(Este artículo fue publicado en la edición que unió los números 94 y 95 de revista Global, el que he decidido compartir con mis lectores de Acento.com)

Cada modo de producción, en sus diferentes variantes, genera una estructura social que le es propia. Desde su núcleo primario hasta las más complejas formas de organización -incluso desde antes de la aparición del Estado- se asignan responsabilidades específicas a los individuos en la brega por producir las riquezas que satisfagan sus necesidades o demandas de consumo, las cuales estimulan conductas, valores y maneras de relacionarse.

 

Estas responsabilidades, desde su homogeneidad y armonía, se expresan en instituciones surgidas a la luz de los intereses y la realidad material impuesta por las relaciones económicas. A su vez, estas bases económicas sirven de base para forjar el carácter de una sociedad, y con ello, establecer la dinámica de su cotidianidad, marcada por  la conjunción o interacción de las fuerzas sociales, que desde la aparición de la propiedad privada sobre los medios de producción, impulsan los procesos productivos.

 

Las clases sociales y sus luchas, han dejado de ser el motor “único” de la historia,  porque hoy, en la medida que la ciencia y la tecnología avanzan a manera de vértigo, esta confrontación de clases ha pasado a ser menos relevante, dado que con el desarrollo de estas, desde sus distintas ramificaciones, han logrado converger para producir una explosión de cambios súbitos que han impactado en la forma de generar bienes y servicios, de distribuirlos y ofertarlos, lo que a su vez empuja hacia una trasformación de la sociedad y, en consecuencia, de los partidos y de la manera en que debe hacerse la política.

 

La cuestión es que los cambios que se producen avanzan en una dirección disruptiva que va relegando todos los anteriores referentes para crear una nueva visión sobre la vida y sobre el mundo que hasta ahora hemos conocido. La velocidad con que se nos presenta el futuro, destruyendo para construir, asegura que en los próximos 10 años se producirán más riquezas que las creadas en la última centuria, como afirman numerosos académicos.  Richard Foster, que junto a Sarah Kaplan, escribió el libro Creative Destruction, concepto elaborado durante la década del 30 por Joseph Schumpeter, asegura que el 40 por ciento de las 400 empresas más grandes de los Estados Unidos desaparecerán en una década y serán reemplazadas por otras mayoritariamente emergentes que. hasta el momento, no se conocen. Obviamente que esta predicción tiene una relación directa con los procesos de cambios acelerados, llenos de incertidumbre y perplejidades, aunque con raíces en su tesis de que las compañías sin rendimiento deben ser reemplazadas por otras sin remordimiento alguno, debido a que la continuidad y el crecimiento las vuelven complejas y “comienzan a sentir el peso de sus propias reglas y procedimientos, que impiden la innovación”.

 

Los cambios, sin embargo, hasta entrado el final del siglo XX, fueron lentos, pues la innovación amparada en descubrimientos científicos y tecnologías -escasas y dispersas- atrapadas en una comunicación rudimentaria e ineficaz que las mantenía desconectadas, no estaban en condiciones de provocar la explosión que permitió la creación de la Internet, la que, con su nacimiento, abrió las puertas a la conjunción que potencializó la capacidad innovadora de la humanidad. Sobre estas ideas Peter H. Diamandis y Steven Kotler, en su libro El futuro va más rápido de lo que crees afirman que “el desarrollo de nuevos medicamentos se está acelerando no sólo porque la biotecnología avanza a un ritmo exponencial sino también porque la inteligencia artificial, la informática cuántica y un par de exponenciales más están convergiendo sobre el terreno. En otras palabras, todas estas oleadas están empezando a solaparse, una encima de otra, produciendo un coloso del tamaño de un tsunami que amenaza con arrasar con casi todo lo que encuentre a su paso”. Evidentemente que lo que pueda encontrar a su paso, es el pasado.

 

Vayamos al proceso de innovación lento, y tomemos como punto de partida el inicio de la Segunda Guerra Mundial -para no trasladarnos al invento de la rueda- a los fines de describir el contexto que precedió la pisada del acelerador que deja la sensación de mareo en los que no asimilan los procesos de cambio y tienen la responsabilidad de conducir la sociedad. En 1939, la mayoría de la población mundial vivía en el campo, y aunque el automóvil se había convertido en un medio de transporte al alcance de algunos y los trenes de muchos, predominaba el caballo como instrumento para el desplazamiento, el barco seguía su imperio en la conexión tierra-mar, la radio dominaba las ondas hertzianas y la televisión apenas avanzaba en sus caminos de prueba, la prensa reducía su lectoría a pocos citadinos alfabetizados, el correo distribuía hojas que el tiempo convertía en amarillas y el destinatario leía relatos, entre saludos pretéritos, que ya eran historias y noticias  añejas con vocación de archivo. La prisa, en todo caso, era lenta, y los proyectos siempre se planteaban a largo plazo sin que esto provocara mortificaciones ni impaciencia. Los autores mencionados en el libro que nos plantea el futuro cercano lo describen de esta manera: “El tiempo que se necesita para reunir el capital inicial se ha reducido de años a minutos. La creación de un unicornio, o sea, el tiempo que va del ‘tengo una idea’, era de dos décadas en el pasado. Hoy, en algunos casos, no es más que una aventura de un año”.

 

Volvamos a 1939, al estadio que definía el nivel de desarrollo de entonces, en el que en los países industrializados contaban con una clase numerosa que se consumía en las fábricas a causa de largas jornadas de trabajo, mal pagados, carentes de servicios sanitarios elementales, con hijos sin acceso a la educación, sin viviendas dignas; en fin, muchas necesidades básicas que determinaban sus demandas, las que canalizaban a través de sindicatos u organizaciones políticas. Los campesinos, por otro lado, viviendo en grandes extensiones de tierra sin poder usufructuarlas, eran a su vez, extensiones del arado; sus necesidades, más limitadas que la de los obreros, se reducían a un trozo de tierra para disfrutar de sus propias cosechas y sobrevivir con cierta dignidad. Los movimientos campesinos se convirtieron en plataformas organizativas para canalizar sus reclamos y llegar también a las formaciones políticas que, entendidas como “instrumentos de intervención de la comunidad en los quehaceres del Estados” como los define Rodrigo Borja en la Enciclopedia de la política, depositaban sus esperanzas en ellos para, a través de sus líderes políticos, estar representados en las instituciones públicas para que acometieran programas de impacto positivo en sus vidas y comunidades.

 

Este estado de cosas, obviamente, no surgió en el siglo XX. Desde la Revolución Industrial, a partir de la primera mitad del siglo XVIII, cuando oleadas de campesinos abandonaron la tierra para integrarse al revolucionario modelo de producción de bienes, adhiriéndose a las máquinas tras un contrato para vender su fuerza de trabajo al propietario del medio de producción, ya se conformaba la comunidad obrero-campesina que demandaba las mismas reivindicaciones que en 1939 estimularon la articulación de los partidos políticos con perfiles de clase, algunos de los cuales persisten hoy, conservando las viejas estructuras y concepciones organizacionales, a pesar de que la sociedad responde a otra dinámica, arrastrada por la transformación en los esquemas productivos.  Se trata de un desfase de agonía, ya que las nuevas maneras generan nuevas necesidades y estas a su vez, se transforman en nuevas demandas que requieren de nuevos programas partidarios encaminados a sintonizar con la nueva sociedad, de suerte que no se repita lo que provocó la Revolución Francesa: una superestructura  -o Estado- que respondía a los viejos esquemas feudales, cuando las relaciones de producción de corte capitalista habían desplazado al feudalismo.

 

Tras más de 200 años los cambios no eran radicales. En los países desarrollados la clase obrera se fue haciendo más robusta, la campesina más débil; pero el acceso a la formación y el incremento de las actividades comerciales fueron creando una pequeña burguesía numerosa. Una parte de esta aspiraba a abandonar su condición de clase para ascender y llegar a la cima de la pirámide social: ser burgués. Esta nueva recomposición de clases presionó a los partidos hacia la apertura y comenzaron a surgir las formaciones “pluriclasistas”, lo que condujo a éstos a redefinir sus propuestas y discursos. A las clásicas demandas de pan, tierra y trabajo debieron incorporarse otras que, para eliminar las contradicciones de clases, giraran en torno a cuestiones genéricas que fueran del “interés” de todos por igual: desarrollo, bienestar, progreso, frases un poco más amigables con las organizaciones partidarias que operaban alrededor de un jefe político que financiaba la entidad y cuyos miembros eran terratenientes, grandes comerciantes e industriales que colaboraban con las finanzas. Pero, a partir de 1914, con el surgimiento del Partido Socialdemócrata alemán, primera organización de masas, se diseñó el programa de cotización de militante para prescindir de los aportes de los grandes capitalistas con el claro propósito de tener independencia, por aquello de que quien financia influye, o contamina las decisiones de la entidad, una cuestión que hoy se ha tratado de remediar con leyes que disponen el financiamiento del Estado a los partidos políticos.

 

Hechas estas precisiones y retomando el relato de la lenta evolución de la sociedad y los partidos políticos durante los últimos dos siglos, se hace necesario referir que partiendo de la realidad económica y social, estas formaciones diseñaron esquemas organizacionales partiendo, en una primera etapa, del discurso presentado desde el balcón para arengar a los ciudadanos que podían convertirse en militantes, con gritos acompañados de gesticulaciones teatrales. Luego sería el recurso de volantes, a lo que se añadió el periódico como primer medio de comunicación de masas, aunque con limitaciones desprendidas de una gran cantidad de ciudadanos sin alfabetizar.

 

La segunda etapa del lento cambio vendría con la aparición de verdaderos medios de comunicación de masas como la radio y la televisión. Con la primera -la radio- se dio un gran salto: los discursos e intervenciones de los políticos comenzaron a recorrer campos y ciudades. Este instrumento de comunicación se convirtió en un medio para educar en los asuntos políticos, como paso previo para la captación de militantes o para exponer programas partidarios y de gobierno. Esa experiencia la vivió República Dominicana, cuando Juan Bosch, a su regreso del exilio en 1961, tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, hizo un uso intensivo de este medio y, como resultado, desplazó  en popularidad a figuras connotadas de la vida pública, convirtiendo a su partido, el Revolucionario Dominicano (PRD), en una poderosa maquinaria electoral que le condujo a ganar las elecciones presidenciales con un 60 por ciento de los votos,  apenas meses  después de su llegada y siendo un completo desconocido.

 

Luego del afianzamiento de la radio apareció la televisión como medio importante de masas, aunque ya había jugado papeles estelares en la lucha política y electoral, como fue el caso del propio Juan Bosch que debió comparecer ante ella el 17 de diciembre de 1962 para enfrentar acusaciones que intentaban descalificarlo como candidato a la presidencia de la República. En esa ocasión, la cúpula de la Iglesia católica lo acusaba de comunista, en un contexto en que serlo, debido a toda la propaganda occidental, significaba estar fuera de la ley y el orden, porque sus ideas conspiraban contra los valores tradicionales de la sociedad e incluso atentaban contra la integridad de la familia. El líder perredeísta ganó convincentemente el debate con el resultado que ya he referido.

 

Otro episodio bastante conocido, escenificado antes que el dominicano -26 de septiembre de 1960-, analizado y para algunos gastado, pero de extraordinario valor, porque sacó a relucir elementos fuera del discurso que debe tomarse en cuenta al momento de diseñar una campaña electoral. Me refiero al debate entre John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon, el primero de la historia, y que cambiaría la forma de hacer política desde los medios de comunicación, que colocó frente a la pantalla de los televisores a 80 millones de ciudadanos. Al debate, que también fue transmitido por radio, se presentó el candidato republicano luego de haber estado internado en un hospital. Se notaba que había bajado de peso por lo que lucía algo demacrado y, para colmo, se negó al maquillaje que pretendía disimular los estragos de la enfermedad; y, como si fuera poco, apareció vestido de negro. El demócrata, en cambio, lució un traje de color más fresco -la transmisión era a blanco y negro- y se maquilló para mejorar su aspecto frente a los reflectores. Consecuencia: los televidentes consultados en torno a quién ganó el enfrentamiento electoral, señalaron a Kennedy; de otro lado, los que lo siguieron a través de la radio, respondieron que el ganador había sido Nixon.

 

A partir de entonces una campaña era algo más que discurso, la imagen pasó a jugar un papel fundamental en los procesos electorales, y las encuestas se afianzaron como herramientas científicas al momento de diseñar programas y políticas de Estado, y pasaron a ser instrumentos indispensables para las campaña, la política partidaria y la gestión pública. La imagen se convirtió pues, desde entonces, en herramienta fundamental para auscultar en las preferencias y demandas de los ciudadanos a los fines de definir estrategias organizativas, cuando no como recurso propagandístico para el diseño del discurso de oposición y del partido de gobierno. En ese proceso la prensa escrita, a medida que se fue convirtiendo en popular y generadora de informaciones de impacto en el gran público, jugó un papel de primer orden junto a la radio y la televisión para moldear la opinión pública e inducirla a la toma de decisiones de acuerdo al interés de los que pagaban las encuestas y controlaban los grandes medios. El dato, imprescindible para definir campañas de toda suerte, incluyendo las de carácter comercial, se recolectaba mediante el contacto físico o a través del teléfono. Muchas veces hubo sesgos tras el engaño del encuestado, dado por alguna razón de orden económico, política o de otra índole, que conducen al error, como cuando una encuesta realizada en Estados Unidos para conocer sobre las bebidas alcohólicas que preferían los ciudadanos, “reveló” que la mayoría de los estadounidenses consumía güisqui, cuestión que se alejaba de la realidad en las ventas. La data hoy se recoge con mayores niveles de rigurosidad facilitada por la tecnología.

 

Desde el pasado siglo se fue construyendo la sociedad del conocimiento que describió Peter Drucker en la que este elemento inmaterial, pasó a ser, según afirmó, más importante que los clásicos factores de la producción: la tierra, el capital y el trabajo. Este cambio, junto al salto dado por la aparición de la Internet y las señales satelitales que permitieron hacer, en 1991, la primera transmisión en vivo y directo de una guerra -la de Irak- que puso a la cadena de información continua CNN en el centro de atención, marcaron el inicio de una época que, como he afirmado, transformó la manera en que producimos las riquezas, las comercializamos, promovemos, distribuimos, adquirimos y consumimos. Es una revolución completamente transformadora con impacto en la educación, la salud, el empleo, el entretenimiento u ocio, la cultura y el transporte. Es una barrida con el pasado de tal impacto que el prestigioso diario estadounidense The New York Time aseguró recientemente que el periódico en su formato de papel desaparecerá en los próximos 20 años, aunque algunos prevén que será antes. Y no es para menos, pues resulta que cuando el diario físico llega a las manos del lector, todo su contenido se ha vuelto viejo en el celular que, además, ya dispone de informaciones frescas que no puede estar en el impreso.

 

Pero no solo desaparecerá el periódico, el libro es un producto que se comienza a consumir en línea, la televisión y el cable están bajo el acoso permanente de la Internet, pues en las plataformas de streaming se vierte todo el contenido de los medios moribundos, incluyendo del cine, ofreciendo la ventaja de liberar a los usuarios de los horarios.

 

Las compras en línea que abaratan las mercancías son otra forma de disrupción, pues ocurre que el costo de almacenamiento y nómina se elimina, poniendo en peligro de muerte a los grandes centros comerciales que disponen de toda suerte de tiendas y espacios para el esparcimiento. También a los supermercados, que, como todo el Mall, se convierte en centro de reunión familiar, donde el carrito de compra acopla con los pequeños parques infantiles de entretenimiento. En esta suerte de progreso y ruptura con el pasado, boletos de avión son un código de barras, los taxis responden a llamados satelitales, los mapas de papel fueron sustituidos por el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) y los vehículos compartidos se hacen cada vez más populares. Así, Uber, DIDI, Amazon, Alibaba, Trivago, AirBNB y las plataformas que invaden el ciberespacio, transforman la vida de los individuos, de la familia, de la sociedad, generando nuevas necesidades, provocando nuevas demandas -diversas y crecientes- en la que el obrero ya no solo se limita a reivindicaciones salariales, sino que agrega demandas para la mejoras en las condiciones del teletrabajo, defiende el derecho a elegir su preferencia sexual, el acceso a Internet como componente esencial de la canasta familiar y un sinnúmero de derechos que se van creando en la medida en que los cambios avanzan atropellando viejos valores y viejas costumbres para construir una nueva sociedad con una nueva cultura global que nos acerca a una nueva civilización, en la que nuestros datos personales quedan a disposición de todas las prestadoras de servicios digitales y el Estado controla nuestros movimientos en un rastreo que va desde el uso de la tarjeta de crédito o débito hasta la lectura de un artículo en línea.

 

Toda la información personal que se recaba en las diferentes plataformas digitales instaladas en millones de dispositivos desde las cuales se procesan billones de transacciones contentivas de datos que se almacenan para disponer de ellos a los fines de conocer las preferencias religiosas, deportivas, políticas y culinarias; los estados emocionales, y hasta las concepción que tenga el usuario del mundo, para inducir el consumo de mercancías, estimular la demanda de servicios, manipular procesos electorales, e incluso provocar revueltas que produzcan cambios políticos. Esta es la Dig Data que permitió a Facebook compartir de manera ilegal con la firma de consultoría política Cambridge Analytica los datos de 87 millones de usuarios de la red social por lo que fue condenada al pago de una multa de 5,000 millones de dólares. En torno a esa realidad es que los Estados Unidos ha creado un cerco a la empresa de telecomunicaciones china Huawei, a la que acusa de recolectar informaciones sensibles que ponen en riesgo la seguridad nacional, acusación de la que no se han aportado pruebas, por lo que algunos analistas señalan que la política frente a la empresa asiática tiene relación con el desarrollo de la tecnología telefónica de quinta generación, conocida como 5G, que permitirá avanzar hacia lo que se conoce como “la Internet de las cosas”. De esta manera, se podrá controlar desde el móvil casi todas las actividades, desde lo más simple, como el control de los quehaceres domésticos, las actividades en la oficina, hasta la creación de las llamadas “ciudades inteligentes”. Lo que parece ser es que se trata de una confrontación por el control tecnológico debido a que el que la controle asumirá el liderazgo mundial.

 

Esta revolución iniciada desde la convergencia de la ciencia y la tecnología en una sinergia explosiva y radicalmente transformadora, invita hacia la renovación o advierte sobre la desaparición de las formaciones políticas. No se trata de ajustes o adecuaciones, es de cambios profundos para que las estructuras orgánicas, los métodos de trabajo, los programas de gobierno, el mensaje y la formación encajen con los cambios que se producen en la sociedad. La tecnología en su última generación, que se vuelve obsoleta a velocidad de parpadeos -pues, como vemos, apenas se han desplegado las antenas del 5G y ya China inicia el desarrollo de la tecnología 6G- debe ser herramienta indispensable, ya que la data recopilada cara a cara es trabajo del mundo virtual, la propaganda debe concentrarse cada vez más en el espacio virtual, la formación no será posible sin el componente virtual, la captación de recursos se hace más transparente y eficiente desde la virtualidad, y la inteligencia artificial será indispensable, aunque no se tenga que prescindir del recurso humano para tareas administrativas y de corte electoral, porque la sociedad global cambió su perfil e interactúa con los partidos desde el acceso al conocimiento que pone en sus manos las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, lo que determina que más que dirigir amparados en el antiguo monopolio de la información y el conocimiento, los partidos y sus líderes deben orientar para que la información servida de manera profusa, desordenada y confusa, sea administrada en beneficio de los individuos y de la colectividad.