Así como la claudicación de Peña Batlle ante Horacio Vásquez implicó un viraje ideológico que lo llevó a apoyar “La Prolongación” y la reelección del viejo caudillo general Horacio Vásquez; también con su integración al trujillismo Peña Batlle estructura su ideología final con la que procuró perfilar las bases ideológicas del régimen tiránico, por lo que resulta pertinente preguntarnos: ¿Qué efectos ideológicos tuvo la integración de Peña Batlle al trujillismo? Hallar la respuesta implicará realizar un largo perigrinaje que cubra toda la trayectoria intelectual (la obra escrita) y política del sabio que primero fue nacionalista, liberal, hostosiano, luego horacista y murió trujillista.

 

 

Según Bernardo Vega cuando Peña Batlle se integra al Trujillismo “se da cuenta que para ser consistente intelectualmente, no podía hacerlo mediante las ideas liberales y positivistas que había defendido hasta entonces. Necesitará un nuevo armazón ideológico y lo encontró precisamente en las ideas falangistas que provenían de España”; con este nuevo ropaje ideológico pasó a combatir su propio “ideario positivista de juventud”, este anti positivismo y “su énfasis en el hispanismo y el catolicismo” sería el otro lado de la moneda, en pocas palabras: “el pensamiento político y social de Peña Batlle anterior a su claudicación frente a Trujillo (…) fue sustancialmente diferente al que adoptaría desde ese momento en adelante. Hasta 1941 Peña Batlle siguió defendiendo las ideas positivistas, racionalistas y materialistas de Hostos y de Américo Lugo”.

 

Con el trujillismo su pensamiento cambió radicalmente: “Sólo (…) cuando Peña Batlle acepta la participación en el poder (…) no tardará en convertirse en el paladín del pensamiento reaccionario” / “De hecho, la validación ideológica del despotismo fue la tarea a la que se entregó por entero, después de integración al régimen en 1935”/“su vinculación al régimen de Trujillo le llevó a contradecir prácticamente la totalidad de sus afirmaciones precedentes, inspiradas en el liberalismo”/“se decidió por el tradicionalismo hispanista y la ortodoxia católica”/“El cambio tuvo lugar con la integración al régimen despótico trujillista, en el que descolló hasta convertirse en la principal figura intelectual del mismo: puesto y preeminencia que nadie le disputó en vida ni después de muerto”.

 

A partir de su integración a la dictadura Peña Batlle articuló “un discurso coherente”, se “propuso un programa y lo llevó a cabo en proporciones formidables”/“A él debió el régimen la mejor y más contundente argumentación basada en la legitimidad del logro”, de tal modo que al morir “la máxima figura del pensamiento conservador dominicano”/“el más destacado de todos los pensadores del conservadurismo dominicano” dejo un cuerpo de ideas bien estructurado en el que se combinan viejas y nuevas ideas, he aquí una síntesis de esas ideas que exponen los efectos ideológicos del trujillismo sobre el pensamiento de “Chilo”: racismo, hispanofilia, anti-haitiano, pesimismo, autoritarismo, culto al jefe, Catolicismo, Los conceptos de Nación y Estado y el salto de Duartiano a Santanista. El racismo, en términos generales, es una ideología etnocentrista, en virtud de la cual se establece la existencia de grupos humanos/sociales/étnicos o nacionales superiores-inferiores.

 

Para el racista el fundamento de esta división de los seres humanos reside en Dios y/o en la naturaleza.  Desde este punto de vista el grupo humano inferior es considerado como detestable, despreciable, por lo que se justifica su explotación o su exterminio por el grupo al que se estima superior.  En toda América el racismo es una herencia del sistema colonial europeo que asentó y justificó su dominio sobre esta aberrante ideología. En Peña Batlle el racismo está oculto en sus concepto de raza, hispanofilia y en el anti-haitianismo, para Peña Batlle hay “razas mejor dotadas que otras para la organización política de la sociedad”, hacía referencia a España en términos de “el genio único de la raza”.

 

Fue un “hispanófilo ardiente” en el que la nacionalidad dominicana se funde con España, para él el pueblo dominicano es una “colectividad nacida del hecho mismo del descubrimiento de América, con los mismos defectos pero también con las mismas excelsas virtudes que han hecho grande, entre todas las comunidades del orbe, a la gloriosa nación progenitora”, hasta 1844 “nuestro país debía (…) la existencia a la tenacidad y al valor conque mantuvo (…) sus características de comunidad hispánica y católica”.

 

Para Peña Batlle el Estado es la “personificación jurídica de la nación” y como la nación dominicana era, en 1844, una “comunidad hispánica y católica” “el constituyente de San Cristóbal no vaciló, le dio sentido estrictamente hispanista y católico al Estado dominicano. Vamos a ser, dijo, una República de raíces netamente españolas (…) como causahabientes de España, queremos ser católicos y queremos, además, que los dominicanos de hoy y de mañana sean, en lo posible, de origen español”. De aquí entiende que la constitución de San Cristóbal es “un texto que arraigó en principios netamente dominicanos”. El hispanismo, según Peña Batlle, es el resultado de que en la isla hay “otra fuera social afincada (…) que nada tiene que ver con nuestro origen y de la cual debíamos mantenernos separados por fronteras materiales fácilmente identificables”.

 

Arribamos a 1844, y: “En el orden social hemos atravesado un siglo asidos también a los principios orgánicos que en este mismo lugar se proclamaron en 1844. Seguimos siendo una comunidad hispana, hablamos castellano, adoramos a Dios como católicos, apostólicos, romanos y nos sentimos vitalmente unidos al proceso de la civilización hispana-americana que nosotros iniciamos en las primicias de la conquista y de la colonización del continente”.

 

Para los hispanófilos “los dominicanos (…) hoy (…) somos un remoto rincón de España”, somos “la continuación espiritual y social de España” / “Los dominicanos estuvieron por siglo bajo el dominio de la noble nación que enlazó el Nuevo Mundo con el Antiguo. Más bien que vivir vegetaban contentos, porque el gobierno era paternal, y todos, gobernantes y gobernados, libres y esclavos, formaban casi una familia. España daba de corazón a su colonia lo que a su juicio era mejor, y Santo Domingo no parecía echar de menos ni aun siquiera la libertad comercial, perdida desde los comienzos de la conquista, y que probablemente habría variado a la larga las condiciones de su existencia social y política.

 

Así se vegetó por siglos entre pericias de todo género”. En Peña Batlle la hispanofilia se cierra con dos elementos muy característicos, el primero es una excusa para la “madre patria”: “El sistema de la colonización propiamente dicha o de la explotación, no es engendro español. Nació en el siglo XVII, inventado por holandeses, ingleses y franceses. España creó su Imperio a través de un sentimiento religioso. Holanda, Inglaterra y Francia lo hicieron con sentido económico y comercial. España no fomentó colonias ni fundó compañías privilegiadas de colonización”. España: “Confundió sus esencias con las de las regiones adonde llegaba para hacer de ellas provincias y entidades que luego se convirtieron en naciones a su semejanza. España civilizó medio mundo sin explotarlo. No tuvo el genio comercial de los pueblos protestantes, pero sí incomparable sentido de convivencia”.

 

Peña Batlle confunde la historia colonial dominicana, que es la historia del imperio español en América (descubrimiento, conquista y colonización), con la historia del pueblo dominicano: patriotismo es defensa de España/“los españoles-dominicanos”/”poner a cargo de los dominicanos”/“los países españoles del Caribe”/“la gloriosa jornada de los dominicanos” contra la invasión inglesa de Penn-Venables en 1654/“lo que ya era el país dominicano propiamente dicho”/“el mutilado sentimiento conformista de la nacionalidad dominicana”/“los dominicanos de 1591”.

 

Esa “evidente aberración étnica” (la hispanofilia) es un elemento esencial en el pensamiento del sabio: “La ideología de Peña Batlle es refundar el hispanismo (…) Esto le viene (…) por una actitud de clase, de élite, pero también por un defecto de su pensamiento: creer que la nación tiene esencias. Pensar que la lengua, la religión y la raza son los elementos que fundamentan la razón. Querer como fin último definir la dominicanidad como parte del continuismo político de Trujillo”.

 

En Peña Batlle el anti-haitianismo (odio étnico hacia el pueblo haitiano) es un rasgo ideológico tardío, consecuencia directa de su integración al trujillismo donde adquiere un desarrollo inusitado. En efecto, el anti-haitianismo de Peña Batlle sobresale entre las “íntimas convicciones”/“sus profundas convicciones”/“sus sentimientos más arraigados”: “Entre las muchas tensiones de violenta emotividad existentes en su carácter, ninguna era más extrema que la relacionada con su abominación de todo lo haitiano”/“su hostilidad hacia Haití (…) sus puntos de vista respecto a Haití eran tan extremos, que Peña Batlle se convirtió en el autor intelectual de la política de Trujillo tendente a ‘dominicanización’ de la regiones fronterizas”, Peña Batlle: “No podía soportar que se pronunciase en su presencia la palabra ‘serpiente’, tan significativa en la religión popular de Haití”.  Por este anti-haitianismo Peña Batlle “se convirtió en el autor intelectual de la política de Trujillo tendente a la dominicanización de las regiones fronterizas con aquel país”, por esa misma razón, cuando sonó la hora de la desgracia, Trujillo­­, a fines de 1946, “ideó para él un castigo singularmente apropiado: le nombró embajador en Haití”.

El anti-haitianismo se basa en la idea, no falsa, de que Haití representa para el pueblo dominicano una eterna amenaza para nuestra existencia como nación, esta ideología racista fue elaborada por los intelectuales que produjeron una “copiosa bibliografía (…) desmesuradamente pro hispanista y rabiosamente anti haitiana”: “los más conspicuos pensadores criollos dedicarían casi toda su capacidad intelectual a elaborar una historia dominicana que presentaba al pueblo de Santo Domingo como un conglomerado netamente hispánico, soslayando intencionalmente la presencia la presencia del elemento africano en la cultura dominicana”. Analizado en su desarrollo al interior de la conciencia social dominicana, este particular racismo (hispanofilia-anti-haitianismo) ha tenido graves consecuencias sociales, en primer lugar, se ha convertido en un condicionamiento cultural para la comprensión del problema dominico-haitiano: “los dominicanos, merced a un sistemático condicionamiento ideológico, de sólidos fundamentos racistas-que durante la tiranía alcanzó categoría de “versión oficial”- hemos sido condicionados por parte de algunos de los más prominentes miembros de nuestra intelligentsia pro hispanista a una interpretación unilateral de la cuestión dominico-haitiana. Varias generaciones de dominicanos se nutrieron ideológicamente de esa tradición hispanista que en algunos casos invirtió valores y categorías históricas con tal de presentar al pueblo haitiano como un peligro letal y permanente para la supervivencia del ethos dominicano”.

 

Después de la matanza de 1937 la difusión del anti-haitianismo se institucionaliza, esto es, se convierte en una política del Estado trujillista, para 1943 esta ideología racista ya se encontraba perfectamente definida, en este año, Juan Bosch se reúne en La Habana con tres intelectuales trujillistas y llegó a la conclusión de que esos intelectuales se expresaban “casi con odio hacia los haitianos”, a los que consideran “punto menos que animales”. Bosch entendía que el anti-haitianismo era “un nacionalismo intransigente que no es amor a la propia tierra sino odio a la extraña, y sobre todo, apetencia de poder total”. Balaguer afirma que: “ha sido Peña Batlle el historiador dominicano que con más originalidad y con más fuerza ha señalado la importancia que tuvo el factor étnico para la conservación, no sólo de la autonomía del país, sino también de su personalidad sustantiva”.

 

Bernardo Vega admite “que sus discursos contra Haití los pronuncia con entusiasmo y que superaban en calidad literaria a los de Joaquín Balaguer y Carlos Sánchez y Sánchez”, ­sin embargo; la tesis final de Vega es que Peña Batlle no fue “trujillista ni anti haitiano”, que en los discursos trujillistas ‘Chilo’, su primo, fue un “político que se ha visto obligado a trabajar para Trujillo”: ¡linda manera de justificar al sabio trujillista!

 

Obras consultadas:

 

-Robert Crassweller (1968), Trujillo.  La trágica aventura del poder personal.

-Joaquín Balaguer (1986), Historia de la literatura dominicana.

-Juan D. Balcácer (1995), Pasado y presente de Price Mars, la cuestión territorial y el anti haitianismo.

-Juan Bosch (2002), Para la Historia dos cartas.

-Miguel Ángel Fornerín (2018), Los criollos y la isla de la Tortuga. HOY. AREÍTO. 7/abril/2018.

-Raymundo González (1994), Peña Batlle y su concepto de nación dominicana.

-Raymundo González (2007), Peña Batlle historiador nacional. Clío. No.174.

-Andrés L. Mateo (2009), Prólogo al texto Orígenes del Estado Haitiano.

-Manuel A. Peña Batlle (1944), Cien años de vida constitucional dominicana.

-Manuel A. Peña Batlle (1951), La Isla de la Tortuga.

-Manuel A. Peña Batlle (1989) Ensayos Históricos.

-Bernardo Vega (1987), El Peña Batlle sobre el cual no se escribe.

-Bernardo Vega (1996), Manuel Arturo Peña Batlle Previo a la Dictadura: La Etapa Liberal.

-Bernardo Vega (2016), Arturo Peña Batlle, un merecido honor. HOY. 26/8/2016.