El que no se conmueva viendo este vídeo quizá esté muerto – ¿pero qué sabemos nosotros sobre eso? ¿Sobre quién está muerto de verdad y quién está vivo de verdad?

Iglesia Saint-Eugénie en Biarritz, funeral de la maestra Agnès Lassalle, “asesinada en el País Vasco Francés” por un alumno de diecisiete años, en un colegio en Saint-Jean-de-Luz, al suroeste de Francia. La noticia dice que no se conocen los motivos que llevaron al crimen. No se sabe el antes, pero se sabe el después, lo terrible esencial: una mujer está muerta.

A la entrada de la iglesia, contamos siete escalones y vemos, todavía en la calle, el féretro. Madera clara encima de una mesa que soporta el peso que todos tememos, el peso del cuerpo muerto de quien amamos – el peso más pesado que existe, dijo un día un filósofo.

Un hombre sostiene el retrato de la mujer asesinada – una fotografía donde ella sonríe largamente – y la pareja de la profesora está ante el féretro. El coche fúnebre también está allí, al lado, como algo que ya ha dejado su temible producto en el sitio correcto y ahora descansa, aunque sólo durante un momento.

El viudo, Stéphane Voirin, allí está, ante la fotografía de su mujer muerta sonriendo, y ante el féretro de su mujer muerta – y sí, es imposible saber – ¿cómo estará su rostro, el de Agnès, allí dentro? ¿Cómo está el rostro de un muerto cuando es encerrado en un féretro? Podemos imaginárnoslo, pero no lo sabemos. Porque quizá después de todos los cuidados fúnebres, que intentan dejar el rostro del muerto en la mejor de las disposiciones posibles, quizá el muerto, cuando por fin se queda sólo, quizá ahí decida – en autonomía, en una especie de decisión última pero que aparece después del final – quizá el muerto decida entonces, cómo quedará su rostro en el absoluto final.

Pero nadie puede mirar allí dentro, lo que se sabe es lo que se ve aquí fuera. Y aquí fuera, delante de la iglesia de Saint-Eugénie, escuchamos el sonido de algunos pasos de algunas personas en medio del silencio compacto que marca el funeral. Pero luego, de golpe, empezamos a escuchar sonidos, una canción. Es la versión francesa de Love, de Nat King Nicole.

El viudo, Stéphane Voirin, empieza a bailar delante del féretro, pero baila con las dos manos alejadas de su propio cuerpo, por momentos pareciendo que rodea otro cuerpo que ya no está allí, el cuerpo de su mujer, Agnès.

Él da pasos afinados, hacia la derecha, hacia la izquierda, al sonido de la música, rueda, baila con control absoluto, llevando en ese baile de dos la imaginación del cuerpo de la mujer amada. Sus brazos, alejados del cuerpo, parecen construir, en movimiento, un cuerpo concreto – quien conociera a Agnès podría quizá decir que era el exacto cuerpo de su mujer, o incluso, el verdadero cuerpo de su mujer.

Durante segundos, hay algo que atemoriza y encanta al mismo tiempo. El viudo baila sólo, ante el féretro de su mujer asesinada. En esos segundos, la tristeza más grande del mundo está en ese baile, ese baile a dos que ahora sólo tiene uno – aunque uno ponga los brazos de modo a que su mujer muerta – su sombra, su imagen – todavía baile con él, por última vez.

Unos segundos de un baile a dos sin uno – pero justo después vemos una pareja, amigos de Agnès y del viudo, Stéphane Voirin, sumándose a ese baile individual de dos, y luego otra pareja, y otra. Y así, en pocos segundos, vemos varias parejas en la calle, delante de la iglesia de Saint-Eugénie, ante el retrato sonriente de la mujer asesinada, ante el féretro donde está el cuerpo de la mujer asesinada, vemos a varias parejas bailando con la máxima alegría contenida, la versión francesa de Love, de Nat King Nicole.

En el plano del vídeo ya hemos dejado de ver al viudo bailando a dos, sólo, y sólo vemos a varias parejas – con el viudo detrás – en una empatía que baila, acompañando aquel último extraño baile de un matrimonio.

Una vez más, ¿qué sabemos nosotros sobre el rostro del muerto que está dentro del féretro cerrado? La ciencia, la biología y la lógica saben, por supuesto, mucho, pero no lo esencial.

Cuando, al ritmo de Love, de Nat King Nicole, su viudo y sus amigos y familiares bailan, homenajeándola, bailan con ella y para ella, y con él, el viudo – en aquel momento todos estamos seguros, con una certidumbre que supera la ciencia y aparece por otro campo, viniendo de la intuición humana, todos estamos seguros, pues, de que el rostro de Agnès, ahora encerrada en el féretro, aunque sólo durante unos segundos, claramente sonríe: la última sonrisa de Agnès.

¿Puede el momento de mayor tristeza ser también el momento de mayor alegría? Sí.

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Traducción de Leonor López de Carrión

Originalmente publicado no Jornal Expresso