A cien años de su publicación en Lima, Trilce sigue atizando la imaginación lectora como hito ineludible en la historia de la poesía. César Vallejo lo escribió estando preso en la ciudad de Trujillo, y esa condición está en la médula de setenta y siete textos agónicos que parecen haber sido escritos para nuestro tiempo. Ese detalle refrenda su carácter de clásico.

Los poemas de Trilce dan cuenta de un mundo en crisis. Este desequilibrio se ve figurado en los motivos de la casa en ruinas y la familia desgajada. Para el hablante de Trilce el hogar deshecho es una contingencia tan dolorosa como fecunda. La casa ahora vacía activa la floración de esa nomenclatura íntima propia de la voz vallejiana. Es justamente en el llamado que nadie escucha donde esa voz cifra las agrimensuras del afecto, la nostalgia por un tiempo en el que todo estaba en su sitio.

Para la María Zambrano de Persona y democracia, solo en momentos de crisis puede definirse un horizonte que pueda materializar la esperanza. La crisis del sujeto en Trilce no parece llamar a expectativas, mas su empeño asegura la indispensable redención por la palabra.

I

Quién hace tanta bulla y ni deja

Testar las islas que van quedando.

 

Un poco más de consideración

en cuanto será tarde, temprano,

y se aquilatará mejor

el guano, la simple calabrina tesórea

que brinda sin querer,

en el insular corazón,

salobre alcatraz, a cada hialóidea grupada.

 

Un poco más de consideración,

y el mantillo líquido, seis de la tarde

DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES.

 

Y la península párase

por la espalda, abozaleada, impertérrita

en la línea mortal del equilibrio.

 

 

III

 

Las personas mayores

¿a qué hora volverán?

Da las seis el ciego Santiago,

y ya está muy oscuro.

 

Madre dijo que no demoraría.

 

Aguedita, Nativa, Miguel,

cuidado con ir por ahí, por donde

acaban de pasar gangueando sus memorias

dobladoras penas,

hacia el silencioso corral, y por donde

las gallinas que se están acostando todavía,

se han espantado tanto.

Mejor estemos aquí no más.

Madre dijo que no demoraría.

 

Ya no tengamos pena. Vamos viendo

los barcos ¡el mío es más bonito de todos!

con los cuales jugamos todo el santo día,

sin pelearnos, como debe de ser:

han quedado en el pozo de agua, listos,

fletados de dulces para mañana.

 

Aguardemos así, obedientes y sin más

remedio, la vuelta, el desagravio

de los mayores siempre delanteros

dejándonos en casa a los pequeños,

como si también nosotros no pudiésemos partir.

 

Aguedita, Nativa, Miguel?

Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.

No me vayan a haber dejado solo,

y el único recluso sea yo.

 

 

XVIII

 

Oh las cuatro paredes de la celda.

Ah las cuatro paredes albicantes

que sin remedio dan al mismo número.

 

Criadero de nervios, mala brecha,

por sus cuatro rincones cómo arranca

las diarias aherrojadas extremidades.

 

Amorosa llavera de innumerables llaves,

si estuvieras aquí, si vieras hasta

qué hora son cuatro estas paredes.

Contra ellas seríamos contigo, los dos,

más dos que nunca. Y ni lloraras,

di, libertadora!

 

Ah las paredes de la celda.

De ellas me duele entretanto, más

las dos largas que tienen esta noche

algo de madres que ya muertas

llevan por bromurados declives,

a un niño de la mano cada una.

 

Y sólo yo me voy quedando,

con la diestra, que hace por ambas manos,

en alto, en busca de terciario brazo

que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,

esta mayoría inválida de hombre.

 

Trilce (1922)