La poesía puertorriqueña de los últimos cuarenta años ha abordado desde diversos ángulos la evidente crisis del Estado Libre Asociado de Puerto Rico como modelo de sociedad. Una de sus respuestas a la debacle de este paradigma de la modernidad social de Puerto Rico ha consistido en privilegiar la mirada de un sujeto que se aferra al horizonte de la promesa como motivo recurrente. En estos afanes resalta la tendencia a un intimismo razonado o reflexivo, tanto por la profundidad de su alcance como por la manera en que se exploran los límites de la propia poesía como medio.

La producción poética que mejor ejemplifica estas coordenadas incluye la obra reciente de Áurea María Sotomayor, Irizelma Robles, Juan Carlos Rodríguez, Sylvia Figueroa, Claudia Becerra, Guillermo Rebollo Gil, Zaira Pacheco y Mara Pastor. En lo que sigue, comentaré la poesía de esta última, recogida en Deuda natal, publicado en 2021 por la Arizona University Press en una edición bilingüe a cargo de María José Giménez y Ann Rosenwong.

En la poesía de Mara Pastor (San Juan, 1980) se destaca la mirada del sujeto a los escenarios de la ruina del Puerto Rico del tercer milenio, un país arruinado a múltiples niveles a raíz de la debacle del modelo desarrollista que a mediados del siglo XX se perfiló como la panacea a los males asociados a la situación colonial. La mirada del sujeto en los poemas de Pastor va más allá del mero inventario del desastre; más bien procura ahondar en las estelas de la vivencia en busca de una salida que termina siendo tan personal como política.

 La poesía de Mara Pastor participa del impulso hacia la “devastación como poética”, término que emplea Malena Rodríguez Castro para subrayar en la producción cultural puertorriqueña de los últimos años cierto “pronunciamiento ético, político y estético” que “incorpora aspectos de crisis, desastres y catástrofes”. La “poética de la devastación” que teoriza Rodríguez Castro resulta útil para indagar en la poesía de Pastor, así como en la de otros proyectos poéticos importantes que han aparecido después de la publicación de Poéticas de la devastación y la insurgencia (2022), como Paístexto (2022), de Eduardo Lalo, y Escala Richter (2024), de Ángel Díaz Miranda.

Ciertamente, la idea de la devastación como “pronunciamiento” artístico es cautivante, sobre todo por su asociación con el motivo de la ruina. En la poesía de estos autores la devastación fuerza al lector a contemplar y recrearse tanto en lo ruinoso del paisaje insular como en las derivas emocionales de un sujeto también asolado. Con todo, lo singular del proceso en el caso de la poesía de Mara Pastor es que la negatividad que se asocia a la ruina es solo aparente, puesto que sus textos siempre terminan por revelar las huellas de la promesa. Para ilustrar estas señales que caracterizan su producción, me detendré en el poema “El rompeolas”, incluido en Deuda natal:

El rompeolas

Esta isla está llena de mujeres

que regresan como vuelven

las osamentas con las marejadas

o las tortugas a la orilla natal.

 

Contaban con la deuda,

pero no con los metales pesados en el agua,

el cadmio en la ceniza que respiran.

 

Nada preparó para la pobreza de la casa,

el derrumbe de un pedazo de piscina,

una muela por la que la madre

tendrá que esperar tres meses

porque la enfermedad también hace fila.

 

Ahora camino por el rompeolas.

Recuerdo dos personas felices

sobre una alegría del pasado.

Esta vez es de día.

Acabo de llegar en avioneta.

 

No creo que consiga escribir

el poema con humor sobre cabezas

que me encargó Cindy cuando recaudamos

para el tratamiento de Elizam,

pero serás un poema

sobre volver a un rompeolas,

 

y sopesar los pedazos de la isla,

sus metales pesados,

los seres queridos que se van;

pensar, desde otra orilla, en la sobrevivencia,

y entre tanto aedes, en el amor.

Regreso para pisar esta tierra

y caminar con las mujeres

que vuelven a este rompeolas

a detener la marejada.

El verso inicial establece el marco de la lectura en el inevitable motivo de la insularidad (“Esta isla está llena de mujeres que regresan”). Puerto Rico no ha estado exento de los protocolos del desplazamiento forzado de su gente; una historia, como bien se sabe, compartida por todas las sociedades del Caribe. Lo interesante es que el tránsito del sujeto en “El rompeolas” se da desde la perspectiva del puertorriqueño que regresa a la tierra natal. Ahora bien, cuando la voz poética matiza los contornos de ese espacio al que las mujeres regresan, empieza a dibujarse ese Puerto Rico ruinoso que se alza en la obra de Pastor y buena parte de sus contemporáneos (“Contaban con la deuda,/ pero no con los metales pesados en el agua,/ el cadmio en la ceniza que respiran”).

Por un lado, la “deuda” parece remitir a la conexión íntima con la tierra natal. Por otro, alude a la deuda pública de 72,000 millones de dólares que en 2014 el gobierno de Puerto Rico declaró impagable, y que trajo como consecuencia la imposición, por parte del Congreso de los Estados Unidos, de una Junta de Supervisión con absoluta potestad sobre los asuntos fiscales. Pero, sobre todo, puso en vitrina la condición colonial que el malogrado Estado Libre Asociado había procurado disfrazar por décadas. El irreversible daño ecológico figura entre las secuelas más siniestras del dominio estadounidense sobre el archipiélago de Puerto Rico y su gente.

“Contaban con la deuda,/ pero no con los metales pesados en el agua,/ el cadmio en la ceniza que respiran”. Estos versos apuntan a dos ejemplos particularmente macabros de contaminación ambiental en la historia de Puerto Rico. En 2002, la empresa estadounidense Applied Energy Services estableció una planta de carbón para generar electricidad en Guayama, al sur de Puerto Rico. Por veinte años, esa planta produjo cenizas tóxicas que se almacenaban en el municipio de Peñuelas, y que contaminaron el aire y los acuíferos de la zona. La incidencia de cáncer y enfermedades respiratorias crónicas se triplicó debido a los altísimos niveles de arsénico, radio y cadmio, entre otros metales pesados. En 2003, esas cenizas tóxicas se empezaron a almacenar en República Dominicana con gravísimas consecuencias para la salud de la población de Arroyo Barril, Samaná.

La mención de los metales pesados en “El rompeolas” también alude a la contaminación ambiental en otra zona de Peñuelas en donde, hasta 1982, operó la refinería de petróleo CORCO. Asimismo, hay una tercera alusión histórica a la contaminación por metales pesados en “El rompeolas”: la isla de Vieques, al este de Puerto Rico, y su macabra historia como campo de tiro de la Marina de los Estados Unidos. A veinte años de la salida de la Marina, la contaminación en Vieques sigue siendo un asunto escandaloso. Por ejemplo, la incidencia de cáncer en su población es treinta por ciento más alta que en el resto del archipiélago de Puerto Rico.

Visto desde las coordenadas de una “poética de la devastación”, el poema “El rompeolas”, y buena parte de la obra de Mara Pastor, puede leerse como una alegoría de la resistencia al capitalismo extractivista que ha marcado la historia colonial de Puerto Rico. Las “mujeres” que regresan a la isla buscan la casa, el emblema por antonomasia de la nación; pero se trata de una casa en franco declive: “Nada preparó para la pobreza de la casa”. También los cuerpos padecen la decadencia bajo el signo de la precariedad, como se advierte en la imagen de la “madre” y la alusión al cáncer del artista plástico puertorriqueño Elizam Escobar.

Como es propio en la obra reciente de Mara Pastor, “El rompeolas” bascula entre las referencias a la realidad sociopolítica de Puerto Rico y la voz intimista y reflexiva que caracteriza la mejor poesía puertorriqueña de hoy: “Ahora camino por el rompeolas./ Recuerdo dos personas felices/ sobre una alegría del pasado”. A partir de estos versos, el poema empieza a desplegar los ribetes utópicos que caracterizan el lenguaje poético de Pastor. Las imágenes que retratan el deterioro de lo cotidiano, lejos de constituir un lamento, apuntalan una especie de clamor ante la realidad de un país en ruinas: “serás un poema/ sobre volver a un rompeolas,/ y sopesar los pedazos de la isla,/ sus metales pesados, /los seres queridos que se van;/ pensar, desde otra orilla, en la sobrevivencia”.

El poema termina aludiendo a la consolidación de un sentido de comunidad que subraya el gesto político propio de la poética literaria de Mara Pastor: “Regreso para pisar esta tierra/ y caminar con las mujeres/ que vuelven a este rompeolas/ a detener la marejada”. Como se ve, el viaje del sujeto termina con la integración a un cuerpo colectivo que se sabe capaz de contener el oleaje e imaginar modelos alternativos de comunidad en el contexto de Puerto Rico.