Lo sé. Estoy plenamente consciente de ello. En la cultura política de la República Dominicana a lo largo del último cuarto de siglo las ideologías fueron barridas del quehacer político-partidario y sustituidas por un pragmatismo cómodo que a todo el mundo (desde grupos empresariales y organizaciones sindicales, hasta las distintas confesiones religiosas) cae muy bien. Da la beata impresión de que somos una sociedad “ideológicamente homogénea” en la que el disenso se asocia con un inconformismo incómodo que a todos molesta.  Los últimos estertores en los que aún se podía auscultar un remoto latido de convicciones político-sociales, desaparecieron con el movimiento popular-barrial (cultural, político y educativo), con el padre Rogelio en Cristo Rey o con los trabajos de organizaciones populares que lo mantenían vivo en los barrios de Santo Domingo, Santiago o San Francisco de Macorís.  El movimiento campesino prácticamente se deshizo en la medida en que nos transformábamos en una sociedad urbana.  Tanto el movimiento sindical, popular o el campesino tuvieron el influjo positivo del lado más social de la Iglesia Católica Dominicana.  Como la sociedad al igual que la naturaleza repele el vacío, en los barrios en lugar del debate político se instaló la modorra.

Atrás quedaron los años del debate entre Juan Bosch y el Padre Lautico García del 17 de diciembre de 1962, tres días antes de las elecciones del 20 diciembre de ese año y del que salió airoso Juan Bosch, entonces candidato del Partido Revolucionario Dominicano (PRD).  El expresidente Bosch había sido acusado de una abierta orientación marxista por la Iglesia Católica y Bosch quería rebatir esas acusaciones. Aún era muy temprano para entender el esfuerzo de Juan Bosch por aplicar el método científico al análisis del cambio político y social y en esa fase del pensamiento de Bosch y concretamente en el debate se pueden detectar los influjos epistémicos de tipo neopositivistas en su abordaje del cambio político y social. Eso hablaba más del pensamiento político de Juan Bosch que su discurso político. Pero eso es materia de otro artículo.

En todo caso aún era muy temprano para entender las diferencias entre posturas liberales y progresistas de la socialdemocracia y del espectro ideológico que habitualmente se sitúa a la izquierda del pensamiento político. Al Padre Lautico García le tocó vivir los horrores de la guerra civil española (1936-1939) preludio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y es más que comprensible que, en un inicio de década convulsa con el ajusticiamiento del dictador Trujillo (1961) y el precedente de la revolución cubana tan cercano (1959), en él se encarnaran las preocupaciones de la iglesia y de sectores políticos y militares conservadores sobre el posible giro a la izquierda popular de un gobierno de Juan Bosch.

En ese entonces explicar a la sociedad dominicana el abordaje científico que en sus artículos de prensa pretendía Juan Bosch, era una tarea de pedagogía social impresionante. Lo logró y el resultado de las elecciones del 20 de diciembre así lo confirmaron, aunque por poco tiempo. Es como pretender afirmar en nuestro país de hoy que la agenda política liberal del Partido Demócrata en los Estados Unidos, siendo un partido que procura el crecimiento económico y el auge de las empresas, se corresponde con una agenda de centro izquierda social demócrata europea y que la agenda política del Partido Republicano se corresponde con una agenda conservadora de derechas de sus pares europeos, procurando el crecimiento económico, aunque con una agenda social conservadora.

Es probable que en nuestro contexto político el rechazo al pensamiento progresista se deba a los vínculos de este con la izquierda populista latinoamericana y a los regímenes totalitarios relacionados, pero no es lo mismo. El tratamiento dado a la homosexualidad en la Cuba revolucionaria de los 70s y 80s no fue muy distinto de la percepción republicana más conservadora sobre la homosexualidad en los Estados Unidos. Resulta casi imposible explicar los avances del estado social y de derechos, así como la construcción del moderno estado de bienestar europeo de la posguerra sin el aporte de la socialdemocracia en las figuras de líderes como Olof Palme en Suecia, de François Mitterrand en Francia, Willy Brandt en Alemania, de un Harold Wilson en el Reino Unido o de un Felipe González en España, todos ellos de partidos ideológicamente afines que compartían unos valores sociales sin que estos implicarán negar la importancia del crecimiento económico y la relevancia de la iniciativa privada para el desarrollo y la generación de riqueza.

 

Juan Bosch en el debate de 1962 y en sus artículos de la prensa de entones, explicaba los matices del cambio social y político lo cual para la época fue insisto, una ingente labor de pedagogía social que le sumó el bien ganado apelativo de profesor.  Era muy fácil y aún lo es tergiversar una postura progresista con respecto a los derechos sociales y acusarla de anticapitalista, pero eso es quedarse en la superficie y en la manipulación simplista.  El movimiento de grandes millonarios del mundo a favor de más impuestos para sus fortunas no tiene que ver nada con el anticapitalismo, lo contrario es insisto, quedarse en la superficie.

 

El debate de las ideas políticas permite el avance y la construcción de sociedades mucho más democráticas. Se puede promover una agenda política y económica conservadora o liberal en función de la plataforma programática de cada partido y las sociedades elegirán a partir del voto la alternativa que más les convenza.   Para eso están las elecciones en los sistemas democráticos. Una persona un voto y la garantía de la alternancia en el gobierno del Estado cada cuatro, cinco o seis años.  Lo fundamental es el acuerdo básico relativo a los valores de la democracia liberal, como la equidad, la inclusión, el respeto a las normas acordadas, la tolerancia, la prosperidad, la justicia y los derechos de los colectivos sociales que forman parte de la sociedad y no sólo para una parte de ella.  Las constituciones políticas y las leyes garantizan el consenso básico en torno a tales valores para asegurar la buena gobernanza y la convivencia.

 

Curiosamente el primer debate presidencial dominicano fue entre un candidato y un representante de la Iglesia Católica en lugar del otro candidato presidencial, Viriato Fiallo de la Unión Cívica Nacional (UCN), un escenario que ya decía bastante del reto al que se enfrentaba Juan Bosch y al que se enfrentaría en los años siguientes. Recomiendo a los jóvenes políticos escuchar ese debate. Su contenido tiene una enorme vigencia intelectual aún hoy. Juan Bosch hizo gala de sus dotes pedagógicas y de su conocimiento de la ciencia política de entonces.  Después de ganar las elecciones del 20 de diciembre de 1962 siete meses después es derrocado el gobierno dominicano más progresista del siglo XX, habiendo promulgado una constitución liberal que debe ser objeto de más análisis político-comparado y de estudio en las escuelas de derecho y ciencias políticas de nuestro país.

 

Las consecuencias políticas del avance progresista no fueron toleradas y conocemos el desenlace: una década convulsa con su ombligo en la guerra de civil de 1965 y en 1966 con el triunfo del balaguerato que instaló una semi-dictadura que duró 12 años. ¿Cuál hubiese sido el resultado político y social de un gobierno de Juan Bosch en 1962? Eso nunca lo sabremos, pero las iniciativas que impulsó en siete meses de gobierno en materia de educación o en la lucha contra la corrupción y la apertura económica y política, ofrecen una pista.

 

Todo esto a cuenta de que en estos días hemos sido testigos de la crispación generada por el ya retirado proyecto de ley sobre Trata de Personas, Explotación y Tráfico Ilícito de Migrantes.  El estado dominicano tiene el innegable deber de proteger de manera explícita los derechos de los migrantes vulnerables. Aunque esto forma parte del complejo tema migratorio, la protección de los migrantes vulnerables es otra cosa, es algo distinto y forma parte de los compromisos que deben asumir las democracias liberales.  Se trata de una obligación de todo Estado. De hecho, el país ya cuenta con la Ley 137-03 sobre el tráfico ilícito de migrantes y la trata de personas y es signatario de distintos protocolos internacionales como el de prevención y sanción de la trata de personas aprobado por el Congreso Nacional mediante resolución 402-06 de diciembre de 2006. ¿Qué tiene que ver esto con ideologías y partidos?  Bastante.  Primero por el ya manido, pero electoralmente aún redituable argumento de que el proyecto de ley atentaba contra la integridad de la nación dominicana y segundo, por la postura de líderes políticos de los que se esperaría algún tipo de posición mínimamente más sensible y solidaria.

 

Bajo el primer argumento se escuda todo el espectro de posiciones que van desde la actitud conservadora anti haitiana hasta el temor a la diversidad y a la disolución de los valores de la aparente homogeneidad ideológica dominicana. Está también el temor a los derechos de las comunidades LGBT+ o el temor al abordaje de temas fundamentales como los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, entre otras cuestiones (que muestran que la sociedad dominicana no es un bloque homogéneo de posturas conservadoras).

 

Se entiende la complejidad del problema haitiano. La cuestión de fondo es que la República de Haití no va a desaparecer como tampoco la nación dominicana y que la solución no es la aniquilación ideológica recíproca sino enfrentar los retos compartidos en materia de desarrollo, sin que se afecten las potencialidades de uno y otro país.  Simplemente tenemos que encontrar la fórmula para aprender a vivir y hacer lo mejor posible para entender y gestionar el desafío permanente de dos sociedades diferenciadas que comparten una misma isla, de lo que también pueden surgir oportunidades económicas a través del comercio y la inversión.  La alternativa no es la negación o dejar de mirar hacia la frontera, o hacía los campos y barrios o hacia el Pequeño Haití en Santo Domingo, sino asumir una postura constructiva y de sentido común dentro del derecho internacional.  Abordar mediante instrumentos jurídicos modernos y mediante estructuras de atención a los migrantes vulnerables, le resolvería a nuestro país muchísimos problemas del presente y del futuro que afectan nuestra imagen en el exterior (la marca país) y nuestras relaciones comerciales más sensibles.

 

Con respecto al segundo punto, uno esperaría de los partidos políticos y sus respectivos liderazgos, algún tipo de postura solidaria cercana a cierta forma de convicciones progresistas similares a las posturas de líderes históricos dominicanos como Juan Bosch o José Francisco Peña Gómez, los dos referentes ideológicos y políticos más importantes del pensamiento dominicano liberal y progresista del siglo XX.  Los tres partidos principales de nuestro país (por su peso electoral): el revolucionario moderno, el de liberación dominicana y la fuerza del pueblo, comparten en principio, al menos desde el punto de vista de sus respectivas génesis históricas, el mismo sustrato ideológico de tendencia progresista y social demócrata, aunque en la praxis no lo parece (luce muy bien en los foros políticos internacionales vestirse de progresista y socialdemócratas, pero internamente no tanto).

 

Los herederos del pensamiento político progresista no son ni han sido capaces de ponerse de acuerdo en los temas relativos a los derechos sociales demandados por determinados colectivos de la sociedad dominicana y es posible que esto se relacione de algún modo a la opacidad ideológica, a la necesidad electoral de parecer ideológicamente neutros, o pragmáticos como prefieren definirse.  En teoría en la República Dominicana se debería vivir un momento de auge y esplendor en las conquistas políticas favor de mayor inclusión y reconocimiento de derechos sociales, dado que por primera vez el país cuenta con partidos mayoritarios de tendencia progresista, al menos en teoría.

 

Lo que no puede ser es que usted se anuncie como socialdemócrata y progresista en los foros internacionales y en el país esté alineado con las posiciones más conservadoras en lo que respecta a los derechos sociales. Eso es jugar a la hipocresía más abyecta o a la más obtusa ignorancia.  Lo segundo se puede enmendar, lo primero no.  Es penoso, pero no sorprende escuchar posturas cercanas a posiciones reaccionarias y sobre todo muy por detrás del pensamiento progresista de hace 60 años en políticos y líderes partidarios que se suponen herederos de dos de los prohombres de la política dominicana.

 

Los partidos políticos son ante todo plataformas programáticas y a su modo eso lo comprendían muy bien tanto Juan Bosch como Peña Gómez. El primero un incomprendido ideológico en una sociedad conservadora y al que en 1990 se le hizo una campaña obscena de que “No creía en Dios”. José Francisco Peña Gómez, discriminado e impedido de alcanzar la presidencia de la República debido al color de su piel siendo uno de los más insignes dominicanos de todos los tiempos y con méritos sobrados en lo personal e intelectual (sólo hay que examinar nuestros candidatos presidenciales de los últimos veinte años). En 1994 fue objeto de una campaña vil, racista y xenofóbica en un país de negros y mulatos, como somos la inmensa mayoría de todos los dominicanos y dominicanas. Fue víctima de una campaña denigrante que debe avergonzar a sus promotores de entonces y acólitos de hoy.  Pero no importa. No significa nada. Las convicciones no representan nada o en el mejor de los casos muy poco cuando de ganar elecciones se trata y en ese juego de suma cero pierden los derechos sociales. La ausencia de convicciones políticas y valores democráticos sólo produce la sórdida búsqueda de la satisfacción individual, el transfuguismo más rampante y descarado y la instalación de una terrible molicie que conduce a la anomia colectiva.   En una democracia en la que se supone prevalece un estado social y democrático de derecho (art. 7 de la constitución), las pseudo mayorías no imponen una visión hegemónica de la sociedad a las minorías o colectivos más vulnerables.  Las minorías y los colectivos vulnerables se incluyen.

 

El retiro del proyecto de ley de Trata de Personas, Explotación y Tráfico Ilícito de Migrantes debe ser por las razones correctas: su mejora y adecuación, pero no puede ser el resultado de sucumbir a la rancia retórica nacionalista que niega nuestras obligaciones como sociedad regida por un estado de derechos, que debe cumplir con sus obligaciones con todos y todas, pero también con los extranjeros y sobre todo con los migrantes vulnerables, como mujeres y niños. ¿Vamos a encerrar en galpones a los niños migrantes como se hizo bajo la inhumana política migratoria del trumpismo? ¿Qué ocurre con los miles de dominicanos y dominicanas que son inmigrantes vulnerables en todo el Caribe o en Argentina, Chile, México, los Estados Unidos o en Europa? ¿A caso no contamos con que reciban un trato humanitario que les garantice sus derechos inalienables? ¿A caso no queremos evitar que caigan en redes de prostitución o el narcotráfico?

 

La República Dominicana es un país de emigrantes, una sociedad que expulsa población y con uno de los pasaportes más débiles en el mundo. Pero también somos receptores de migración, especialmente haitiana y tenemos el deber de proteger a los emigrantes vulnerables de cualquier nacionalidad, así como aspiramos que se protejan a los dominicanos en otros territorios. Señor presidente, senadores y diputados, reintroduzcan el proyecto Ley con las mejoras necesarias. Cumplan con su deber de estadistas del siglo XXI. Es tiempo de hacer Política y no tan sólo política.

 

Finalmente, admiro profundamente el trabajo de CARITAS, una organización católica que trabaja a favor de los más vulnerables, en contra de la discriminación y a favor de los derechos del reconocimiento de sus derechos. ¿Cuántos dominicanos y dominicanas se han beneficiado de organizaciones como CARITAS en Europa? La sociedad dominicana más que ninguna otra tiene el deber y el compromiso ético, político y social de proteger a los migrantes vulnerables. Sería genial volver a ver el trabajo social y las iniciativas de educación popular que en su momento apoyó el lado más social de la Iglesia Católica en los barrios de nuestras ciudades.  Es igualmente posible aceptar y de hecho vivir con que el político ilustrado es una especie extinta en la escena política dominicana, era cuestión de tiempo y de un ciclo generacional, pero eso es distinto a la indiferencia, a la ausencia de comunión con los valores democráticos.  Pero lo sé. No importa. Estoy plenamente consciente de que las convicciones murieron en la arena política dominicana o peor aún, han sido suplantadas por la cultura de la indiferencia y por una pesada molicie y opacidad intelectual difíciles de desterrar.