1.

Esta violenta noticia, que mantiene la intensidad: “La represión de las manifestaciones en Irán tras la muerte de la joven Mahsa Amini por uso incorrecto del velo islámico ha provocado 92 muertos, ha anunciado (…) la organización no gubernamental Iran Human Rights (IHR).

Resulta curioso como, por una parte, se multiplican las imágenes y se enseña a veces lo que solo debería enseñarse a los ojos más robustos –imágenes tenebrosas que nos gustaría no haber visto– y, por otro lado, en otros momentos y lugares, se cubren, con paños negros, partes de la realidad y partes del cuerpo humano.

No eres ciego, pero no te permito ver esto.

Tapar algo es una forma, pues, de cegar, local y temporalmente, los ojos de quienes pasan.

A un lado del mundo, se cubren los cuerpos que han muerto para que los ojos de los vivos no vean los muertos. A otro lado del mundo, se cubren partes del cuerpo femenino vivo.

2.

Tapar, destapar, ver, no ver.

La familia que tiene tres niños que pronto se quedarán ciegas a causa de un problema genético sigue su viaje por el mundo. Los padres quieren enseñarles de cerca, a los hijos, la variedad de la fauna, de la flora, de la arquitectura y también la infinita variedad de los humanos.

3.

¿Pero por qué viajar para ver lo que está lejos? ¿Por qué no ver imágenes de todo, del variado mundo, pero sentado? -esto es lo que podría preguntar alguien en pleno centro del siglo XXI.

Es curioso, pues, pensar en cómo, mucho después de la invención del cine y de la fotografía, en el mundo donde el centro de la circunferencia es internet –ese archivo infinito y que dentro tiene también los infinitos momentos presentes que humanos, de todo el mundo, están subiendo online a cada segundo– es curioso pensar, decía entonces, como la vieja vista, ante la realidad, no ha perdido su fuerza.

En el año 2022, en el que la imagen, las representaciones, los zooms y derivados parecían hacer creer que la realidad podía ser prescindible, esta familia asume lo contrario.

Ver la imagen de un elefante no es lo mismo que ver un elefante real, a dos metros de nosotros. Esto ya lo decía Magritte con su pipa y esto dice esta familia que viaja para enseñar el mundo de cerca a sus hijos.

En el fondo, se trata de enseñar que la visión corporal y humana no es solamente óptica. Vemos desde los pies hasta el pelo, vemos desde el cuello hasta el ombligo, desde la espalda hasta el pecho; vemos en parte gracias a los oídos –lo que oímos añade algo a la vista, como es evidente– vemos en parte gracias a la nariz y la boca; vemos muchísimo también por el señor tacto.

Esto es obvio, pero es esto tan obvio lo que esta familia no olvida. Ver no es una cuestión óptica, no es una cuestión de la minúscula iris – ver es estar presente, tener los dos pies cerca de aquello que se ve.

4.

Pero ante este proyecto de familia, pensemos. El punto de partida es violento: vas a perder la vista. Y la pregunta que surge acto seguido es esencial: ¿qué quieres ver antes de quedarte ciego?

¿Paisajes? ¿La naturaleza no domesticada, un volcán en erupción? ¿Animales exóticos? ¿Quieres ver lo que pertenece al mundo de lo infra visible – ver, por ejemplo, microorganismos con auxilios técnicos? ¿Ver las estrellas en la profundidad? ¿Ver tranquilamente el guisante como aconsejaban algunos budistas?

Pues, una de las muchas posibles respuestas: antes de quedarme ciego, quiero ver rostros.

Y en presencia, no en fotografía – pero sí, rostros. Ver el máximo de rostros antes de morir. Esto podría pedir alguien que sabe que está perdiendo la vista.

Y, de hecho, en el paisaje del rostro humano, y en sus mínimas variantes, hay algo absolutamente adictivo. El rostro humano es infinitamente minúsculo cuando se compara con una montaña, pero ese infinito minúsculo tiene por dentro un asombroso espacio para un observador lúcido.

Imagino un coleccionador de rostros (dice Jonathan, un amigo), alguien cuyo objetivo de vida fuera ver –en presencia, no debemos olvidarlo, nunca en imagen– el máximo de rostros, aproximadamente a un metro de distancia.

Un posible proyecto de vida, sí.

5.

Y esta semana, muchas otras noticias, terribles y desconcertantes. Recordar a Karl Kraus:

“El diablo es un optimista, si piensa que puede hacer peores a los hombres”.

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Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso