El sentirse parte de un grupo específico, ya sea de religión, sociedad, deporte, cultura o país, por dejarlo ahí, muchas veces nos llena de una sensación agradable. Especialmente aquella que nos identifica por lo nacional o nativo de, x nación.
Muchas veces estas “cosquillitas” se van acumulando en el subconsciente como “ese álbum” de memorias que construimos desde nuestra infancia.
Con el tiempo, somos un cúmulo de nostalgias atrapadas en nuestra cabecita turbada por los encontronazos de la vida que solo tiende a reírse o llorar ante el mínimo estímulo de recuerdo patrio o familiar o de cualquier otra vaina que nos toque.
Cuando uno hace consciencia de esto comienzan las preguntas ¿quién soy yo realmente? ¿de dónde vengo? Y así se van incrementando las mismas ¿tengo derecho a sentirme superior a los otros? ¿por qué soy superior? ¿quién me ha dado ese privilegio?
La verdad es que uno solo se detiene un momento a pensar ¿de dónde diablos salí? O ¿cómo me hice? Y se da cuenta que todo lo que compone nuestra existencia, es decir, su composición humana, no es algo ¡que usted! se haya otorgado. Es algo dado, en otras palabras, usted no se hizo.
De la misma manera que usted no se hizo, también debería cuestionarse ¿con que propósito creo ser lo mejor?
Independientemente que lo crea o no, en el fondo estamos embadurnados de ego que nos empuja hacia arriba en una búsqueda absurda por llegar a una posición cimera ante todos los que conocemos.
Buscamos el bienestar como parte del instinto de supervivencia y parte de esa búsqueda nos incita a “identificarnos” con grupos o etnias o clubes…cualquier “pendejá” que nos augure éxito y seguridad.
Por esto vemos constantemente discriminaciones de individuos que “se creen” superiores ya sea por raza o cultura.
De aquí, volvemos a la pregunta que da pie a este “latido” que me mueve hoy ¿soy de? …
Realmente no soy de nadie, ni de mi madre o padre, mujer o hijos, sociedades secretas o públicas y ni de mis amigos o mi patria.
No soy de nadie conocido y seguramente de ningún desconocido tampoco. Pero lo más interesante de todo es que “ni siquiera soy de mí mismo” ¿entonces que y de quién soy?
No esperen que les vaya a dar tamaña respuesta, yo también soy un desconocido e ignorante que navego con ustedes en esta nave-bola espacial en un espacio más negro e indeterminable llamado universo…
Solo sé que ni mis padres sabían que darían a un muchacho tan “buenmozo y simpático” como este servidor suyo.
Llegar a este punto de mi vida y seguir sin entender “los porqués” de nuestras vanidades efímeras, de nuestra breve existencia, de ese afán constante de “ser”.
¿Pero ser qué? No somos capaces de auto crearnos, no somos capaces ni de fabricarnos una uña mucho menos el corazón que palpita en nuestro tórax.
No nos dimos absolutamente nada de lo que somos y, aun así, andamos por el mundo sacando el pecho presumiendo de lo que nada hicimos y encima, ni sabemos con qué propósito estamos donde estamos y nacimos donde nacimos.
Nos enciman una nacionalidad, un color, una religión o cualquier otra etiqueta y nos imponen a defenderla a capa y espada. Nos hacen parte de su tribu y “además” tenemos que estar orgullosos de sus culturas así sean una M.
La verdad, bueno, la “otra verdad” de la que ya “intenté” mencionar más arriba, es que uno es una M que no sabe nada de nada.
Llegamos en esta forma a la que llamamos “humana” y la diseccionamos y nombramos sus órganos y de que están compuestos, pero no podemos explicar ¿qué carajo somos en verdad? ¿cuál es nuestra verdadera esencia?
Yo “soy de” “esos” que se preguntan muchas cosas. De los que mira este momento único de vivir como una “oportunidad para dar” y sin embargo hasta lo que doy ni siquiera es mío.
Al final, uno se da cuenta que nunca tuvo nada y que solo tuvo lo que dio. “Todo se queda” menos uno.
La próxima vez que alguien me pregunte ¿de dónde eres? Tomare de la metáfora de Juan 15:18-21 y diré “soy de otro mundo. Un simple y ¡mínimo! Caminero. Salud!