“… Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas…me ha parecido también a mí…escribírtelas por orden” 

Fragmento libre de Lucas 1:1-4

No tendríamos la capacidad, ni haciendo un ejercicio de años de estudio, poder escribir, con corrección, ni un ápice de lo que supone la celebración de la Semana Santa dentro del contexto cultural que nos ha tocado vivir en país católico. 

España ha sido y es el summum de la defensa de la cultura y fe católica a nivel global, desde la contrarreforma, y antes, hasta nuestros días. Da igual que la población que va desde la generación Z hasta los Babby Boomers, se autodefina como agnóstica, España es un país culturalmente católico. 

Nos permitimos la licencia de hablar sobre el tema, desde nuestra posición de arquitectos, a partir de unas lindes comunes que nos plantea la cultura. No es arquitectura la procesión del Jesús de Medinaceli, pero al mismo tiempo no deja de ser un uso de espacio urbano en todo un recorrido en el que agnósticos y católicos se cruzan entre silencios y exaltaciones espirituales. 

Llama mucho la atención como sacan a sus veneradas vírgenes, advocaciones marianas, y les gritan con devoción: ¡Guapa! Cuanto respeto inspira tanta devoción. 

También llama la atención el hecho de la celebración de la pasión de Cristo;  mucho más sentida que el milagro de la Resurrección, siendo esto último el triunfo de la vida y la justificación del culto más extendido en occidente. 

El cristianismo no tendría otro matiz mayor al de cualquier movimiento importante de la historia de la humanidad, si no se hubiese producido la Resurrección de Cristo, o lo que es lo mismo decir, La victoria de la vida;  y eso lo sabemos los cristianos. 

El hecho de las calles tomadas -por lo que en sí mismo es el culto a las procesiones- no deja de llamar la atención, culturalmente y en buen plan, al que no conoce este tipo de celebración cristiana, aunque se diga serlo y lo sea, pero de otra tradición. Luego el trazado de las calles del casco histórico de Madrid y de otras ciudades de España, cobra un nuevo significado para el observador. No importa si el pueblo o la ciudad no tiene una arquitectura de renombre contenida en sus espacios urbanos; el hecho es que cualquier ciudad o pueblo es toda ella un solo toque de tambor, sea Tobarra o Hellín la que por nombre lleve el título de serla. 

Cuando salen los cristos y las vírgenes, los costaleros y las cofradías, pareciera que la ciudad es eso y concebida para eso. Con respeto y desde la distancia protestante, saludamos lo que para un luterano, calvinista, metodista o bautista pudiera ser idolatría. Nos guste más o menos, lo cierto es que todo lo que supone Semana Santa para el culto católico y la puesta en escena de sus fe, resulta ser la pieza que encaja perfecta en el urbanismo de esas ciudades del tambor.