«Lo que distingue las mentes verdaderamente originales no es que sean las primeras en ver algo nuevo, sino que son capaces de ver como nuevo lo que es viejo, conocido, visto y menospreciado por todos». -Friedrich Nietzsche-.

 

Hemos sido críticos recurrentes en torno al uso indiscriminado y desconsiderado que los creadores de contenidos les dan a las distintas plataformas que sirven de canales a una población cada vez más apegada a los dispositivos electrónicos. Herramientas por excelencia para buscar u obtener información en una era, presumiblemente, digital. El llamado a los organismos, cuyo deber es la protección a la familia, radica en la desproporcionada actuación de un grupo de inadaptados dispuestos a lo que sea para obtener visualizaciones y me gusta, mecanismo de compensación sensorial y pseudo validación del rebaño que eleva el ego a gente incapaz de articular una oración correcta.

 

Si bien es cierto que, bajo el amparo de nuestra Carta Magna, específicamente lo dispuesto en el artículo 49, que versa sobre la libre expresión y difusión del pensamiento, otorgando al ciudadano facultades fundamentales en aras de salvaguardar un pilar en la estructuración y preservación de la democracia, como es, su capacidad de expresar ideas y opiniones sin que éstos puedan ser censurados previamente. Del mismo modo, pone límites al proceder del hombre que, entendiendo lo antedicho y valiéndose de su prerrogativa, lacere otros derechos igualmente consagrados por el ordenamiento legal para terceros.

 

El Pacto de los Derechos Civiles y Políticos, normativa supranacional que a la luz de la propia Constitución, tienen el mismo rango en materia de aplicación, interpretación y protección de derechos fundamentales, agrega al debate un elemento interesante y necesario para la justa interpretación de los límites que bien ha colocado el Constituyente en nuestro Texto Fundamental. «La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana y de sus derechos iguales e inalienables». Lo que expresa una trilogía jerárquica en la que se sustentan los principios de un Estado aparentemente diseñado para la convivencia armónica de sus integrantes.

 

En ese orden y, observando el ritmo acelerado del enquistamiento de una conducta colectiva amorfa, de cualidades vulgares y tonalidades desafiantes en las redes sociales, contraria a todo precepto que tenga como fin,  poner rigor legal al accionar de esos individuos, es obligatorio traer a colación lo establecido en el párrafo del artículo en cuestión: «El disfrute de estas libertades se ejercerá respetando el derecho al honor, la intimidad, así como la dignidad y la moral de las personas, en especial la protección de la juventud y de la infancia, de conformidad con la ley y el orden público».

 

Sin ánimos de ser o parecer enemigo de la libertad de expresión como mecanismo transversal a otros conceptos elementales en el orden social, con los que, se refuerza la democracia, apelaré siempre, como padre y ente social preocupado por el desarrollo de un relevo generacional, a la sazón, confundido por el bombardeo de basura audiovisual vertida sin límites y sin remordimientos en un espacio diseñado para democratizar el conocimiento, al establecimiento de un sistema especializado de vigilancia estatal, capaz de detectar y detener contenidos que riñan contra la moral y las buenas costumbres aceptadas y legitimadas por el grueso social a través del Pacto Colectivo.

 

No es justo someter y/o exponer a nuestros jóvenes al morbo desenfrenado de influencers soeces y depravados que, cobijados en su supuesta libertad, transgreden, vulneran y enturbian con sus comentarios obscenos las normas conductuales elaboradas para el buen funcionamiento de grupos sociales. Es hora de que las autoridades hagan valer el poder otorgado por el Soberano para llevar a cabo un conjunto de acciones que nos permitan navegar en las plataformas digitales sin la mugre que infecta, como virus, el desarrollo humano y el cerebro de una juventud frágil y manipulable. Es hora ya de regular las redes sociales o vivir en la vulgaridad.