“Nunca sabrás lo que significa el cielo hasta que hayas ido a Nueva Orleans”.  Elvis Presley

Después de más de 20 años queriendo conocer Nueva Orleans, hace unos días por fin pude convertir en realidad el sueño de conocer esta ciudad única. Las amistades que mejor me conocen y que también han estado o viven allá, ya me habían advertido que me iba a enamorar. Y así fue. Me enamoré de Nueva Orleans como quien se enamora por primera vez, con la misma inocencia y entusiasmo, con la misma carita de niña con juguete nuevo que pongo en esos momentos memorables. Tanto así que exploré la ciudad con una sonrisa de oreja a oreja que no se me quitó ni por un momento en los seis días que estuve en este romance tórrido que Nueva Orleans y yo acabamos de empezar.

Igual que como ocurre con el primer amor, Nueva Orleans me enamoró con una combinación de familiaridad y de perpetua sorpresa. La familiaridad me la dio la sensación de haber estado allí ya, de haber caminado antes por las calles llenas de casas coloridas y balcones de hierro de su centro histórico (el famoso French Quarter o Distrito Francés), de sentirme en casa con la gente sabrosa que, igual que en nuestro país, contesta a todo con los equivalentes en inglés de “mi chula” y “mi amor” hasta cuando preguntaba que dónde estaba el baño. Y lo último me pasó tanto con hombres como con mujeres y con el bono añadido de que no sentí la más mínima intención de acoso como lamentablemente siento a menudo en RD y en otros lugares. De hecho, cuando mi amiga brasileña Solange y yo caminábamos por el French Quarter nos acostumbramos a que se nos acercaran lugareños a ofrecernos información cuando nos veían la cara de despiste de turistas que teníamos, algo que también hacemos con frecuencia con las y los turistas en la Zona Colonial y otros lugares del país.

Mi primera sorpresa fue cuando me acercaba a casa de mi amiga Beth acabadita de llegar desde el aeropuerto casi a la 1 de la mañana y me sentía como si hubiera estado entrando de noche en Montecristi, la ciudad de mi dilecto padre. Ya sabía que Nueva Orleans es famosa por su arquitectura victoriana similar a la que tenemos en Montecristi, Puerto Plata y otras partes del país. Pero no me esperaba que el parecido fuera tan impresionante ni tampoco que el 7th Ward, una de las áreas más pobres de la ciudad, tuviera también las calles inmensas de Montecristi. Pero no debería haberme sorprendido porque el parecido está relacionado con la historia de ambas ciudades. Nueva Orleans, igual que el Montecristi del siglo XIX, fue y sigue siendo una ciudad puerto por donde cruzaban (y todavía cruzan) gran parte de las mercancías cruciales para las comunidades del Sur de los Estados Unidos. La diferencia es que Montecristi como puerto miraba al Océano Atlántico mientras que el puerto de Nueva Orleans está en el famoso río Mississippi cerca del Golfo de México.

Nueva Orleans me enamoró aún más cuando pude ver en vivo y directo un poco de la tradición musical que la ha hecho tan famosa. La sorpresa que más atesoro de todo el viaje y que agradezco profundamente a mi amiga Solange (le digo entre broma y en serio que debe dedicarse a ser agente de viajes cuando se retire), fue haber ido a la icónica Preservation Hall. Ahí nos juntamos con mi amiga Lissette gracias a otro regalo maravilloso de coincidencias concatenadas después de no habernos podido ver un mes antes en Nueva York. Las tres sentadas en primera fila en una salita de madera en que no caben más de 40 personas nos dimos un banquete del jazz más espectacular con los músicos tocando frente a nosotras como si estuvieran en la sala de una casa. En ese momento me recordé de mi querido amigo y mentor Carlos Dore Cabral (a quien dediqué mi primera crónica en esta columna) y sentí que estaba muerto de la risa viéndome disfrutar de su música favorita y saboreando el presente como tantas veces me trató de enseñar. Los músicos nos regalaron no solo su maestría exquisita en cada instrumento sino también la alegría y el placer con que se escuchaban mutuamente con los ojos cerrados en esos 45 minutos de magia que duraron una eternidad.

Otra sorpresa maravillosa que le agradezco a Solange (porque yo no la habría escogido sola ni loca) fue el paseo que dimos en uno de los pantanos en uno de los conocidos “swamp tours” que la gente hace en las afueras de Nueva Orleans. Esos recorridos para turistas se venden con el atractivo de poder ver cocodrilos y otros animales y yo, honestamente, con los caimanes que he visto en mis visitas al Lago Enriquillo, cerca del pueblo de mi dilecta madre, estaba más que paga. Pero Solange me convenció y acabé rendida ante la belleza y la tranquilidad que experimentamos en el pantano, el buen humor y el acento sureño del guía conductor del bote y lo mucho que aprendimos sobre la historia del lugar incluyendo ver el cementerio Fleming de personas indígenas y filipinas casi al final del recorrido.

El cementerio Fleming es uno de los muchos recordatorios que Nueva Orleans y la región tienen de su legado multicultural. La riqueza de su arquitectura, cocina y música actual (de manera similar a la nuestra) es el resultado de cientos de años de mezcla de las tradiciones indígena, africana, francesa, española y anglosajona. La diferencia está, sin embargo, en que Nueva Orleans también asume el peso mayoritario que la población afrodescendiente ha tenido en moldear esa trayectoria y esa riqueza cultural. No solo porque esta comunidad es hoy en día más de la mitad de la población sino porque la ciudad también es referente de unidad y celebración para la comunidad afroamericana de todo el país, especialmente en su conocido carnaval o Mardi Gras y su festival de jazz. Tal y como me comentaba mi vecina, una afroamericana talentosísima y una de las pocas mujeres directoras de un departamento universitario de deportes en Estados Unidos, Nueva Orleans es la meca donde se reúne con sus amigas (otras mujeres negras) todos los años para celebrar y celebrarse.

Pero no se crean que todo esto significa que Nueva Orleans es el cuento de hadas enlatado para turistas que se ve en la famosa calle Bourbon (si quieren ver música en vivo en la calle y en los clubes mejor vayan a Frenchmen Street o Jackson Square). La desigualdad está también presente y parece estar poniendo en peligro su sentido de comunidad como comprobamos, por ejemplo, al ir a uno de los restaurantes más recomendados de la ciudad y quedarnos de una pieza cuando nos dimos cuenta de que Solange, Lissette y yo éramos las únicas personas de color en todo el local en una ciudad en que, como ya dije, la población afrodescendiente es mayoría. De inmediato, Solange y yo como sociólogas que somos comparamos notas con lo que pasa en nuestros países. Solange me dijo que lo mismo ocurriría en Brasil debido a la desigualdad extrema y el racismo todavía presente en su país y yo le expliqué que en República Dominicana el patrón también se repite, pero que generalmente hay personas de color entre el personal del restaurante, cosa que no vimos en el que fuimos por lo menos entre los meseros y meseras del lugar.

Como soy extrovertida y además socióloga, le preguntaba sobre este y otros temas a las personas de Uber que me llevaron a diferentes partes de la ciudad (ya lo hago tanto que mi papá y mi mamá, conversadores y viajeros de primera, estarían muy orgullosos de mí si me vieran en esos menesteres). El más largo de esos diálogos confirmó tristemente lo que muestran las estadísticas sobre la desigualdad en Nueva Orleans, especialmente después del trauma colectivo que fue el impacto devastador del huracán Katrina.

La chofera, una joven madre soltera afroamericana con dos hijos y una hija, me contó sus planes de dejar Nueva Orleans porque no ve un futuro para su familia en una ciudad en la que el sistema educativo está en ruinas. Varias personas, incluyendo a mi amiga Beth, e incluso la guía del tour histórico que Solange y yo habíamos hecho en el French Quarter, nos habían explicado cómo después de Katrina se privatizó el sistema público como una medida temporal que se ha hecho permanente y la gente con menores ingresos no tiene otras alternativas si no logran acceder a una de las escuelas públicas élite (las llamadas “charter” o “magnet schools” en inglés).

Esos niveles alarmantes de desigualdad fueron otro paralelo que me recordó a República Dominicana, donde las clases medias y altas también recurrimos a soluciones privadas (el colegio, la planta, el carro, el seguro médico) mientras la mayoría de la población se queda sin opciones que le permitan salir de la pobreza. Sin embargo, el desmantelar completamente el sistema educativo público con la única excepción de las escuelas élite me pareció inaudito incluso en comparación con Erre Dé.

A pesar de eso, en todas partes y de múltiples maneras, Nueva Orleans me invitó a vivir la belleza y las posibilidades infinitas que tiene una ciudad que vive y exalta el legado africano y multicultural que tiene para ofrecer. Me sentí apapuchada, segura y en casa como se siente una cuando te quieren bien. Todavía la saboreo con los ojos cerrados como hacen esos exquisitos músicos de jazz. Elvis Presley tenía razón, hay que ir a Nueva Orleans.