La columna maldita

Los valores morales y los pitos

En muchos, muchísimos, sentidos se ha avanzado, pero en eso de los valores parece que la cosa ha ido hacia atrás y por ello se reclaman reponerlos o fortificarlos de nuevo.

Por Sergio Forcadell

Ahora y desde hace un tiempo el tema de inculcar los valores en los jóvenes se ha vuelto un asunto importante para muchas sociedades, una necesidad urgente que atender y en especial para la nuestra en que las acciones del respeto, como mercancía intangible pero muy valiosa, parecen cotizarse muy a la baja en la bolsa dominicana de moralidad.

Se trata de inculcar o reforzar valores básicos y personales con urgencia en las escuelas, se han llevado a cabo campañas en los medios ¿Se acuerdan aquella de ¨Bien por ti, bien por mí ¨? se habla mucho en programas de televisión y la radio, se escribe sobre su disminución o pérdida en los periódicos, revistas y hasta se ven pintadas al respecto en las paredes de los pueblos y ciudades.

Las nuevas generaciones, ahora y en general son mucho permisivas y permitidas que las de antes, pongamos por caso la mía y tal vez la de muchos de ustedes.

En general, pues siempre hay las consabidas honrosas excepciones les va importando un pito, píííí, el respeto a los mayores y aún más a los más mayores a los que nos consideran que somos un ¨colgaos¨ del tiempo pasado, unos antediluvianos nacidos y envejecidos en los periodos analógicos fuera de la hiper comunicativa cultura digital de estos días.

Les va importando dos pitos, píííí uno, y píííí dos, la historia pasada y a quienes con su esfuerzo o su vida les deben gran parte su libertad tan confundida demasiadas veces con el libertinaje, sus estatuas, sus tarjas, o monumentos, son anacronismos que están en las calles o en las plazas.

Les va importando tres pitos, pííí, uno, pííí dos, y pííí tres, la cuestión del sexo pues de lo que se trata es de bajar zippers y pantis entre adolescentes lo antes posible, y por eso tenemos el embarazoso primer puesto latinoamericano de embarazos tempranos.

Les va importando cuatro pitos, pííí uno, pííí dos, pííí tres, y pííí cuatro, los excesos del drinky-drinky con los teteos, cervecetos, romoteos y wihskyteos que ya son un deporte nacional juvenil con más fanáticos que el béisbol, que ya es decir, y que puede ser una deriva peligrosa hacia otras vías de vicios y violencias que marcan peligrosamente el rumbo de su futuro.

Les va importando cinco pitos, pííí uno, pííí dos, pííí tres, pííí cuatro, y pííí cinco, en eso de darle al humo malo de la María y de la Juana y al polvillo blanco que no es el de maquillaje precisamente, y que a la corta o la larga secan la materia teóricamente gris que hay o debería haber en las terrazas de las partes superiores de las cabezas.Y quedan muchos pitos en ese almacén de pitos.

Tal vez estoy siendo excesivamente duro con los muchachos de ahora, pero es que recuerdo qué en mis tiempos, siempre hablando en general y siempre con las excepciones de rigor, nuestros padres no sabían mucho de esos valores, no tenían las nociones teóricas de ahora, pues con sobrevivir y echar la familia para adelante ya tenían suficiente, pero de manera expresa y sobre todo tácita, se transmitían. O eso he creído siempre por propia experiencia.

Si robabas un peso de la alcancía de los ahorros familiares, te deban un par de bofetadas y te decían eso no lo vuelvas a hacer nunca más. Si le pegabas a un amigo del barrio o del colegio, te quedabas sin cenar y a darle mañana la mano a Luisito y tan amigos ¿Me oíste? Si sacabas malas notas sin cine y sin salir los fines de semana, sentados a estudiar. Y mejor no pensar, ni imaginar, si preñabas a alguien o alguien te preñaba.

En mi casa, como en tantas otras de la postguerra se trabajaba duro, se comía lo que ponían en la mesa, se limitaban las horas de salida y entrada, se reprendía severamente si llegabas con un par de tragos de más, se saludaba a los tíos, se respetaba y protegía los abuelos y otros muchos comportamientos que entrañaban, enseñaban y transmitían valores. Y se aprendían.

Claro, eran otros tiempos, otras circunstancias y no vamos a pensar que deberían ser siempre los mismos. Las sociedades, los pueblos avanzan, lo que no podíamos soñar hasta hace como quien dice cuatro días era el salto tecnológico, un salto de garrocha bestial, inmenso que ha separado enormemente y en cortísimo tiempo formas de pensar y por lo tanto de actuar.

En muchos, muchísimos, sentidos se ha avanzado, pero en eso de los valores parece que la cosa ha ido hacia atrás y por ello se reclaman reponerlos o fortificarlos de nuevo con tanta insistencia.

Pero parece que tendremos que echar mano a la frase aquella de antes ¨ esto es lo que trajo el barco¨, del barco digital tan adelantado que en esto de valores nos dejan atrasados

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