1.

Una noticia: Florinda Queiroz, con 86 años, ha muerto el 24 de julio.” Una anciana, en una residencia.

Lo que hay antes asusta – las causas, los días anteriores.

Y una imagen. heridas alrededor de una herida humana, cerca del rostro.

Los cuerpos que no son capaces de defenderse ni de los más pequeños animales, abandonados como alguien que olvida un objeto en la habitación.

2.

Pero hablemos también de las imágenes.

Pocas imágenes recientes son tan violentas como esa, la de una anciana de 86 años abandonada en una residencia con una herida que atrae a las hormigas -y nadie para defenderla en el momento más frágil.

El ojo humano tiene un límite, puede ser una hipótesis, y quizá el ojo que ve demasiado terror llegue a esa línea de frontera y explote, como si de una enfermedad física se tratara.

Un ojo que no soporta más ver imágenes terribles y muere, se suicida, explota –como si el ojo fuera un sujeto entero y tuviera la posibilidad de conciencia y desesperación. No quiero ver más, diría el ojo. Una utopía o una distopía: un ojo desesperado.

3.

También sería importante pensar cómo en ciertas situaciones las televisiones multiplican estas imágenes que causan que, a veces, quienes las vean deseen ser ciegos.

Y también sería importante hacer una estadística de los ojos que están por ahí viendo, en el siglo XXI, desde muy temprano, desde pequeñitos, y lo que ven. Qué imágenes reciben.

4.

Si aquello que vemos va formando una memoria visual, la memoria visual de los habitantes de los siglos XX y XXI ha cambiado por completo, como es obvio, con la fotografía, el internet, etc.

La memoria visual de los humanos de los siglos más tecnológicos es totalmente distinta a la de nuestros antiguos compañeros de especie humana; somos hermanos de ADN, pero completamente extraños en cuanto a experiencias visuales. Tenemos ojos anatómicamente iguales a los de los habitantes del siglo XVI (mismo ADN), pero nuestros ojos ven más en 5 minutos en internet o por la televisión que nuestros antepasados en la vida entera.

Experiencias absolutamente distintas, por lo tanto. ¿Seremos todavía de la misma especie que nuestros antepasados del siglo XVI?

5.

¿Tendrá un límite el ojo humano o siempre estará disponible para recibir?

Y no es una exageración, es justamente esto.

Una vida visual – ¿más rica? ¿más acelerada? ¿más pobre? ¿más fuerte? – en 5 minutos que nuestros compañeros humanos del siglo XVI en su vida entera. Y el número de imágenes por vida sigue acelerando.

6.

Me acuerdo de una película que vi en la infancia, creo que se llamaba: “Lo que mis ojos han visto”.

Un niño que ve un asesinato, cometido por un vecino, se lo cuenta a sus padres, pero ellos no creen en el hijo y se lo cuentan al vecino, el asesino. Después la película ronda el pánico del niño ante el vecino que se va insinuando para quedarse a solas con él.

Muchas pesadillas a partir de entonces; yo era un niño.

Lo estoy contando de memoria, quizá no sea exactamente así, pero me marcó. Lo que mis ojos han visto.

7.

Para mí está claro, yo no quería haber visto aquella imagen. la de la señora mayor, residencia, hormigas.

Me fue lanzada a los ojos como se tira algo frágil ante un tren que ya no tiene tiempo de frenar.

Lo ves, está visto; entra en la memoria visual y ahí hace su trabajo junto a los pensamientos y los billones de otras imágenes que por allí están. Más tarde el psicoanálisis podrá decir algo sobre lo que resultó de la infinita mezcla de las infinitas imágenes que hemos ido viendo. Unas porque hemos decidido verlas, otras porque alguien nos las puso delante.

8.

Y sí, es evidente que las imágenes que vemos tienen importancia. Hace ya mucho que no es posible un derecho, que parecía básico, conectado a la democracia y a lo humano: yo tengo el derecho de elegir las imágenes que quiero ver.

Ya sabemos que en la vida y en la realidad eso tampoco es así. El destino de lo que nuestros ojos van a ver en la vida real no es decidido exclusivamente por nosotros. La vida no es tan sencilla y lineal, felizmente e infelizmente, infelizmente y felizmente.

9.

La historia de Edipo en parte habla de esto y los griegos que lo sabían todo siguen sabiéndolo todo.

Hay cosas que uno ve le dan ganas de arrancarse, con sus manos, los propios ojos.

10.

¿La alegría? Infinitas posibilidades de definición, esta es una. Alegre es aquel que nunca ha tenido ganas de arrancarse los propios ojos, aunque fuera por un instante. En esta semana que ha pasado, es obvio que quien ha visto esa imagen no ha podido ser alegre.

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Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso