En los últimos 60 años se han producido cambios significativos que han impactado las relaciones entre hombres y mujeres en todo el mundo. Las mujeres se han incorporado al mercado laboral, generan ingresos, están sobrepasando a los hombres en el nivel educativo, el divorcio es ampliamente aceptado al igual que los métodos anticonceptivos, y participan más en la vida pública.

 

Para los hombres, esto significa compartir posiciones y funciones donde antes predominaban, y compartir tareas en el hogar que las mujeres realizaban prácticamente solas.

 

Ante estos cambios, muchos hombres se resisten de diversas maneras, y algunos de manera muy agresiva.

 

Los políticos implementan estrategias para limitar el ascenso de las mujeres a posiciones públicas, que fueron hasta hace poco de su dominio casi exclusivo. Aunque en las leyes se hable de igualdad de género, a la hora de la verdad, hay una gran disparidad: en la mayoría de los países, los gabinetes ministeriales y los congresos siguen siendo predominantemente masculinos.

 

En la economía, mientras las mujeres ascienden en la formación educativa y se integran al trabajo remunerado, las altas posiciones siguen siendo fundamentalmente para los hombres.

 

O sea, sí, hay avance para las mujeres en áreas que antes eran reservadas para los hombres; pero los hombres se resisten a que se abran más oportunidades y a compartir las tareas domésticas en igualdad.

 

Si contabilizamos los abusos y crímenes de género, las mujeres son las principales víctimas. Casi siempre un hombre es quien agrede a una mujer y hasta la mata (no viceversa), y una parte de esos hombres se suicida después de haber cometido el crimen contra su pareja o expareja, que usualmente no quería seguir en la relación.

 

Para reproducir el patriarcado, desde muy jóvenes, los varones aprenden a ejercer el poder en la búsqueda de pareja. El varón es quien tradicionalmente propone a una mujer, lo que requiere arrojo. La hembra se educa para ser pasiva y receptora, aunque ahora digan que facturan.

 

Limitada en su posibilidad de buscar activamente una pareja, las hembras desarrollan la incertidumbre típica de quien está atada, de quien queda a expensas de otra persona para lograr un objetivo importantísimo en la vida: emparejarse.

 

Así socializadas, las mujeres desarrollan una inseguridad en la subordinación que se traspasa a otros espacios (laboral, político), donde los hombres llevan la ventaja y la delantera.

 

Cierto, todos los seres humanos viven con niveles cambiantes de inseguridad, pero, mientras el hombre es alabado en su proactividad y autonomía, la mujer es cuestionada o denigrada en ese rol. La proactividad de la mujer se admite fundamentalmente en el cuidado doméstico. Ahí ella puede ser jefa.

 

Estos roles de género no son simplemente biológicos o divinos; son producto de la socialización de género en desigualdad de poder donde se cimenta el machismo.

 

Cuando los hombres pierden el control y la posibilidad de obtener resultados deseados de su proactividad, se cabrean. Y, cuando se cabrean, surge el gran peligro. Algunos dan riendas sueltas a la peor agresión: el asesinato llamado feminicidio.