1.

Dios es grande y el bosque aún más.

Expresión popular que escuché el otro día.

En esta forma de medir grandezas hay un desacierto alucinado que agrada.

Podremos pensar en variantes: Dios es grande, pero la Amazonia lo es aún más.

Dios es grande, pero cabe en dos manos pequeñas.

¿Qué es un creyente? Alguien que nunca piensa en la posibilidad de la existencia de un ‘pero’ después de la expresión “Dios es grande”.

¿Qué es un incrédulo o un escéptico? Un señor lúcido, pero desesperado; desesperado, pero lúcido. Alguien que vive teniendo como centro, como una hoguera, el “pero”. Nada es definitivo, nada lo convence. El “pero” como el suelo normal de sus días.

Quiero, pero. Estoy contento, pero. Ha sido bueno, pero.

Nuestro Señor del Pero es nuestro señor de la insatisfacción general de los humanos.

Dos posibilidades. Los humanos que viven con un ‘pero’ en el centro de sus días. Y los humanos que viven sin ‘pero’.

Dos tipos muy distintos de distintos animales.

Imaginar un humano – ¿existirá? ¿dónde? – imaginar un humano que ni tan solo una vez haya murmurado un ‘pero’.

Voy hacia la vida sin ‘pero’ alguno; como un loco, alguien diría.

Alguien que hace el equipaje llenándolo de ‘peros’; y otro alguien que hace el equipaje y deja el “pero” fuera.

¿No te lo llevas? ¿No te llevas ni uno?

Ya no me cabe – contesta el entusiasta.

2.

¿De dónde vienen nuestras supersticiones? Vienen de todas partes como los cascos de una explosión. De todas partes y de todos los tiempos. El historiador Jean Duché recuerda que, para los Babilonios, que hacían cálculos basándose en el número doce y no en el diez – como en muchos casos seguimos haciendo hoy día, pensando en docenas de huevos y no en decenas – pero sí, los babilonios veían el número 13 como “un número tremendo”, ya que “no permitía la división”.

Imaginemos, por ejemplo, un año de trece meses es imaginar un año pavoroso. Y sí, la sensación es la de que ciertos años recientes han tenido unos exactos trece meses.

Da mala suerte aquello que no permite la división; aquí una síntesis esperanzadora o terrible. Si por una parte pensamos que da mala suerte no lograr dividir podremos pensar en un corazón para el que la dádiva es el sustento moral y que tiembla ante un número que lo impide dividir, distribuir.

Otra interpretación posible: el 13 como el número de la mala suerte porque aquello que no puede dividirse – claramente, entre los humanos – enseguida da origen a un conflicto; lucha, guerra y etc.

El 13 como “número tremendo”, número que hace temblar; número que saca a los humanos de su quietud.

Es tremendo aquello que hace temblar. Y temblar es cambiar de posición de manera involuntaria.

El 13 como aquello que nos hace temblar de manera involuntaria.

 3.

Buenos tiempos en que los dioses eran tan sobrios que circulaban por la antigua Grecia de manera modesta y sencilla.

Los historiadores recuerdan que un saludo común a las señoras consistía en preguntarles si eran diosas o humanas. Y esto no era un cortejo. Jean Duché señala que, “cuando Ulises se encuentra a Nausícaa y le pregunta si es una mujer o una diosa, no solo lo hace como saludo sino también como necesidad de informarse”.

Probablemente, los tiempos han cambiado. ¿eres un humano o eres un Dios?, se preguntaba por las calles antiguas de ciudades utópicas. Hoy la pregunta, que no es un insulto, sino una solicitud de información -como quien pregunta una dirección- quizá sea esta: ¿eres un humano o una bestia?

Porque las bestias de los tiempos modernos también han perdido el olor a azufre y el rostro disforme y han adquirido sobriedad y muchas veces un excelente porte exterior. Sin cola, ni marcas malvadas muy evidentes, no se distinguen de los humanos a no ser cuando actúan.

¿Eres una Diosa o eres humana?

¿Eres un humano o una Bestia?

A lo largo de la historia, no siempre las preguntas se mantienen las mismas.

Pero estar informados sigue siendo lo importante.

Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso