1.

Una noticia:

El ucraniano, Iurii Vysoven, “convierte destrozos de un avión ruso derribado por Ucrania en llaveros. Cada souvenir vale casi 950 euros y el dinero sirve para comprar drones y material militar.”

Había trozos de una aeronave rusa esparcidos por los campos agrarios; el metal que viene desde el cielo cae en la tierra, pero no se vuelve amigable incluso después de inutilizado. No vale la pena plantar metal; muchos meses y estaciones después –lluvia, nieve y sol – sol, lluvia y nieve– y del suelo no vendrá una construcción perfecta y tranquila. El metal no se reorganiza bajo el suelo como una semilla. Sobre el campo agrario, los restos de las aeronaves son fragmentos de un puzle que tiene poco futuro. El metal sigue siendo, en 2022, poco mezclable con el suelo y el subsuelo. Sin embargo, en 2022, han vuelto los bunkers inmuebles. ¿Cómo vuelve una cosa inmóvil? Mediante la atención que recibe.

2.

De nuevo, los bunkers, sí. Un material tristemente resucitado en 2022; el susto recupera espacios olvidados y los convierte una vez más en el centro.

Los bunkers que en tiempos se plantaron por el espacio como objetos mudos y sordos y escondidos, arquitectura solo con interior y subsuelo.

La ventana ha sido en ellos sustituida por periscopios. Ojos técnicos que suben tímidamente a la superficie para acechar el mundo exterior y que, inmediatamente después, retroceden.

Recuerdo a este propósito una antigua entrevista a Paul Virilio, filósofo y urbanista, especialista en tecnología que realizó un trabajo sobre el mapa de la localización de bunkers en Europa, en la posguerra.

Decía Virilio: “En esa época gané, con Claude Parent, el concurso para construir la catedral de Nevers, hoy considerada monumento hiatórico. El proyecto empezaba con ese monstruo, el bunker, mito de la disuasión de la guerra y refugio atómico de los años 60 y 70. Pero yo cristianizo esa forma aterradora”.

Una forma aterradora, sí. Algunos bunkers son los nuevos menhires; menhires modernos, huecos y resistentes.

“También en Alemania”, seguía Virilio, “los refugios antiaéreos se fueron convirtiendo en hospitales, depósitos de verduras, iglesias”. Así, “mi catedral inspirada en todo esto, pero también en la cueva de Lourdes, será una forma de cemento sombrío e inquietante, que por lo demás encontró una gran oposición”.

Un búnker que se transforma en una iglesia –lo indestructible material-; aquello que protege la cabeza humana de la maldad material que viene del cielo, se convierte en espacio de celebración religiosa. Virilio hablaba de “cristianizar esa forma aterradora”, el bunker. Él que proyectó una iglesia partiendo de ese hormigón aislado y mudo.

Una iglesia-bunker, un bunker-iglesia: aquello que quizá doblemente salve.

3.

De todos modos, para los creyentes, la oración es ya un bunker, espiritual y verbal, forma de protección; el hormigón será una especie de 2ª capa, material y densa.

Y claro, materia y convicción no tienen tiempos semejantes -y puede sonar raro-, pero a veces la creencia tarda más tiempo en construirse que un bunker compacto.

¿Cómo se construye aquello que no ocupa espacio, como la creencia?

Pregunta difícil, que sale directamente de la ingeniería al ministerio y allí se queda, dando vueltas alrededor de un centro hasta perder todos los sentidos menos uno: la creencia, precisamente.

Olfato, gusto, vista, oído, tacto y creencia.

4.

Los días son así: tragedia y comedia, risa y tragedia. Muchas veces, en medio: el aburrimiento.

Escucho largamente un largo discurso.

A veces, escuchar un largo discurso es más largo que el largo del discurso en sí. Una audición más extensa que el discurso. Porque acabadas las palabras, nos quedamos sordos durante un tiempo más; un fino silbido de metal que hace que oír se vuelva doloroso; como si los oídos sufrieran un agotamiento súbito: un absoluto y urgente deseo de sordera.

Nos quedamos sordos el resto del día; para compensar, la vista gana centralidad y detalles.

5.

¿Si alguien puede colocar este siglo en la pared –como un adolescente coloca en su habitación un poster de una estrella del rock–, en el verdadero zócalo material que las habitaciones del siglo tienen, se leerá: “ya estáis grabando?”

6.

Las personas pasan allí abajo, en la ciudad, y Fernando Pessoa les llama:

“Vegetales progresados”.

Alguien que ha progresado mucho, pero no logra abandonar el vegetal que hay en sí.

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Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso