Un apreciado amigo de la infancia me pregunta si he realizado estudios sobre la sociedad haitiana. Esta es mi respuesta: no he hecho un estudio sobre la sociedad haitiana, pero en 1997 pasé dos meses seguidos en Puerto Príncipe invitado por el exembajador haitiano en nuestro país Guy Alexandre.

Durante mi estancia en Haití hice entrevistas sobre la Iglesia católica y la política. Pude conversar con una diversidad de sacerdotes y personas ligadas a la Teología de la Liberación y viajar a Jacmel para conocer el lugar donde nació el gran sociólogo haitiano Gerard Pierre Charles, uno de los pensadores más lúcidos del país. Conocí a Gerard y su esposa, la socióloga Suzy Castor, en México, donde él me invitó para que participara en su seminario sobre el Caribe en la Universidad Nacional Autónoma de México. En dicho país conocí a varios intelectuales haitianos y, cuando estuve en el suyo, en 1997, pudimos reanudar nuestras conversaciones.

En base a mi relación con la intelectualidad haitiana, mis entrevistas y observaciones, puedo afirmar que se trata de sociedades y culturas muy distintas, pero se trata de dos son países donde las élites no hacen gran cosa para mejorar la situación social y económica de sus pueblos. Históricamente, la élite dominicana y la haitiana parece que se han puesto de acuerdo para sacar la mejor partida en una situación conflictiva que se alimenta de la situación de pueblos empobrecidos por el proceso de acumulación capitalista encabezado por las elites nacionales y sus aliados en las metrópolis de Norteamérica y Europa.

Siempre se habla de que somos sociedades distintas, pero no se explica por qué lo somos y quiénes se benefician del empobrecimiento de sus pueblos. Excepto el Gobierno de los 7 meses de Juan Bosch, todos los gobiernos dominicanos se han hecho de la vista gorda a la hora de regular la migración haitiana porque una situación de caos beneficia a la economía dominicana. Igualmente, la élite haitiana invierte en la economía dominicana, sus hijos estudian en nuestras universidades y no pasa nada. La migración desordenada ayuda a la economía dominicana, beneficia a los empresarios agrícolas, la industria de la construcción, el turismo, etc. Asimismo, la migración desordenada también beneficia a la élite haitiana pues le ayuda a resolver el problema de una población empobrecida.

Las remesas enviadas de República Dominicana a Haití ayudan a aliviar la situación de familias pobres. Ahora bien, si verdaderamente se regulara la migración, los empresarios dominicanos saldrían perdiendo y ya no hablemos de los guardias dominicanos que cobran peajes ilegales para dejar pasar a los haitianos que periódicamente regresan a su país y vuelven a entrar al nuestro como Pedro por su casa.

Tanto la élite haitiana como la dominicana han contribuido para que las relaciones entre los dos países sean conflictivas. En la actualidad, la situación política en Haití se ha exacerbado y ha empujado a que muchos haitianos abandonen su país y marchen hacia la República Dominicana, un lugar donde existen comunidades de ese país y donde pueden sobrevivir mejor que en el suyo.

La violencia actual ejercida por las bandas organizadas no le deja otra alternativa. Mientras tanto los guardias y los empresarios dominicanos aumentan sus ingresos y nuestro gobierno procura que los poderes metropolitanos se encarguen del asunto en lugar de regular la migración. Esto fue lo que pidió nuestro presidente en la reciente cumbre del CELAC realizada en Buenos Aires (enero 2023). Las palabras de nuestro presidente en nada contribuyen a proporcionar una solución a corto y mediano plazo.

Al igual que sus antecesores, nuestro presidente utiliza la conflictiva relación con Haití para ganar votos en las próximas elecciones dominicanas en lugar se aplicarse a buscar una solución local. No hay una solución fácil a un problema ancestral, pero si se le da vueltas al asunto sin interés de resolverlo no habrá forma de detener la migración haitiana y todos los problemas que esta acarrea.