1.

La potencia de una fe viene de los ejemplos de su Dios o del Hijo-de-su-dios, de las prácticas de este, de su biografía, pero también, y mucho, del modo como muere ese ejemplo. La Buena-muerte, expresión que designa, a menudo, la aceptación tranquila del final de la vida en circunstancias de calma, puede también entenderse en términos éticos y en términos religiosos. Para los creyentes, la mala-muerte de un Dios o del Hijo-de-un-Dios-que-también-es-Dios y también-es-humano, sería una muerte poco valiente o en circunstancias domésticas que son las circunstancias que más se alejan del mito. Un mito o una creencia sólo pueden surgir de un punto infinitamente alejado de aquello que nos es familiar. El mito es la distancia más larga de lo previsible y de lo común.

Es el lugar incomún, por excelencia, el tiempo incomún, el gesto incomún, etc.

La buena-muerte, la más explosivamente benigna, será, pues, la muerte consecuencia de un sacrificio. Alguien que podría optar por la no muerte y entrega, finalmente, su vida por un bien mayor. Un intercambio inesperado; el intercambio más humanamente alto – doy mi vida por… – pero también la que más cerca está de no ser humana.; abdicar de la vida es propio de un humano por encima de los humanos; quizá un estado intermedio – aquello que los antiguos llamaban héroes – estos todavía no eran dioses, pero ya no eran humanos, estaban a medio camino. Eran tan orgullosos, podríamos decir, que paradójicamente no ponían su existencia en el punto más alto. Mi vida es tan importante que, si hace falta, abdico de ella, ya que esa abdicación soltará una enorme energía en el espacio y en el tiempo. Este es el supremo orgullo de los héroes.

2.

Si Cristo hubiera tenido la misma vida, exactamente con los mismos episodios, la misma descripción de milagros, pero hubiese terminado su camino humano de una manera menor, hoy el Cristianismo estaría metido en un libro con sus hojas medio sueltas, en un cajón secundario de la Historia. El nacimiento de Cristo puede ser estética y narrativamente atractivo: animales, una cierta pobreza vs. Reyes magos y ricos, estrellas que guían a quienes guían a los humanos (naturaleza que guía a los más poderosos), naturaleza que conoce el mejor de los caminos, mucho mejor que el poder, etc. Sí, la descripción del nacimiento de Cristo puede ser estética y narrativamente atractiva, simbólicamente potente, pero es en la muerte de Cristo donde empieza el Cristianismo.

Como si, para los creyentes, el sacrificio de Cristo y su resurrección fuera el verdadero nacimiento de la fe; y como si el calendario histórico sólo empezara en ese momento. Al lado de una muerte que es consecuencia de un sacrificio, todas las demás, pero todas, parecen muertes menores, muertes 'mediamente' humanas.

3.

Por supuesto que hay sacrificios que coinciden com matanzas – y no hace falta recordar los bombistas suicidas, etc. – y, por ello, el sacrificio en si no puede ser puesto en el punto máximo del altar de las buenas-muertes éticas. Sin embargo, el sacrificio que sólo exige del mundo la propia muerte para que el mundo siga en caminos más fuertes, es muy distintivo. Este sacrificio concentrado en sí, que no llama a nadie más a su centro, pone, en la espalda humana, como dirían los románticos, un sello divino.

4.

Sir James George Frazer, antropólogo británico, defendió la teoría de que el sacrificio, en general, en las diferentes sociedades designadas, quizá de manera infeliz, a este lado del mundo, como “pre-cristianas”, tendría origen en “prácticas mágicas en las cuales el ritual de muerte de un Dios se realizaba como un medio de rejuvenecerlo”.

Se puede entender, así, que un Dios va perdiendo fuerza, que va envejeciendo, casi como los humanos, y sería necesaria su muerte, el ritual falso de su muerte aparente, para que regresara, para que resucitara con más fuerza. El volver a la vida, el resucitar, no sería el regreso a la fuerza anterior, inmediatamente antes de su muerte, no sería el regreso a una fuerza ya-medio-débil, sino el regreso al inicio, a la gran explosión de fuerza inicial.

5.

Sería interesante, por eso, pensar ¿cuándo necesita una religión un nuevo gran sacrificio para recuperar una cierta fuerza perdida? ¿Cúal es el momento? ¿2024, 2224? ¿Y cómo podrá ser hecho, y por quién, ese segundo sacrificio? ¿Y será posible, en una religión, en su Historia, que exista más de un grande sacrificio?

6.

La conocida proclamación de la “muerte de dios” puede así, claro, tener varias interpretaciones; esa frase puede ser dicha por un sepulturero o por un creyente. Por un sepulturero que solamente quiere registrar lo que le parece ser un hecho, o por un creyente que, de la muerte, sólo extrae la posibilidad de un 2º nacimiento aún más fuerte.

Pero sí, celebrar el sacrificio, esta es una de las aparentes rarezas de esta época que ha pasado. Como si sólo de la gran tristeza ejemplar histórica se pudiera extraer la gran alegría ejemplar.

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Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso