Hay pocas cosas tan abominables como la historia del colonialismo inglés, la forma en que los ingleses o Inglaterra (eufemísticamente Reino Unido) se apoderaron de medio mundo y crearon un imperio donde no se ponía el sol ni la luna, la manera brutal en que se dedicaron al expolio, al saqueo sistemático de la humanidad. Lo peor es que los ingleses se sienten superiores, se siente orgullosos del papel que han jugado, se sienten o quieren sentir como el pueblo que ha llevado la civilización, el orden, a tantos lugares donde imperaba la barbarie.

Civilización o barbarie es la consigna, civilización o barbarie es el pretexto para el sometimiento y el saqueo. Civilización a sangre y fuego. La justificación del expolio en que se basa la riqueza, el bienestar de los países colonialistas, de las grandes potencias que surgieron de la guerra y el saqueo que las convirtió en grandes potencias.

África recibió el impacto de los civilizadores desde muy tempranas épocas, pero lo que sucedió desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX fue algo tan brutal e inhumano que cuesta trabajo imaginarlo: el renacimiento de la esclavitud a una escala y crueldad que causa horror. La esclavitud de los negros africanos. El comercio de seres humanos, la compra y venta de seres humanos y su conversión en bestias de carga.

Los habitantes del África negra se convirtieron masivamente en mercancía y como mercancía eran transportados para ser convertidos en esclavos. Se habla de doce millones y se habla de veinte millones, quizás nunca se sepa con exactitud, pero la cifra es millonaria y el sufrimiento incalculable. Viajaban hacinados, apeñuscados, aherrojados en las bodegas de los barcos negreros, pasando hambre y sed, evacuando y orinando los unos al lado de los otros, enfermando y muriendo de disentiría o escorbuto o sarampión o viruela, desnutrición, deshidratación o depresión. Viajaban en un féretro en el que los negreros metían a la fuerza a más de los que razonablemente cabían para compensar la pérdidas, que podían elevarse hasta a un treinta por ciento, cuando no perecían todos en algunos casos. Quizás los más afortunados

Los ingleses inventaron un novedoso sistema para evitar el desordenado hacinamiento y aumentar la capacidad de carga: los organizaron racionalmente a la manera inglesa. Los metían, encadenados, en lo que nosotros llamamos un tramero, en estantes de madera, acostados, eso sí, ordenadamente uno al lado de otro desde el nivel superior al inferior, y en ese orden hacían desde luego sus necesidades. De tal suerte, alimentados con harina de maíz y agua sucia, «aplastados como los muertos en sus ataúdes, no podían darse la vuelta ni mover un palmo», como denunciaba el médico naval Thomas Trotter. La crueldad no parecía tener límites. (1)

Se calcula con cierto grado de aproximación, aunque la cifra puede quedarse corta, que desde 1660 a 1807 los ingleses traficaron con destino al llamado mundo nuevo unos tres millones de esclavos. Las ganancias también fueron millonarias y se reflejaron en la creciente prosperidad de la clase alta. Difícilmente Se encuentran mansiones o palacios ingleses de esta época que no hayan sido construidos con el dinero procedente del tráfico de esclavos, con el sudor y la sangre y las vidas de millones de negros africanos.

Después, cuando los inefables ingleses perdieron las colonias norteamericanas y se apoderaron de la india, de los recursos y población de la india y otras partes de Asia, se desinteresaron de la esclavitud, se convertirían en grandes paladines de la abolición y promulgaron él Acta para la abolición del comercio de esclavos. Una prohibición formal porque la trata de esclavos persistiría durante más de un siglo y medio. Se convirtió en un negocio ilícito y todavía más cruel y lucrativo.

África era un botín tan cercano, tan al alcance de la mano como apetitoso y un buen día los europeos decidieron repartírsela amigablemente. Se reunieron en una famosa Conferencia de Berlín en 1884 y decidieron civilizarla. Se la repartieron entre Inglaterra y Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Portugal… La dividieron y subdividieron, trazando nuevas fronteras en algunos casos con regla y compás, juntando y separando pueblos y etnias. El propósito confeso era evitar enfrentamientos entre ellos, disputas que pudieran salirse de cauce y provocar grandes conflictos en el llamado continente Europeo, que en realidad es una península de Asia.

El reparto, sin embargo, no fue igualitario y algunos países se sirvieron con la cuchara grande. Inglaterra construyó un imperio colonial de norte a sur y Francia otro de este a oeste, y el Congo se lo regalaron al sanguinario Leopoldo II de Bélgica, el mutilador, el genocida que en unos pocos años redujo la población a la mitad.

Los conflictos entre las potencias colonialistas se producirían de cualquier manera e Inglaterra se encargó de planificar el más grande de todos . La primera carnicería mundial de la historia, por la que generalmente se culpa a Alemania. La guerra contra el que se estaba convirtiendo en su principal competidor y estaba a punto de desplazarla, la guerra contra el Imperio alemán que se convirtió también en guerra contra el Imperio austrohúngaro y el imperio Otomano.

El acontecimiento, de acuerdo a lo que demuestran los historiadores escoceses Gerry Docherty y Jim MacGregoren en la obra «Historia oculta: los orígenes secretos de la Primera Guerra Mundial», fue planificado al milímetro por una elite secreta inglesa, cuyos padres fundadores fueron Cecil Rhodes, William Stead, Lord Esher, Sir Nathaniel Rothschild y Alfred Milner.

«La historia de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) es una mentira deliberadamente elaborada. No el sacrificio, el heroísmo, el horrendo desperdicio de vidas o la miseria que siguió. No, ésas fueron cosas muy reales; pero la verdad de cómo comenzó todo y de cómo la guerra fue prolongada innecesaria y deliberadamente más allá de 1915 ha sido exitosamente encubierta durante un siglo. Fue creada una historia cuidadosamente falsificada para ocultar el hecho de que fue Gran Bretaña, y no Alemania, la responsable de la guerra».

Lo peor es que Inglaterra no se conformó con provocar la guerra, sino que la prolongó artificialmente con ayuda de los Estados Unidos. Sobre este tema, los mismos Gerry Docherty y Jim MacGregor han publicado otro libro demoledor: «Prolongando la agonía: cómo el establishment angloamericano extendió deliberadamente la Primera Guerra Mundial por tres años y medio».

De esto ya había hablado el almirante Consett, como explica E. V. Tarlé en su memorable «Historia de Europa (1917-1919)»:

«Añadiré que en la actualidad existe una opinión según la cual si toda una serie de establecimientos comerciales ingleses y otras empresas, malgrado sus exteriorizaciones de ferviente patriotismo, no hubiesen sostenido a Alemania, a lo largo de toda la guerra, con el envío de mercancía a través de los países escandinavos (desde luego para acumular fabulosas ganancias), Alemania quizás no hubiera resistido tanto tiempo. Este hecho sintomático se halla desenmascarado en todos sus pormenores en el libro del almirante inglés Consett, The triumph of civil forces, aparecido en 1927. El libro de Consett, después de algunos vanos intentos de la prensa del gran capital de hacerlo caer en el olvido, produjo a pesar de todo una gran impresión. La prensa inglesa lo recibió como una prueba de que la guerra pese a costar cada día torrentes de sangre, era prolongada de modo artificial y deliberada, en interés de los mismos capitales que la habían acarreado».

Desde el inicio del conflicto Inglaterra había infiltrado entre la numerosa población árabe del Imperio turco u otomano un caballo de Troya que respondía al nombre de T. H. Lawrence (no el de la película, sino el agente), el oficial británico que jugó un papel de primer orden en el levantamiento de los árabes a fuerza de millones de libras esterlinas. Aparte del dinero los ingleses y sus aliados franceses les habían prometido la creación de un estado panárabe una vez que se liberaran de los turcos y los árabes creyeron en la promesa. Pelearon con uñas y dientes, el imperio turco desapareció, pero los ingleses no cumplieron.

Regalaron Arabia a la obediente y confiable familia Saúd y dividieron los demás territorios antojadizamente en protectorados como el Mandato francés de Siria, el Mandato inglés de Iraq y el Mandato inglés de Palestina, el “British mandate” (1922-1948). En este territorio, la tierra y el hogar de los palestinos, implantarían como un cáncer maligno el estado de Israel en 1948. La fuente de todos los conflictos y todas las lágrimas en una región que no ha vuelto a conocer la paz.

Nota:

(1) ¿Cómo eran trasladados los esclavos africanos a las colonias de América?, https://www.muyinteresante.es/historia/31937.html