La Sequía en mi Memoria
Las sequías debemos recordarlas. Ellas están registradas en libros e informes que se elaboran para registrar sus efectos devastadores, con la finalidad de que tomadores de decisiones y la población en general puedan enfrentarlas y mitigar los impactos que producen en la agricultura, la ganadería, los recursos naturales, la economía y la sociedad, en general.
Meteorológicamente las sequías no son un fenómeno nuevo, ya que durante toda la existencia de este país y del planeta Tierra muchas de ellas nos han impactado, por lo que ya debemos acostumbrarnos a convivir con ellas, preparados para lo peor.
La ausencia de lluvia durante algunos años y hasta décadas es parte de nuestra historia. La ocurrencia de este fenómeno meteorológico está registrada en nuestra memoria, por lo menos en los últimos 100 años, ya sea porque las encontramos plasmadas en publicaciones de diferentes épocas, por relatos de vivencias de la generación de nuestros padres durante la primera mitad del siglo pasado o por experiencias vividas en carne propia.
Varios años del tiempo transcurrido (algo más de un siglo) entre los años 1920 y 2023 han sido de fuertes sequías, según testimonios de la gente, de datos registrados en informes de la Secretaría de Estado de Agricultura, hoy Ministerio Agricultura, y de la Oficina Nacional de Meteorología (ONAMET), con antecedentes de registros y mediciones desde la segunda mitad del siglo XIX.
De esos informes son de interés los señalamientos, en junio del 1939, del señor José Luna, Ingeniero Municipal de Santiago, “en informes y recomendaciones para la conservación de nuestros bosques y río”, (Impresosen 1984 por el Plan Sierra) a Don José Estrella, Comisionado Especial del Gobierno para las Provincias del Cibao y Consejero Honorario de las Secretaría de Estado de Agricultura, Industria y Trabajo, hablando de la necesidad de crear el Distrito Central de Conservación de Montes y Agua, porque la sequía meteorológica (ausencia de lluvia) y el tamaño de la cuenca, como recipiente captador de agua no eran del control humano; pero sí el Estado y la sociedad tienen el poder de conservarla reponiendo la cobertura boscosa y con esta lograr la permeabilidad de los suelos y la reducción de la evapotranspiración del agua precipitada, como una manera de mitigar los efectos de la sequía meteorológica.
Cada siglo tiene sus décadas de sequía y cada década tiene sus años. Hay quienes plantean ciclos de 2 años, 7 años y de cien años, pero en realidad lo que nosotros vemos como el año seco, en parte, es consecuencia de otros años anteriores cuyos efectos se van acumulando para dar su golpe devastador. En el caso de nuestro país la sequía se manifiesta de manera más intensa en una región más que en otras, no solo por la poca precipitación, sino por la capacidad de administrarla en las presas, ríos, humedales, aljibes y otros almacenamientos, así como las maneras de uso.
Las décadas de los 20, 30 y 40 del siglo pasado fueron una oportunidad de movilizar a la opinión pública asociando los niveles de deforestación con los fuertes efectos que producía la sequía, sin que esto implicara necesariamente una relación simétrica: tengo árboles, tengo lluvia. Aparecen las inquietudes por las áreas protegidas como el Vedado del Yaque (1928), en la parte alta del río Yaque del Norte; Loma Novillero y Siete Picos (1933), en los ríos Haina y Ozama; y el Puerto (1947) en el río Camú en La Vega.
Los resultados de las mediciones del estiaje (caudal mínimo) del río Yaque del Norte en el Informe sobre el río Yaque del Norte, sobre la Repoblación Forestal (Reforestación) en 1947, son indicadores de las inquietudes de la época y la precaria situación por falta de lluvia; ya que dicho río, en los meses de menos lluvia del año 1922 llegó a 20.5 metros cúbicos por segundo, aforo hecho por el propio Ing. Luna y Vicente Tolentino en la estación de Hato del Yaque, Santiago; cuando el promedio anual podría ser de 60 en adelante, teniendo años promedios de 80 metros por segundo.
Haití, que tenía un régimen de lluvia parecido al nuestro, según el ing. José Luna, en una de sus comunicaciones al Comisionado antes citado, al presentar las mediciones de dicho país, desde el 1883 al 1940, es decir, en 57 años de registros, tuvo 12 años de sequía y 45 lluviosos (Págs. 67 y 68), lo que significa un 78% con años de lluvia y 21% con años secos.
En el caso del oriente de la isla, Republica Dominicana, en mediciones hechas en la estación de La Vega, entre los años 1912 y 1939, de la cual dispuso de registros en 27 años, tuvieron 12 años de lluvia, para un 44.5% y 15 años secos, para un 55.5% del tiempo medido, según la metodología de considerar años lluvioso cuando las precipitaciones superan las 64.5 pulgadas, unos 1,714 milímetros de lluvia al año. (Pág. 64).
A partir de la década del 1940 se han registrado años secos, como en el 1947, cuando tuvimos una pluviometría de 946 mm promedio y refleja lo que fue la sequía del Centenario de la fundación de la República, de la cual hablaremos en la próxima entrega.