A la frontera con Haití nunca llegarían. Se pasaron la noche caminando, descansaron un rato al amanecer y se dirigieron hacia el oeste. Tenían cuarenta y ocho horas sin comer ni dormir y el agua de las cantimploras, de las dos únicas cantimploras, se agotó rápidamente y empezaron a sentir las punzadas de la sed. El cansancio, el hambre, el calor y la falta de sueño, pero sobre todo la sed.

A pesar de todo, y en aquellas adversas circunstancias, todavía mantenían un cierto bizarro sentido del humor.

“Nadie se quejaba del hambre, en cambio a cada momento algunos manifestaban la mortificación que les producía la falta de agua. En una ocasión le dije a Miguelucho que daría cualquier cosa por beber algo y el rápidamente se volvió y me dijo:

“Pues abre la boca que aquí tengo una cosa para tí”, al tiempo que hacía el gesto peculiar de quien va a orinar. Aquello produjo una risotada general. A pesar de lo crítico de nuestra situación todavía nos quedaban ánimos para reír». (1)

El humor era prácticamente lo único que les quedaba a los desesperanzados fugitivos. Sabían que los estaban buscando y que no tardarían en encontrarlos. De hecho en toda la comarca se había dado la voz de alerta y los cancerberos de la bestia se habían desplegado en zafarrancho de combate, se había dado órdenes a los campesinos de dar aviso al primer avistamiento y no prestarles ningún tipo de ayuda.
Familias enteras habían sido evacuadas de sus bohíos y los hombres habían sido concentrados y organizados para tomar parte en la persecución, en la cacería de humanos. Varias veces los fugitivos los habían divisado desde lejos y habían escurrido el bulto, pero temían que en cualquier momento se produjera un encuentro, o mejor dicho un desencuentro fatal y recelaban hasta de sus sombras. Sobre todo de la ominosa sombra de la bestia.

“Como es natural –dice Tulio Arvelo- uno de los motivos que más ocupaban mi mente en aquellas primeras horas de la fuga a través del monte era el de nuestro destino inmediato. Tenía la sensación de que ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta lo que haríamos en el minuto siguiente.

“Después que abandonamos el Catalina en nuestro ánimo nunca hubo un propósito definido como no fuera el de caminar hacia el oeste porque casi inconscientemente pensábamos que si llegábamos a cruzar la frontera escaparíamos de las garras de Trujillo. Y ni siquiera esa meta adquiría verdaderos perfiles, por lo menos de una manera clara”. (2)

Por suerte, el mismo bromista Miguelucho anunciaría un poco más adelante el hallazgo de una fuente de agua. Agua de un arroyo sucio que les pareció el manjar más delicioso del mundo, el agua sucia y preciosa en la que se refrescaron y renovaron.

“El agua que había encontrado Miguelucho provenía de un pequeño arroyo de contenido no muy limpio; pero que a nosotros nos pareció el más puro y cristalino del mundo.

“Antes de tomar agua y meter la cabeza por completo en el arroyo me detuve un instante a contemplar a los compañeros que habían llegado antes a su cauce. La sensación de alivio que experimenté aunque duró poco, me hizo olvidar momentáneamente lo grave de la situación en que nos hallábamos. Fue como si nuestro único objetivo fuera el encontrar agua. Estoy seguro de que todos sentimos la misma sensación. Esto así por el gran regocijo que nos invadió. De momento olvidamos las precauciones que nos habíamos impuesto entre las que se encontraba en primer término el guardar el mayor silencio posible. Llenamos las dos cantimploras y reiniciamos la marcha rumbo a occidente». (3)

La fiesta del agua, sin embargo, el regocijo y la vitalidad que habían adquirido por obra y gracias de la bendita agua, no duró mucho tiempo. Al cabo de media hora el comandante Horacio Ornes estuvo a punto de desplomarse, aunque no a causa de lo que había ingerido. Se sintió mal o se sintió peor de lo que posiblemente había venido sintiéndose y se vió obligado a tumbarse bajo un árbol. Manuel Calderón, el estudiante de Medicina que hacía las veces de médico, solo tendría que tocarlo para descubrir que estaba caliente como un fogón, tenía una fiebre muy alta y dijo que no podía seguir caminando:

“Nos detuvimos y luego de deliberar decidimos construir una especie de camilla con una de las frazadas y unos palos que cortó Gugú con el único instrumento cortante que teníamos.

“Este incidente hizo aminorar nuestra capacidad de acción puesto que debíamos cargar a nuestro compañero, lo que hicimos por turno. Así estuvimos caminando toda la tarde. Mientras tanto casi toda el agua se la había bebido Horacio puesto que la fiebre aumentaba su sed. Durante todo ese día no ingerimos ningún alimento». (4)

Esa noche, según cuenta Tulio Arvelo, a pesar del cansancio durmió mal, atormentado por un sueño de pesadillas en el que siempre aparecía el Catalina en llamas, escuchaba una vez y otra vez la horrenda explosión del Catalina, lo atormentaban y aturdían las voces agónicas de los compañeros que perecían en su interior.

“Desperté muy temprano; pero como algunos compañeros todavía dormían, me quedé tirado de espaldas en el suelo y di riendas sueltas a mis pensamientos. A pesar del tiempo transcurrido todavía me acuerdo de ellos porque fueron muchas las veces que los comenté con Miguelucho durante los ocho largos meses que pasamos en las cárceles de Trujillo”. (5)
(Historia criminal del trujillato [132])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 182

(2) Ibid., p. 184

(3) Ibid., p. 183

(4) Ibid.

(5) Ibid., p.184