“Cada momento es una oportunidad para organizarnos, cada persona una activista potencial, cada minuto una oportunidad de cambiar el mundo”. Dolores Huerta

 

A la gente que crecimos en República Dominicana y, en general, en el Caribe es muy difícil impresionarnos cuando de playas y costas se trata. Aunque no debería, todavía me río cada vez que recuerdo la reacción despiadada con la que contestaba cuando alguien intentaba convencerme de ir a la playa cuando vivía en la costa Este de los Estados Unidos. Mi nivel de desdén era particularmente notable cuando lo hacían mis amistades del doctorado en Providence.

 

Providence, la ciudad que conocemos por la fuerte presencia y éxitos de la comunidad dominicana, es también la capital de Rhode Island, el estado más pequeño de EEUU conocido por sus costas y por ser “the Ocean State” o el “estado del océano”. La fama del estado no me impedía quedarme mirando fijamente a las pocas personas valientes que se atrevían a hacerme semejante proposición mientras les decía muy lentamente con cara de asesina en serie: “deja ver si entiendo bien, ¿tú me estás preguntando si quiero ir a ese lugar con arena gris, rocas, agua helada y sin palmeras que aquí llaman playa?” Y remataba con un cruel “¿tú te recuerdas de dónde fue que yo vine?”, momento en que la persona en cuestión, sorprendida y casi avergonzada, recapacitaba con un suspiro y las palabras “ah sí, se me había olvidado, perdón”.

 

Pero la vida da muchas vueltas y me ha dado mi par de galletas sin mano por la arrogancia mostrada en esos momentos de mi vida. Varias de esas ocasiones han tenido lugar en California, el lugar en el que ahora vivo gran parte del año. En una crónica anterior (“La República de California”), les contaba lo enamorada que estoy del estado por la forma en que la mayoría de su gente asume la diversidad y el respeto a los derechos de todas las personas. También les contaba sobre la belleza y riqueza de varios de los lugares que ya conozco. Pero la semana pasada agregué un capítulo nuevo a mi vida en California y ese momento fue no solo una bofetada simbólica sino también la puerta de entrada a nuevos aprendizajes.

 

La galleta sin mano fue conocer la hermosa ciudad de Santa Cruz, un destino turístico famoso en el país y legendario para la gente fanática del surfeo. Ahí fui invitada por mi colega Sylvanna Falcón a dar una de las dos charlas del simposio que organizó en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Mi viaje inició con la experiencia de tomar mi primer vuelo dentro del estado y en la aerolínea Southwest, conocida por sus pasajes baratos, largas filas y personal super amable. Tan amable que Julie, la azafata a cargo de darnos la bienvenida, tuvo a todo el mundo muerto de la risa (y prestando atención a las instrucciones de seguridad, ¡lo nunca visto!) con frases como “hay muchas formas de dejar a un amante pero solo hay 6 salidas para dejar este avión”. (Si saben inglés, la próxima vez que necesiten alegrarse la vida, busquen los videos de personal de Southwest haciendo rutinas similares en YouTube).

 

Después de dejar el especial de comedia gratis de Julie al aterrizar (¡debería estar en Netflix!), caminé en el aeropuerto de la ciudad de San José hasta dar con O’Neill, el alto y simpático señor que me llevaría hasta Santa Cruz. Con O’Neill aprendí más sobre la zona y disfruté la subida entre montañas hasta mi destino. Imagínense algo parecido al subir y bajar para llegar a Las Galeras en Samaná pero con los pinos de Constanza en el camino. Al llegar, vi mucho de lo que asociamos con los pueblos turísticos en el Caribe: las grandes cadenas hoteleras coexistiendo con hotelitos, los múltiples sitios de comida, la calle al lado de la playa llena de negocios y los “gift shops” o tiendas de regalitos para demostrar que “conocimos” el lugar (yo colecciono imanes y entro siempre a comprar al menos uno de cada sitio).

 

Con mi escepticismo de caribeña me dije a mí misma: “mí misma, lo mismito que tenemos en RD pero más grandecito y en inglés”. Así que, aunque varias personas me habían hablado ya de la belleza de Santa Cruz, igual me tomó de sorpresa. Al llegar al hotel, pude ver por fin el océano y el famoso muelle de la ciudad y me quedé sin palabras. Aunque todavía mantengo mi huelga emocional ante la combinación de frío y playa (y todavía no hay quien me pague para entrar al agua fría del Pacífico), tengo que reconocer que la vista desde el hotel era simplemente espectacular. Por eso me desmonté rauda y veloz después de agradecer a O’Neill por sus atenciones, me registré en el hotel y subí a mi habitación desde donde se podía ver tanto la playa como el larguísimo muelle entrando al agua.

 

Por si fuera poco, el hotel en que nos alojaron, el famoso Dream Inn, es un símbolo de la ciudad de Santa Cruz por su trayectoria de 60 años como el único ubicado directamente frente al mar. Y esa playa, además, es la famosa Cowell Beach conocida en el mundo internacional del surfing como nos contaría Sylvanna en la cena de bienvenida esa noche. Como llegamos varias horas antes de la cena y la charla era al día siguiente, aproveché para salir a caminar.

 

Mi idea era conocer lo más posible de los alrededores, pero eso tendrá que ser en otro viaje porque me quedé enamorada del muelle, el célebre Santa Cruz Wharf. Después de varias semanas de lluvia donde vivo en el área de Los Ángeles, preferí disfrutar del sol y la belleza de esa joya histórica inaugurada en 1914. (La lluvia hecha tormenta nos alcanzaría al día siguiente). Me pasé el resto de la tarde tomando fotos y videos y compartiendo lo que veía con mi familia y mis amigas (¡gracias tecnología) mientras caminaba en este muelle de casi un kilómetro de largo y me reía viendo a los leones marinos, primos de las focas, jugando o tomando la siesta unos encima de otros en los pilares de madera que lo sostienen.

 

Con todo lo que les he contado, ya pueden ver que la galleta sin mano que me dio Santa Cruz por mi arrogancia en Providence fue bastante completa. Pero ¿y los aprendizajes cuáles fueron? El primero fue el conocer un poquito de la vibrante vida intelectual de la Universidad de California Santa Cruz. UC Santa Cruz, como se le conoce en EEUU, fue fundada en los años ‘60 y es famosa por su gigantesco campus lleno de árboles y terreno casi virgen desde el que se puede ver la bahía, su nivel de excelencia y amplia oferta académica y por su trayectoria como referencia del pensamiento liberal en el país. Por ejemplo, la conocida activista e intelectual afroamericana Angela Davis es profesora emérita de la universidad en el Departamento de Estudios Feministas y en uno de sus programas más conocidos e innovadores, el Departamento de Historia de la Conciencia, donde se ofrecen estudios en las tendencias más recientes en las humanidades, las artes y las ciencias sociales.

 

Por eso no me sorprendió que, a pesar de la amenaza de tormenta, al día siguiente mi colega Michelle Téllez de la Universidad de Arizona y yo pudimos disfrutar un diálogo estupendo con estudiantes, profesoras y profesores a propósito de nuestras presentaciones. (Yo hablé sobre la lucha por las causales y el movimiento feminista en RD mientras que Michelle presentó su trabajo sobre el liderazgo de las mujeres en la frontera entre EEUU y México). También esa misma mañana pudimos conocer el Centro de Investigación para las Américas Dolores Huerta que dirige Sylvanna. Para ambas fue un honor inmenso no sólo por la labor que el centro ha realizado por 3 décadas sino también porque desde el año pasado rinde homenaje a la icónica líder sindical y feminista y figura principal, junto con César Chávez, del movimiento de trabajadores y trabajadoras agrícolas de California. Hasta nos enternecimos cuando Sylvanna nos contó lo contenta que estuvo Huerta, ahora de 89 años, al participar en el acto.

 

El segundo aprendizaje del viaje fue que, por primera vez desde que llegué a California, estuve cerca de los centros de poder que son uno de los extremos de la desigualdad social en el estado. Ya he visto un poco de la pobreza que sufren comunidades enteras, especialmente las personas sin casa en Los Ángeles. Pero de regreso al aeropuerto el chofer me contaba cómo la comunidad de Los Gatos, cuya entrada nos quedaba de camino en las montañas de Santa Cruz, es donde vive mucha de la gente hiper rica de las empresas tecnológicas más grandes del mundo. Y San José, la ciudad a cuyo aeropuerto volvíamos, es la ciudad más importante del famoso Sillicon Valley, el área donde se concentran esas empresas en la parte norte del estado. Para que tengan una idea, el prestigioso centro de investigación Brookings coloca el ingreso per cápita de San José entre uno de los tres más altos del mundo después del de Zúrich en Suiza y el de Oslo en Noruega. Todo esto en el mismo estado en que todavía continúa la lucha iniciada por gente como Huerta para que las y los trabajadores migrantes y sus familias tengan acceso a lo que necesitan y merecen para vivir. California, como tantos lugares también está llena de injusticias y de contrastes. Pero como diría la misma Dolores Huerta con la frase que la hizo famosa, el cambio “¡sí se puede!”