A inicios de los años 90, un rufián llegó al pueblo y, con el aval de autoridades, abrió una trocha hacia playa Bucanyé. Allí, depredó manglares e instaló un furgón con faros que alumbraban el mar.
En aquel sitio solitario hizo vida con sus secuaces, hasta que, tras un reportaje nuestro en el vespertino capitalino Última Hora (imágenes hechas con telefoto), el presidente de entonces, Joaquín Balaguer, instruyó al ministro de las Fuerzas Armadas, Constantino Matos Villanueva, para que prestara atención a la denuncia.
El teniente general me contaría luego, durante una entrevista en su residencia en el centro de la ciudad, que, “por el difícil acceso al área, mandé un helicóptero y levantamos el furgón con cables, y a él lo trajimos preso. ¿Quién le decía que no a Balaguer?”. El forastero volvió a sus andanzas, pero un día “desapareció”. Como pronto desaparecieron los rumores sobre el móvil de su rara mudanza hacia el centro de unos manglares.
La agresión a ese hábitat se sumaba a la historia de extracción de arena para la construcción, ciclones y al mar de fondo que habían erosionado la playa Pedernales hasta convertirla en un pedregal tétrico y sepultar al simbólico Charco de Caonabo. La naturaleza tardó décadas para recuperar las costas de los graves daños provocados y presentarlas resplandecientes, como lucen, para orgullo nuestro.
El sobredimensionamiento de nuestro potencial de recursos naturales y ver en todo una conspiración a menudo nos hace olvidar hechos fundamentales como los anteriores, necesarios para construir el futuro de nuestra comunidad; nos impide reconocer nuestras debilidades y ahonda nuestra vieja actitud de mirar desde las gradas, pasivamente.
La negación subyacente sobre la vulnerabilidad de nuestros recursos naturales es un ejemplo.
Nos urge aterrizar en la realidad. Porque, cuando se cae en emociones desmedidas y constructos basados en la imaginación, el final del drama resulta decepcionante.
Tenemos hermosas playas, atractivo cañón, bosques húmedos, cenotes, cuevas con pictografía taína, minas, lagunas, senderos de café, aves migratorias, fauna y flora singulares que el turista amante de la naturaleza apreciaría. Pero podríamos perder esas riquezas en el corto plazo si no las cuidamos hasta la obsesión. Y eso requiere de postura proactiva.
La existencia de nuestros recursos está a expensa de los depredadores, ciclones y, lo peor, de la indiferencia colectiva.
Tengamos presente que durante los años 70 Pedernales era un diamante, y lo hemos perdido. Veamos algunos detalles:
Una mina de cangrejos. En mayo, por ejemplo, se podía llenar sacos con estos crustáceos en el mismo pueblo porque invadían las calles, los patios y hasta “visitaban” la única emisora en el aire en ese momento, Radio Pedernales. Pero la pesca indiscriminada y el uso de tóxicos y trampas en las bocas de sus madrigueras, a la vista de todos, casi los lleva a la extinción.
Los pescados y mariscos abundaban. Peces como Bocayate, loro, guanábana, peje puerco y otros eran desechados por los consumidores. Los pescadores los botaban de sus yolas al regresar a la costa. Hoy son muy demandados, y caros. La realidad: hay que recorrer grandes distancias, “mar afuera”, para conseguir unas cuantas libras del producto. El uso de chinchorros y otras técnicas, más los daños a los corales, arruinaron la vida en el fondo marino. Hoy sólo se escuchan lamentos, pero el mar habla otro idioma.
Muchos de los patios de nuestras viviendas resultaban envidiables espacios para el solaz, porque estaban cubiertos de árboles frutales y hortalizas. Los frentes, siempre limpios y con flores.
Los conucos de Los Olivares y de las lomas lucían brillantes. Los viejos no paraban de sembrarlos. Eran los tiempos de los convites, ejemplo de cultura de solidaridad.
El pueblo era culturalmente muy activo. Club Socio Cultural, Club de Leones, Club Leo, prácticas deportivas (béisbol, baloncesto, volibol, campo y pista), academia de música, banda de música, orquesta, festivales de la voz y la canción, cines, actos culturales en la escuela Hernando Gorjón y en el liceo…
El respeto al otro, la solidaridad y la responsabilidad representaban el denominador común. ¡Ay de aquel que irrespetara a un adulto mayor! El silencio predominaba.
Hoy, Pedernales está lejos de ese referente. La descomposición y falta de institucionalidad en el país ha influido mucho en la determinación de ese preocupante deterioro. Debemos admitirlo y mostrar voluntad de cambio, si queremos avanzar. Ahora, más que nunca, lo necesitamos.
Tras la emisión reciente del decreto 158 que crea la Comisión Presidencial para el Desarrollo Turístico de Pedernales, y a la espera de la integración del Consejo Provincial de Desarrollo (con representantes locales), deberíamos provocar las sinergias de todos los sectores para enderezar nuestros pasos.
Necesitamos construir una marca-provincia que atraiga a los turistas y, cuando lleguen al pueblo, la corroboren con la realidad.
Y esa marca ha de estar sustentada en el intangible del pedernalense altamente respetuoso, hospitalario y solidario, no sólo respecto del turista. Protector a rabiar de los cangrejos, los careyes, las iguanas, los solenodontes y judías; de sus ríos y playas, de sus parques nacionales. Defensor a ultranza de los envejecientes y de los niños. Modelo de honradez, higiene y orden, orgulloso de su identidad.
Tal vez no sea tan difícil recuperar esas prendas. Vayamos por ellas porque, a partir de esa matriz singular, podríamos construir nuestra marca-provincia. Esa, nadie podría arrebatárnosla. Ni siquiera la naturaleza; ni los humanos depredadores. Playas, ríos y otros atractivos también tienen otros pueblos. Y son vulnerables.
Seamos diferentes. Creativos. Vayamos a lo seguro.