“La seguridad judía e israelí no son mutuamente excluyentes con la liberación palestina, de hecho, están inexorablemente interconectadas…” Carta de la comunidad judía de los Claremont Colleges

El viernes 5 de abril estaba con un grupo en uno de los restaurantes de Claremont, el pueblito donde queda Pomona College, la universidad en la que trabajo hace cinco años en California. Somos un grupo de colegas feministas de las diferentes universidades que conforman el consorcio de los Claremont Colleges al que pertenece Pomona. Desde septiembre pasado cenamos juntas una vez al mes para conversar sobre nuestros trabajos y apoyarnos mutuamente en la vida fascinante pero a veces agotadora que es dar clases en lo que en Estados Unidos denominan los “small liberal arts colleges”. O sea, las pequeñas universidades residenciales con énfasis en las humanidades en las que, a diferencia de muchas de las universidades grandes, se le otorga más importancia a la enseñanza que a la investigación.

Los Claremont Colleges, aunque muy diferentes entre sí, son de los “small liberal arts colleges” más importantes de EEUU y estando como están en California, también son de los más liberales. Por eso nos quedamos todas con la boca abierta cuando varias empezaron a recibir en sus celulares la noticia de que un grupo de estudiantes estaba siendo arrestado en Alexander Hall, el edificio de la rectoría de Pomona College. Inmediatamente supimos que los arrestos tenían que ver con las protestas que gran parte de nuestras y nuestros estudiantes y estudiantes en todo el país han estado realizando desde el semestre pasado protestando el apoyo del gobierno de EEUU y parte del sector privado al gobierno israelí y su ofensiva genocida en Gaza en respuesta al ataque terrorista de Hamas el 7 de octubre pasado.

Desde antes de recibir la noticia, una de las compañeras nos había contado que había estado junto con otras profesoras en Alexander Hall tratando de mediar entre la rectora y el grupo de estudiantes que había ocupado el edificio esa misma tarde. Nos comentó que el grupo había dicho que quería conversar con la rectora a lo cual ella accedió. Pero al entrar empezaron a sentarse y ocupar todo el espacio posible en el primer y segundo pisos del edificio; tal y como han hecho anteriormente ese y muchos otros movimientos estudiantiles en la historia de Pomona y de gran parte de las universidades públicas y privadas en EEUU.

Los movimientos estudiantiles han utilizado la táctica de ocupar el campus universitario y especialmente los edificios administrativos para exigir sus demandas por décadas. Lo hicieron los movimientos pacifista, feminista y de los derechos civiles de los años ‘60 en las universidades pasando por los movimientos de esa misma década y de los años ’70 para establecer los programas universitarios de estudios étnicos y de mujeres y más tarde los movimientos en contra del apartheid en Sudáfrica en los años ‘80 y ’90, los movimientos estudiantiles que demandaron dejar de invertir en Sudán por el genocidio en Darfur en la década del 2000, los que demandaron dejar de invertir en las compañías de tabaco y, en los últimos años, los movimientos ambientalistas que exigen dejar de invertir en combustibles fósiles. Esta táctica es tan común que en Pomona el rector anterior se sentaba a conversar con las y los estudiantes que ocupaban el edificio por varios días y pedía pizzas para que comieran y cenaran con dinero de la universidad.

Hasta saber del arresto, nuestra conversación giró sobre lo impresionadas que estábamos todas con la entereza y la persistencia que ha mostrado el movimiento estudiantil en los Claremont Colleges y en otras partes del país y las similitudes que tiene con esa larga historia de movilización estudiantil que les acabo de mencionar. Pero en este caso, estamos más sorprendidas aún, porque sabemos que en EEUU, a diferencia de lo que pasa en América Latina y otras partes del mundo y lo que pasaba con los movimientos anteriores, el contexto político actual es muy distinto. Primero porque el gobierno, parte del sector privado y otros sectores ofrecen un apoyo sin condiciones al gobierno de Israel y logran presentar cualquier crítica a dicho gobierno como ejemplos de antisemitismo: el odio hacia y la discriminación de las personas judías que condujo al Holocausto. Y segundo, porque estas acciones se han visto fortalecidas con el ascenso de la extrema derecha con Trump y la profunda polarización política del país.

De hecho, aunque la gran mayoría de la comunidad judía en EEUU es políticamente liberal y puede ser muy crítica de las autoridades israelíes, los sectores más conservadores de esa comunidad junto con grupos de la extrema derecha han logrado implementar la llamada “Excepción Palestina”. O sea, han convertido esa idea errónea de crítica a Israel = antisemitismo en leyes estatales y en la narrativa dominante en la política estadounidense. Tanto es así que en varios estados se tipifica como crimen de odio cualquier crítica a Israel o discurso de defensa a Palestina como si fuera lo mismo que insultar o agredir a una persona judía por ser judía (o una persona negra por ser negra, una latina por ser latina, etc.).

Y eso es una mentira deliberada y muy peligrosa como han planteado varias veces los grupos judíos de apoyo a Palestina, incluyendo la comunidad judía en los Claremont Colleges en su carta a la rectora de Pomona College después de los arrestos. Esa narrativa es también uno de los factores que llevó a los ataques en contra de y luego las renuncias de las rectoras de las universidades de Harvard y de Pennsylvania por sus respuestas (ciertamente insensibles) en la audiencia especial sobre antisemitismo convocada por uno de los comités de la Cámara de Representantes, liderado por el Partido Republicano.

Por eso nos preocupamos muchísimo cuando supimos del arresto y una de las compañeras que es parte del grupo de docentes que apoyan al movimiento, se retiró para darle seguimiento a las y los estudiantes arrestados. Ella y otros colegas más nos contaron al resto y vimos en los periódicos, en la TV y en las redes, que la solicitud de la rectora para que llegara la policía aunque no había una situación de peligro no solo resultó en los arrestos de 20 estudiantes que se negaron a dejar el edificio sino que para arrestarlos llegaron 16 carros de policía y decenas de uniformados con trajes de choque para protestas, muchos de ellos portando armas incluyendo rifles automáticos.

Aunque las y los estudiantes arrestados fueron liberados esa misma noche, desde entonces han sido objeto del acoso, amenazas de muerte, “doxing” y demás tácticas de intimidación que llevan a cabo los grupos fanatizados de apoyo a Israel en la extrema derecha de EEUU igual que hacen sus contrapartes nacionalistas en RD. (La mayoría de manifestantes se ponen las mascarillas que usábamos en la pandemia y otros tipos de máscaras justamente para protegerse de este tipo de ataques). En la carta que les mencioné, la comunidad judía de los Claremont Colleges denunció la diferencia en el trato que recibió el grupo de estudiantes arrestados en comparación con la forma pacífica en que la administración de la universidad recibió al grupo de estudiantes judíos/as que fue a ocupar el edificio por el mismo tema y en apoyo a las y los estudiantes provenientes de países del Medio Oriente en diciembre.

La tradición de derecho a la protesta y el libre intercambio de ideas en Pomona College y en la mayoría de las universidades de EEUU es tan fuerte que me recuerda el principio del fuero universitario de nuestra UASD y la tradición de protesta estudiantil en América Latina. Por eso las personas que trabajamos en estas instituciones estamos todavía en estado de shock con los arrestos de las últimas semanas. De hecho, el grupo que fue arrestado en Pomona que también incluía estudiantes de Scripps y Pitzer College (dos de los otros Claremont Colleges), fue en condiciones hasta benignas en comparación con la violencia con la que la policía arrestó, hirió y arrastró por el piso a estudiantes, profesoras y profesores en la Universidad del Sur de California (USC) en Los Ángeles y en la Universidad de Columbia en Nueva York. Y ni se diga de los enfrentamientos entre grupos pro-Israel y grupos pro-Palestina en el campamento de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) donde los primeros atacaron a los segundos por tres horas sin que intervinieran los guardias de seguridad de la universidad. Incluso la policía de Los Ángeles se tomó su tiempo para intervenir cuando finalmente llegó al lugar. Por el contrario, en otras universidades como la Universidad de Pennsylvania, la policía se ha rehusado a arrestar a los grupos de manifestantes porque entienden, como entendemos la mayoría de las y los profesores en EEUU, que sus protestas no representan un peligro para la comunidad.

Por eso es que el profesorado de casi todas las universidades que les menciono se ha pronunciado apoyando el derecho a la protesta pacífica de sus estudiantes esté o no de acuerdo con sus ideas. En Pomona College, por ejemplo, la mayoría de profesores y profesoras votamos condenando los arrestos del 5 de abril y llamando a que no se vuelva a llamar a la policía al campus universitario sin justificación. Incluso creo que los arrestos y la persistencia de nuestras y nuestros estudiantes combinado con lo que vemos todos los días en nuestras pantallas, no ha hecho más que persuadir a colegas que no estaban convencidos de la necesidad de unirnos a la campaña para dejar de invertir (el llamado “divestment”) en compañías que ofrecen bienes y servicios utilizados para facilitar la ocupación de Gaza por Israel o para ejercer violencia en contra de la población palestina e israelí. El jueves pasado la mayoría (64%) también votamos a favor de una resolución en ese sentido; una resolución que creo que no habría pasado o lo habría hecho con un margen muy estrecho solo semanas antes.

En el momento en que leen esta columna las protestas estudiantiles continúan en varias universidades de EEUU. En la misma Pomona College el movimiento estudiantil acampó nuevamente ahora en el área en que se realiza la hermosa ceremonia de graduación que les conté en una crónica anterior. El lunes en la mañana estuve en mi primera alma mater en EEUU, la Universidad de Harvard en Boston, aprovechando que estaba en la costa Este en una conferencia. Y vi el campamento de allá a través de las rejas porque las autoridades han cerrado al público lo que generalmente es un área abierta de la universidad. Espero que en esta ocasión las autoridades de Pomona y de Harvard aprendan de su colega, la rectora de mi otra alma mater estadounidense, la Universidad de Brown, y negocien con el movimiento estudiantil comprometiéndose a presentar la propuesta de “divestment” ante las juntas de regentes de ambas universidades.

Para eso es importante recordar que el movimiento estudiantil es también un movimiento social. Lo que ha cambiado es el contexto político incluyendo el ascenso de la extrema derecha como vemos en los ataques de todo tipo que el movimiento recibe de dichos grupos y sus voceros en los medios y en el Congreso. Como movimiento social que es, el movimiento estudiantil comete errores y puede incluso llegar a extremos. Pero, igual que sus antecesores y otros movimientos progresistas en nuestros países, lo que busca es que los gobiernos, las instituciones y las personas mostremos coherencia entre los valores democráticos y de derechos humanos de los que tanto hablamos y nuestras acciones.