Los tiempos que vienen serán radicalmente diferentes a los que hemos experimentados hasta ahora, pero, se parecerán a otras etapas de la Historia, tal como lo hemos visto con los altibajos de los imperios Neerlandés, Británico y Estadounidense. Cada vez que ocurren son signos de un nuevo orden mundial. En las últimas décadas, China pasó de ser uno de los países más pobres de Asia, a uno de los más ricos del mundo. Se han hecho documentales, reportajes y estudios, explicando el “gran milagro económico chino”. En casi todas partes se escucha que China va a ser la nueva super potencia mundial. El crecimiento de China es impresionante. Los chinos han logrado convertir pueblos de pescadores en las ciudades más grandes y avanzadas del mundo en cuestión de décadas. Lograron convertir sus fábricas de pésima calidad, a las más desarrolladas del mundo; pero, qué sucedería si todo esto es más apariencia que realidad.

 

El gobierno chino, desde el triunfo de la revolución comunista, ha tenido el hábito de aparentar que todo está bien: “el gran imperio chino se ha despertado”, lo mismo hacía la antigua Unión Soviética. Desde afuera cualquiera creería esto, más la verdad es que la “superpotencia” China que vemos hoy, es muy frágil. Tiene problemas fundamentales con sus bancos, su economía interna, su población y con sus “alianzas” políticas. Con esta situación es poco probable que China se convierta en la potencia hegemónica que pretende llegar a ser. A pesar de ser un país “comunista”, la raíz del crecimiento económico chino se da gracias a las políticas capitalistas que se implementaron en ciertas zonas del país a partir de los años 70s; proyecto orquestado por Deng Xiaoping, mano derecha de Mao Zedong. En ese momento, China estaba pasando por años difíciles con una población altamente desnutrida y pobre. La moral del pueblo chino estaba en el suelo.

 

La prosperidad prometida por Mao con el triunfo de la revolución nunca llegó y, los chinos veían países a su alrededor, como Corea, Japón y Hong Kong, progresar. Esto dio lugar a que Deng Xiaoping propusiera una reforma que abriera algunas ciudades al capitalismo; ciudades claves y atractivas localizadas en la costa. Una de estas “ciudades” era un pueblo de pescadores llamado Shenzhen, con una población menor a diez mil habitantes. En este pueblo no había nada. La gente vivía en la extrema pobreza, pero el gobierno chino decidió llamar a Shenzhen: zona económica especial, donde se podía crear empresas, tener libre comercio, propiedad privada y un mercado abierto. Gracias a estas políticas capitalistas pasó algo que nunca se había visto en la historia humana: el pueblito de Shenzhen en cuestión de años se convirtió en una ciudad de más de 15 millones de habitantes y uno de los motores de la economía china.

 

Shenzhen fue un verdadero milagro económico que también se repetiría en pueblitos como Shanghái y muchos otros. Los chinos habían encontrado la clave del éxito: un punto intermedio entre el comunismo y el capitalismo. A pesar de tanto crecimiento, existía un problema fundamental en la economía china. Era obvio, China estaba creciendo a pasos agigantados: se abrieron empresas, millones de chinos migraron del campo a la ciudad, el crecimiento era verdaderamente impresionante. Esa generación de riquezas dio lugar a una cultura de inversiones. Los chinos tenían dos opciones: invertir en empresas chinas o invertir en bienes raíces. La gran mayoría elegía invertir en bienes raíces, ya que la mayoría de estas empresas se declaraban en quiebra. Una gran parte del crecimiento económico chino se debió a la industria de la construcción, la cual vivió años dorados pues había demandas por nuevas viviendas, edificios de oficinas e infraestructuras, por vía de consecuencia, toda empresa de cemento, materiales de construcción y compañías de bienes raíces, crecieron de manera exorbitante; pero, fue precisamente aquí, que las cosas empezaron a descontrolarse.

 

El gobierno chino -comunista arriba y capitalista abajo- podía manipular la economía y planificar su crecimiento. Como se veía mucha prosperidad económica en la construcción, comenzó a estimularla, dando créditos baratos y apoyar la inversión en viviendas. Esto funcionó de maravillas. Los dueños de viviendas y los inversionistas en bienes raíces, disfrutaban de altísimas ganancias y el estándar del país subía, pero, rápidamente llegó la especulación. Los inversionistas empezaban proyectos y compraban viviendas por el simple hecho de que eran inversiones rentables, creando una demanda artificial, la cual se descontroló a partir de los años 2000. Los inversionistas construían y compraban inmuebles para dejarlos completamente vacíos, solamente para revenderlos cuando los precios subían. El gobierno chino se vino a dar cuenta de esto cuando ya era muy tarde, poniendo controles para frenar dicha especulación, pero medidas como estas sirven de poco. La situación siguió empeorándose hasta el día de hoy. En China, los precios de bienes raíces llegaron a ser los más altos del mundo.