«Deben haberse creído dioses y así se convirtieron en lo que eran antes de ser: dos megalómanos mediocres que creyeron que la política podía torcerle el brazo a la ley de gravedad». -Gerardo Bongiovanni. –

Dos aspectos básicos de la personalidad humana, ligados intrínsecamente al componente psicológico de los individuos en crisis existencial, obligan a coincidir a Leonel Fernández y su antiguo condiscípulo Danilo Medina: el desarrollo irrefutable de una condición patológica de apego enfermizo al poder y la innoble condición de rodearse con gente de reputación dudosa e inclinación perpetua de llevarse lo ajeno al bolsillo.

Leonel, otrora “Maestro, Líder y guía” del cenáculo morado, destinado por la dialéctica social a desaparecer de los escenarios donde se discute por medio del sufragio el mando de la cosa pública, ha dado pasos en falso en la carrera por reeditar un escenario improbable e imposible para un liderazgo menguado y desacreditado como el suyo. Y, ha perdido esa magia lanzadora de dardos soporíferos con la que adormeció a sus compatriotas en tres ocasiones.

Pudo haber pactado a lo interno de su vieja cobija política acuerdos que le permitieran gravitar los escenarios sin la necesidad de forzar su ascenso con actuaciones dramatúrgicas, hoy están indudablemente perdidos, producto de un narcisismo rancio, arraigado y envolvente que lo aleja de su triste realidad. Lo pudo hacer dándole paso a su desleal expareja, pero los delirios lo acosaban y acosan constantemente, recitándole al oído su «predestinación salvadora» de los dominicanos.

Sin darse cuenta, el Elegido, carga en su interior con ideas equivocadas producto del patrón de conducta inadecuada que le altera la conciencia y con ello, la percepción que tiene sobre la realidad. No sabe, o nadie quiere decirle, que su trastorno ya ha sido diagnosticado como síndrome patológico del poder y que, «obedece al hecho de que es un ambicioso, un mezquino y un obstinado que desafía todos los obstáculos, aunque las circunstancias no le favorezcan» como él mismo dijese en un discurso en el pasado reciente.

Ser presidente varias veces y estar en los ambientes políticos con acólitos, lame botas, corifeos y carroñeros de la res-pública, le deformó el aparato cognitivo, lo ha sumido en un estadio psicopatológico irreversible y, sin dudas, lo aleja del mundo en donde todos prefieren al diablo, menos a él. Este trastorno lo ha hecho creerse poseedor de una condición especial y tener sobre sí mismo, una valoración inflada de sus dotes, los que ve como infinitos en su majestuosidad y omnipotencia.

El León, no atina a comprender que, desde la moraleja aquella del maletín gallego, la vida lo encaminaba a la creación y acompañamiento de nuevos liderazgos, pero el apego irracional al Presupuesto de la Nación borra del excompañero de boleta de Bosch, toda lucidez, una vez utilizada para ridiculizar un empresario que soñó con ser político y que también fracasó, y sigue empecinado en volver a ocupar la primera magistratura del Estado.

De su cronología gubernamental quedan ya pocos recuerdos, excepto su relación directa con atrofia del sistema de justicia, la decadencia de la política como arte, el descrédito de un partido que carga con el peso de haberle robado el sueño a una nación entera y la estructuración de un sistema de impunidad sin ejemplos en otras latitudes.

Contrario a su excompañero, metido desde agosto del 2020 en los escondrijos de la vergüenza, el villajuanero del siglo, encerrado en su aura celeste, parece desconocer que el destino no juega a su favor y las nuevas generaciones no coinciden con su manera de hacer política. No empatiza, no conecta y luce exageradamente desgastado. Igual que Danilo, objeto de análisis en otra entrega.