"Lo que mides afecta lo que haces”, enfatizaron los autores del libro “Measuring what counts” (Medir lo importante), Stiglitz, Fitoussi y Durand, en 2018.

 

Por mucho tiempo, en la República Dominicana y muchos países hemos decidido y valorado las principales políticas públicas según el desempeño del Producto Interno Bruto (PIB), esperando así superar las inequidades sociales, mejorar la calidad de la vida de forma sostenible y consolidar la democracia.  Hemos logrado crecer mucho el PIB, pero los resultados en bienestar no han sido los esperados.  Avanzamos mucho en el medio, pero poco en los fines: en superar las inequidades, en la situación de salud, educación, seguridad, preservación y sostenibilidad ambiental, otros componentes clave de la calidad de la vida actual y futura, y en la satisfacción ciudadana con el modelo de desarrollo y la gobernabilidad democrática. Parece llegado el momento de repensar cuales indicadores debemos utilizar, además del PIB, para formular y medir nuestras políticas de desarrollo y la construcción de un verdadero Estado Social y Democrático de Derechos, como lo establece nuestra Constitución.

 

Este no es un fenómeno limitado a la República Dominicana. J. Stiglitz obtuvo el Premio Nobel de economía en 2001, por sus aportes sobre la economía y la información. El Presidente Clinton (1993-2001) designó un Consejo de Asesores Económicos, dirigido por Stiglitz que comenzó por ampliar los indicadores básicos más allá del PIB; el Presidente Obama (2009-2017) reactivó este Consejo, presidido por Alan Krueger, quien había recibido elevado reconocimiento internacional al demostrar con fuertes evidencias, que los incrementos del salario mínimo no conllevaban mayor desempleo, como algunos pregonaban; el Presidente de  Francia, Sarkozy (2007-2012), conformó en 2008 la  Comisión para la Medición  del Desempeño Económico y el Progreso Social, integrada por dos  receptores de Premio Nobel (Stiglitz y Amarthya Sen) y J.P. Fitussi, del Instituto de Estudios Políticos de París; la OECD, que agrupa unos  36 países, incluidos 4 latinoamericanos (más 4 en proceso de ingresar o asociados), desde el 2011 produce el informe bianual “How is life?. Measuring Well-Being” (¿Como está la vida?. Medición del bienestar) y creó el “Better Life Index”   (Índice de  Mejor Vida).

 

La OECD, en su reporte del 2020, señaló: “Mejores estándares de vida debe ser la meta al diseñar las políticas públicas. Las políticas públicas serán verdaderamente eficientes y eficaces para cumplir esta promesa, sólo si van más allá de apoyar a la economía para centrarse en mejorar el bienestar de las personas, tanto “aquí y ahora” como para las generaciones venideras”.

 

En artículos anteriores, a propósito de las ideas de Mariana Mazzucato sobre un nuevo enfoque para el desarrollo del capitalismo contemporáneo, alabadas por el Presidente Petro (Colombia), señalamos la necesidad de que las políticas de salud y bienestar concentraran más atención en iniciativas y resultados que producen mayor valor en salud y bienestar ciudadano. Esto requiere un reenfoque de los sistemas de información y en los indicadores que utilizamos para definir, monitorear y evaluar las políticas de salud, sociales y de desarrollo en general. Por supuesto que no resulta fácil, la enumeración de los esfuerzos realizados por diversos Presidentes de países considerados desarrollados, muestra que no bastan las buenas intenciones y la realización de estudios e investigaciones, aunque son indispensables.  Se requiere un serio compromiso de las autoridades y de la sociedad para repensar las políticas económicas y sociales desde la perspectiva de la calidad de la salud y de la vida, así como la sostenibilidad ambiental.

 

Es difícil esperar resultados diferentes si continuamos haciendo lo mismo, señala una certera frase atribuida a Einstein (¿apócrifamente?). Si queremos mejores resultados, tenemos que disponernos a hacer las cosas de forma diferente. Entonces necesitamos revisar con detenimiento que medimos y como lo medimos. Avanzar más allá del PIB como medición de progreso; más allá de la enumeración de enfermos, fallecidos y atenciones como indicadores de salud y más allá de lamentos y justificaciones por las deficiencias de los sistemas de salud, de protección social, educación, protección y sostenibilidad ambiental.

 

No es un sueño de noches delirantes. Es lo que han hecho países que hace pocos años eran más pobres y con menor calidad de vida que nosotros y hoy son objeto de nuestra envidia explícita o disimulada.

 

No se trata solo de esfuerzos técnicos. Necesitamos reenfocar las prioridades y decisiones sobre políticas públicas de desarrollo y calidad de la vida, centrar el interés más allá del PIB, hacia la calidad de la vida cotidiana. Somos uno de los países con crecimiento económico más importante del continente, propongámonos ser uno de los países con mayor ganancia en salud, en la calidad de la vida, en preservación ambiental, y reducción de las desigualdades e inequidades sociales. Parodiando la célebre frase de Marcús, en la Francia de mayo 1968: seamos realistas, construyamos lo imposible.