sin duda, los fundadores de dos organizaciones de bien social que surgieron para proveer a familias sin recursos económicos acceso a las terapias y atenciones que requerían sus hijos e hijas. Mientras buscaban para sus propios hijos los cuidados especiales que necesitaban, se dieron cuenta de que el Estado Dominicano no podía asegurar a todas las personas aspectos fundamentales del derecho a la salud y decidieron hacer algo.

Desde lo vivido, Doña Mary Pérez de Marranzini dio inicio a un proceso y abrió caminos nuevos. Desde 1963, ella, junto a otras personas con inquietudes similares, ha cuidado y acompañado la rehabilitación de incontables personas con discapacidades físicas e intelectuales, congénitas o adquiridas. Pero hizo más todavía: nos enseñó a hacernos cargo de personas desconocidas como si fueran nuestros hermanos. Lo hizo de una manera muy sencilla, con unos “sobrecitos” que llegaban a las escuelas y que luego los alumnos llevaban a sus casas para aportar económicamente al trabajo de la Asociación Dominicana de Rehabilitación.

Muchos años después nació Sebastián, el ángel inspirador de la Fundación Nido para Ángeles, creada en el año 2007 para responder a las necesidades de familias con casos de parálisis cerebral. Con su esfuerzo los padres de Sebastián, Monika Despradel y José Antonio Rodríguez, junto a familiares y amigos, nos recuerdan que el aprecio a la diversidad y la búsqueda de la inclusión tiene que sentirse primero en el corazón, practicarse por convicción y sostenerse en el tiempo por amor.

En estas dos familias —la de Doña Mary y la de Monika y José Antonio— descubrimos modos de hacer el bien a otros de manera constante, a través de mecanismos institucionales que no se agoten en sucesos aislados de caridad. Con sus vidas ellos inspiran y animan a otros a buscar, en cada una de las preguntas que les hace la vida, las fuerzas para convertirse en respuesta para los demás.

Sumarse a los esfuerzos de estas y otras organizaciones que ofrecen oportunidades a las personas más vulnerables y aprender de ellas cómo transformar lágrimas en sonrisas, también podría ser “pa tipos como tu-u-u-u”.   Anímate, hazte voluntario.