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Estamos inmersos en un nuevo aniversario de la Revolución de Abril. Los sectores democráticos de la nación se aprestan a levantar sus símbolos, honrar sus héroes y a divulgar sus enseñanzas.

Hay cierta gente que le da grima oír hablar de ese magno acontecimiento histórico. Y hasta cierto punto esto es explicable, pues durante el movimiento constitucionalista, por primera vez, desde la Restauración en la década del 1860, se puso en práctica el poder popular, ejercido en condiciones muy difíciles, pero poder popular al fin y al cabo. Y ese día del poder popular, mantiene hoy toda su vigencia en tanto que consigna.

La sociedad dominicana del 2023 no es la misma sociedad de 1965. En lo que concierne al ejercicio de la libertad política y a la vigencia del sistema constitucional, los cambios han sido verdaderamente impresionantes para un país que emergió de una tenebrosa tiranía de más de treinta años. Pero, en lo que respecta a las condiciones materiales de vida del pueblo (miseria, desempleo, falta de servicios, corrupción, etc.) que constituyeron las causas objetivas que impulsaron la revolución, hay todavía un largo trecho a recorrer.

En consecuencia, es prudente aprovechar el aniversario de la gesta constitucionalista para trazar, aunque fuera con una pincelada de conjunto, la evolución del proceso histórico, desde el derrumbe de la dictadura trujillista hasta nuestros días, dentro del cual se inserta el fenómeno de abril como parte sustancial de dicha evolución.

En líneas generales, del proceso que se abre con la desaparición física de Trujillo, podemos destacar tres periodos esenciales. El primero, que arranca con el ocaso de la fracción política trujillista y termina con la intervención norteamericana de 1965. El segundo, que arranca con la derrota de la insurrección popular de 1965, pasa por el establecimiento del régimen de Balaguer de los doce años y termina con la instalación en el poder del sector político liberal que encabeza el Partido Revolucionario Dominicano. El tercero, es el periodo que atravesamos desde 1978, cuyo desenlace nadie puede predecirlo.

¿Por qué tres períodos? Esto obedece a que las tendencias económicas, sociales y políticas, abiertas y subterráneas que han motorizado el proceso histórico en los últimos 58 años marcaron acontecimientos de primer orden que provocaron virajes en la evolución de las luchas sociales y el movimiento de las clases. Uno, la desaparición de Trujillo; otro, la insurrección popular e intervención norteamericana de 1965; un tercero, el ascenso al poder político del PRD, luego el PLD y actualmente el PRM.

En efecto, la desaparición física del dictador Trujillo en 1961 puso fin a una larga tiranía. Para todo el mundo era evidente que la caída de la barbarie trujillista se precipitaría con la desaparición del mismo tirano, teniendo en cuenta las características caudillescas del régimen. Como los hechos lo mostrarían, serían suficientes algunos meses para que el aparato trujillista fuese desmantelado, aunque subsistiendo en lo esencial, el Estado burgués. De esta manera, el derrocamiento de la camarilla trujillista provocaron  una  serie de hechos políticos y económicos que cambiaron completamente las formas que hasta entonces se desarrollaban las luchas sociales en el país.

La consecuencia más visible de estos acontecimientos fue la inestabilidad política que se instaló en el país de manera crónica hasta 1966.

Desplazada del poder la camarilla trujillista, una nueva fracción política tomó las riendas del Estado. Esta es la que yo llamo la “fracción cívica de la burguesía”. Esta fracción económica se expresó políticamente a través de la Unión Cívica Nacional (UCN), partido político reaccionario que funcionó en el país hasta 1965. De ahí le viene el calificativo de “cívicos”. Durante ese primer período asistimos al despertar de la lucha de las masas y a la aparición de un movimiento revolucionario digno de considerarse como tal, ocupando uno de los primeros lugares de la escena política particularmente a través del “14 de Junio”. Al mismo tiempo se observa el renacimiento del sindicalismo organizado y del propio movimiento comunista, este último aplastado desde 1947.

La explosión de masas de los años 1961-1965 es el resultado directo del desplome de la dictadura. Su principal característica fue el de constituir un proceso con objetivos claramente políticos, y secundariamente, un movimiento de tipo reivindicativo. La razón fundamental de esto fue la politización que adquirió el pueblo dominicano frente al estado de cosas que reinó en el país durante las tres décadas de tiranía trujillista, lo que originó que en esos primeros años las diferencias de clases y la diversidad de concepciones ideológicas quedaron sumergidas, destacándose esencialmente dos corrientes, el trujillismo y el anti-trujillismo. Eso se vio claro durante la segunda mitad del 1961 en el cuadro de los afanes por derrocar el poder detentado primero por Ramfis, el hijo del tirano, y después, por Balaguer, quien logró cohesionar detrás de su figura las deshechas fuerzas políticas trujillistas.

Al nivel económico, los cambios políticos se manifestaron en la constitución de un potente capitalismo de Estado cuyas repercusiones políticas se hicieron sentir a todo lo largo de los años siguientes. Esta etapa concluyó con la in- surrección popular de abril de 1965, coronamiento lógico de la agudización de las luchas de clases y de la inestabilidad política que los conflictos sociales trajeron consigo.

Para el segundo periodo, la insurrección popular de 1965 y la intervención norteamericana (fenómenos políticos íntimamente ligados) representaron los acontecimientos cardinales que transformaron radicalmente la vida política en la formación social dominicana en los años subsiguientes. Ante todo, la insurrección popular de 1965 constituyó un movimiento de masas sin precedentes en nuestra historia. Por la primera vez, después de más de cien años, las masas populares, lucharán sin descanso por la instalación de un régimen decente en un combate objetivamente revolucionario, independientemente de las clases que dirigieron dicho proceso.

Asimismo, por primera vez en nuestra historia moderna, se constituyó un poder popular, que aunque duró muy poco tiempo, sus consecuencias ideológicas fueron enormes en la conciencia de las masas.

Por otra parte, la intervención militar norteamericana modificó las características de las formas en que se manifestaban las luchas de clases en la sociedad, al mismo tiempo que se operaron cambios radicales en la vida política. O sea, la insurrección de abril y la intervención norteamericana marcaron profundamente las clases en presencia y produjeron modificaciones importantes en la evolución de las luchas políticas.

El régimen de los doce años fue el fruto de la derrota de la insurrección y de la propia intervención norteamericana. También lo fue la expansión del capitalismo “salvaje”, la atomización del movimiento revolucionario, la centralización de los aparatos coercitivos y la represión selectiva.

Pero, concomitante con esos factores adversos, florecieron nuevas concepciones, nuevos métodos de lucha, tácticas flexibles y, lo que es más importante, de la derrota del tremendismo y tomando como enseñanza la propia insurrección de 1965 surgió la concepción de la unidad de las fuerzas democráticas como instrumento vital para lograr el cambio y las transformaciones sociales.