1.- Necesarios antecedentes

Duarte, Sánchez y Mella, tras prestar su inmenso concurso a la gestación y nacimiento de la República Dominicana, por esas insólitas como desconcertantes ironías de la historia, fueron expatriados a perpetuidad del país el 22 de agosto de 1844, por decisión arbitraria de Pedro Santana, el cual con su autoridad omnímoda controlaba los resortes decisorios en el ámbito de la Junta Central Gubernativa.

En el caso de Duarte, como es sabido, la decisión primigenia era la de su fusilamiento, determinación de Santana que fue conmutada por la pena de expatriación, tras la intervención de un conjunto de prestantes ciudadanos de la ciudad de Santo Domingo, quienes escriben una importante carta invocando clemencia para el patricio  y, muy especialmente, gracias a la decisiva intervención del acaudalado comerciante de entonces Abraham Coén, de ascendencia judía, quien enrostra a Santana el desatino e inconveniencia de tan  draconiana medida contra el creador de nuestra nacionalidad.

Aproximadamente cuatro años después, el 26 de septiembre de 1848, el presidente Manuel Jimenes decretó una amnistía mediante la cual fueron favorecidos Duarte, Sánchez, Mella, Pina, Pérez, Juan Evangelista Jiménez, Vicente Celestino Duarte y un hijo de este.

Sánchez y Mella, entre otros, decidieron acogerse a la referida amnistía. Duarte, en cambio, no lo hizo, decidiendo permanecer en Venezuela, lo que cabe atribuir, entre otras posibles razones, a su acendrada desconfianza ante quienes habían devenido en árbitros de los destinos nacionales, entre ellos el presidente Jimenes, firmante, entre otros, de su expatriación cuatro años antes.

Tras retornar a la patria, Sánchez y Mella, entre otros, se insertan con participación activa en la vorágine política prevaleciente entonces. Eran ya irreconciliables las diferencias entre Santana y Báez, su antiguo adherente y en el ámbito insular se cernía sobre el país la constante amenaza del liderazgo haitiano por reconquistar nuestro territorio.

En el contexto precitado, Mella y Sánchez, entre 1849 y 1859, en diferentes momentos, sirvieron funciones en los gobiernos de Santana y Báez. Ambos, no obstante, terminan enfrentados a los designios anexionistas de Santana, Sánchez victimado en San Juan tras fracasar  sus planes expedicionarios a mediados de 1861 y Mella muere en 1864 de mortal enfermedad, en medio del fragor de la lucha restauradora, precisamente pocos después del retorno de Duarte desde Venezuela dispuesto a enfrentar en el campo de batalla la acción liberticida del 18 de marzo de 1861.

En el contexto de la batalla de Las Carreras, el general Ramón Matías  Mella y Castillo (1816-1864)  deviene en secretario particular de Santana, en 1849, en un momento de  profundo desconcierto en que la republica naciente- bajo la terrible amenaza de Soulouque- corre el peligro de sucumbir ante las huestes invasoras dispuestas a impedir nuestra autodeterminación.

2.- La misión diplomática de Mella en España en 1854, su contexto y alcance

A partir de 1851, tras las intervenciones de mediación diplomática de España, Inglaterra y Francia, se logra pactar una tregua con el liderazgo haitiano, de cara a evitar su incursión en territorio dominicano, no obstante, sus diplomáticos continuaban maniobrando para desconocer la misma y eran conocidos por el liderazgo dominicano laborantismos de invasión orquestados por  Soulouque y su ejército.

Como han señalado destacados historiadores, es un momento  de perplejidad, de turbación, de incertidumbre, en que parecen estar en juego dos objetivos en esencia irreconciliables, tal cual fue la constante durante toda la primera república : por un lado, la clara conciencia, fundada en el  crisol de los ideales trinitarios, de nuestro irreversible propósito de ser libres y por otro el convencimiento de la elite política de entonces, con Santana como principal estandarte, con los “ afrancesados”, entre otros,  de que no era posible- de cara al poderío haitiano- permanecer en nuestros propósitos de autodeterminación sin el apoyo de una potencia extranjera.

Es en aquellas difíciles y complejas circunstancias en que se enmarca la misión diplomática que Santana, durante su segundo mandato de gobierno, encomienda al general Mella en diciembre de 1853 ante el Reino de España.

Cabe significar que, entre las dotes que adornaban la personalidad de Mella, además de su “inteligencia alerta y su don intuitivo en el campo militar”, destacaba su “…gran capacidad diplomática y propagandística”, como lo  reconocería el consagrado cientista social  Juan Isidro Jiménez Grullon.

Tan destacadas actitudes, además de su innegable valor personal, arrojo y probidad, fueron tomadas muy en cuenta por Duarte enviándole a Los Cayos de San Luis en 1843 con el delicado encargo de pactar la negociación política con los reformistas haitianos, lo mismo que destinándole al Cibao en la misión patriótica de hacer prender allí la llama redentora de la libertad encontrándose la independencia  en plena gestación de alumbramiento.

Mella emprende viaje a España, tras recibir las Cartas Credenciales que le otorgara el  general Antonio Abab Alfau, a la sazon Secretario de Estado a cargo de las Relaciones Exteriores. Se entrevista con los capitanes generales de Cuba y de Puerto Rico, de quienes obtiene cartas de recomendación y ya el 18 de febrero de 1854 dirige al gobierno español  un importante memorándum, texto que resulta clave para comprender la naturaleza y alcance de la misión que le fuera encomendada.

En el mismo expresa que: “…Muchos años ha que sufre el pueblo dominicano una guerra injusta y desoladora; sin que a sus enemigos los haitianos han podido persuadirlos a desistir de sus proyectos de conquista, ni los reveses que siempre han experimentado, ni los consejos y amenazas de la mediación interpuesta por Francia y la Inglaterra…”

Y agregaba: “…“…Si no pocas veces en la sangrienta lucha han salido victoriosas nuestras armas, triunfando siempre el patriotismo contra la superioridad numérica, no es menos probable que a la larga sucumba el valor más desesperado; resultando desde luego la ruina total del país, y amenazados de mayor peligro los intereses en las Antillas…

Todo lo anterior sirve de preámbulo a la razón  esencial que motivó  el envío de Mella a España y que expone  en el Memorándum indicado. Afirma  que”… “…dos son los medios que se me ocurren para conseguir este amparo y atajar los males: un protectorado o el reconocimiento de la independencia”. En cuanto al protectorado, o sea una protección enteramente material, ofreciendo, desde luego, grandes compromisos recíprocos…”.

A poco de arribar a España, procura entrevistarse con el Secretario de Estado Ángel Calderón de La Barca, con el Ministro de Estado y el Consejo de Ministros, con el Marqués de Viluma, Embajador de España en Francia, y en fin, con todo quien entendió necesario de cara a la obtención de resultados favorables, no obstante lo cual, la misión encomendada no surtió los efectos favorables que de la misma se esperaban tras varios meses de laborantismo político y diplomático.

Y cabe significar que no por falta de empeño y prudencia del enviado sino debido a  particulares circunstancias internas y geopolíticas que gravitaban con particular incidencia sobre el devenir político español y que bien conviene considerar con atención.

España, además de los graves problemas que confrontaba en el oriente y a nivel internacional, estaba agitada por una profunda crisis política. Ya Europa, desde 1848, y antes, era una caldera hirviente, todo lo cual se traduce en disturbios en Madrid y otras latitudes, lo cual provoca que la Reina Isabel II, viendo su trono amenazado llame desde el destierro al General Espartero, entonces exiliado en Londres.

Cabe significar, además, vistas las cosas en clave de “real politik “, que de producirse, por parte de España el reconocimiento de la independencia dominicana, tal decisión   implicaría un estímulo a los independentistas de Cuba y Puerto Rico y, en definitiva, una actitud contraproducente con relación a los intereses esclavistas que la misma alentaba en el Caribe y que,  como se sabe,  jugaron papel decisivo hasta 1898 cuando España pierde sus últimas posesiones ultramarinas.

España, por demás,  no había renunciado definitivamente a sus íntimas pretensiones de recuperar nuevamente su antigua colonia.  Como ha destacado, a este respecto,  Manuel Arturo Pena Batlle, mediante el artículo 8 del Tratado de Paris de 1814,  Francia devolvió a España la antigua parte española de Santo Domingo, que esta,  a su vez, había cedido a aquella por el Tratado de Basilea de 1795, tratado que dio  fundamento legal a la situación creada de hecho con la reconquista del General Juan Sánchez Ramírez entre 1808 y 1809.

Y como si faltaran razones, era evidente, amén de lo expuesto, que España, en atención al equilibrio geopolítico en el Caribe,  no entendía conveniente a sus intereses adoptar decisiones que le indispusieran con Inglaterra y Francia, que jugaban ya entonces un papel decisivo en nuestros destinos. Cabe tener presente,  a este respecto, que fue Inglaterra la primera potencia europea en reconocer la  independencia dominicana en 1850 gracias a la inteligente y decidida acción de su competente representante consular Sir Robert Shomburgk.

En torno a lo antes expuesto, habla por sí sola la comunicación que en fecha 12 de Mayo  dirige el Ministro de Estado Español al Presidente del Consejo de Ministros en el que le expresa- refiriéndose a la solicitud de Mella- “que los embajadores de España en Paris y Londres creían que no sería conveniente en las circunstancias actuales que España tratase de intervenir de modo alguno en Santo Domingo ni podrían verlo con indiferencia. Esto en lo que respecta al protectorado”.

Tras infructuosos e ingentes esfuerzos, Mella se vio precisado a retornar al país, con la sola promesa de que se estudiaría su solicitud de enviar representantes consulares de España ante los gobiernos de Haití y La Republica Dominicana, lo cual fue referido a consulta de los Capitanes Generales de Cuba y Puerto Rico.

3.- Ponderaciones historiográficas en torno a la misión diplomática de Mella a España

Dado que la misión diplomática de Mella a España comportaba, como se indicara previamente, el reconocimiento diplomático de la República Dominicana y se planteaba en la misma la posibilidad de un protectorado por parte de España, no han faltado los juicios críticos de destacados historiadores orientados a sustentar que tal acción implicaba en la práctica una resignación del ideal duartiano que, como se sabe, no transigió nunca ante la posibilidad de intervención foránea alguna en los destinos nacionales.

Ante tales reparos críticos, conviene ponderar las valoraciones de al menos tres importantes y competentes historiadores.

Para el destacado historiador Roberto Cassá:

“… esta misión de Mella en pos del protectorado español  constituye el episodio más controversial de su vida, puesto que entraba en flagrante contradicción con los postulados nacionalistas del liberalismo…”,  no sin dejar de precisar que,  “…Se puede presumir que Mella creía que los planes de Soulouque constituían un peligro real e inminente, y que al país no le quedaba otra salida que obtener la protección abierta de una potencia. Seguía muy viva en la memoria colectiva el pánico que produjo la invasión del jefe haitiano en 1849, y los informes que llegaban a la capital dominicana concluían que en cualquier momento se produciría una nueva invasión. Se puede colegir que en este temor radicaba la base del acuerdo de Mella con la jefatura de Santana, a quien se le veía como garantía de la independencia frente a las agresiones del Estado Dominicano”.

De su parte, el reconocido historiador  diplomático dominicano,  Dr. Carlos Federico Pérez, por lo demás destacado biógrafo de Duarte, al referirse al hecho en análisis sostuvo que: “…es difícil para las generaciones actuales, cuando la relación de recursos entre las dos nacionalidades que comparten la isla de Santo Domingo se ha invertido de manera radical, inclinando decisivamente la balanza en favor de la Republica Dominicana, hacerse cargo de la fatal gravitación histórica y de la deprimente realidad bajo las cuales vivían los dominicanos que asistieron al nacimiento de la República, y a la lucha agotadora de los doce años de guerra subsiguientes a aquel magno acontecimiento…”.

Y al respecto agregaba: “…No se compadece con una ponderación ecuánime reclamar que aquellos sobre cuyos hombros descansaba la responsabilidad de conducir los pasos del joven Estado ignoraran circunstancias tan patentes ni que escaparan a su influjo…

Concluyendo:

“…Mella precisa una protección puramente material, dependiente de compromisos recíprocos, poniendo implícitamente de relieve que por su carácter, ella no significaría la subrogación por España de las prerrogativas jurídicas y políticas del Estado Dominicano y, en segundo término, que la reciprocidad en el compromiso definía su carácter conmutativo y compensatorio, desde luego que también en el orden puramente material. Así situado, el asunto revestía la índole de una alianza en que las partes intercambiaban recursos y que, al hacerlo, quedaban vinculadas a una finalidad común, en defensa de intereses de mutua conveniencia”’.

De su parte, el reconocido y acucioso historiador puertoplateño Rufino Martínez, señaló al referirse al tan controvertido asunto, que el esfuerzo diplomático de Mella no puede simplemente interpretarse como:“…una entera renunciación de la soberanía nacional, como se ha hecho creer, sino un medio de evitar… el triunfo de una invasión haitiana. El intento era contrario a los principios que impulsaron a los Padres de La Patria, pero fiel expresión del estado de ánimo de la realidad social que tiene sus fueros, hijos de necesidades imperiosas y no siempre conformes con la idealidad de los principios”. Se buscaba, precisamente, no renunciar al estado libre, sino lograr su seguridad”.

Las argumentaciones antes esbozadas permiten perfilar de forma más precisa –que no justificar- las razones que condujeron al gobierno de Santana a encomendar a Mella la misión diplomática señalada y situarla en su justo contexto. La desigual correlación de fuerzas militares y las posibilidades logísticas no eran favorables a la joven Republica Dominicana y se buscaba casi con desesperación el apoyo extranjero ante la arraigada convicción de que sin poder defensivo era menos que imposible enfrentar con éxito una nueva incursión militar haitiana.

Tal convicción, empero, quedaría desmentida cuando menos de una década después, teniendo únicamente por aliados “ a los mosquitos y la fiebre amarilla”, como expresara un destacado historiador norteamericano, el pueblo dominicano, en condiciones ostensiblemente desventajosas, enfrentó al ejército peninsular de España, contraviniendo así los designios anexionistas de Santana y forzando el abandono de nuestro suelo por las tropas ibéricas.

En lo concerniente al reconocimiento diplomático de España a la República Dominicana, el mismo se produjo un año después, logro de un gran amigo de Mella y del pueblo dominicano, el destacado académico, lingüista, historiador y diplomático venezolano  Don Rafael María Baralt, mediante  la firma, el 18 de febrero de 1855,  del Tratado de Amistad, Comercio, Navegación, reconocimiento, paz y extradición. El mismo fue ratificado el 9 de mayo de 1855 y el canje de ratificaciones de produjo el 19 de agosto de 1855, siendo firmante por parte del Reino de España Don Claudio Antón de Luzuriaga, Primer Secretario de Estado.