El silencio es el alma de la meditación, uno de los caminos para encontrarnos con nosotros mismos. Cuando la palabra es sinónimo de ruido opera como un antónimo de silencio. Para que la voz que rompe el silencio tenga mérito es preciso que su contenido supere a la quietud que la precede.

El silencio tiene una fuerza y un poder indescriptible, al punto de que muchas veces la mejor respuesta a una provocación, un insulto o una pregunta desatinada es el silencio. Epicteto, filósofo estoico, recomienda el silencio como principio universal para regir nuestras acciones: “que el silencio sea vuestra regla general; decir solo lo necesario, y en pocas palabras”.

En la perspectiva estoica, el silencio es algo más que falta de palabras. Es una senda segura hacia una vida auténtica y serena. Esta “perspectiva da la capacidad de controlar emociones, dominar pasiones y vivir según los valores más profundos”. Incluso el Che Guevara llegó al punto de convencerse de que el “silencio es una discusión llevada a cabo por otros medios”.

Un autor dominicano en un breve ensayo titulado “Filosofía del silencio” (2023) señala que “Pitágoras sugiere que el principio de todo filosofar reside en el silencio. Heráclito exigió, a los que se iniciaban en el diálogo filosófico, guardar sus palabras por lo menos durante los primeros cinco primeros años de su ingreso a la escuela”.

El papa Benedicto XVI, escribió en el prólogo al libro de Robert Sarah La fuerza del silencio. Contra la dictadura del rumor, “(…) él nos enseña el silencio, a ser silenciosos con Jesús, nos enseña la verdadera quietud interior y, de esta forma, nos ayuda a captar la palabra del Señor de nuevo”.

El cardenal Sarah en este libro aborda la necesidad del silencio interior para escuchar la música de Dios, para que brote y se desarrolle la oración confiada con Él, para entablar relaciones cabales con nuestros allegados. "La verdadera revolución -afirma- viene del silencio, que nos conduce hacia Dios y hacia los demás, para colocarnos humildemente a su servicio".

El silencio es, asimismo, el centro de la meditación budista. En tal sentido, me remito a las indicaciones de Raimon Panikar en El silencio del Buddha. En suma, el silencio tiene tal trascendencia que Mario Vargas Llosa eligió como título para la novela con cual cerrará su vida literaria Le dedico mi silencio (2023). Solo le resta, según sus palabras, escribir un ensayo acerca de Jean-Paul Sartre, quien fue una influencia clave de sus años formativos.

El silencio también tiene espacio privilegiado en la canción, la poesía, y la literatura en sentido general. Veamos solo cuatro ejemplos: Miguel Bosé, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa y quien estas líneas ha escrito. Bosé tiene una canción hermosísima, “Te Amaré”, que en una de sus estrofas dice:

En secreto y en silencio te amaré

Arriesgando en lo prohibido te amaré

En lo falso y en lo cierto

Con el corazón abierto

Por ser algo no perfecto, te amaré.

 

Pablo Neruda en su poema XV, “Me gusta cuando callas” levanta al cielo esta oración:

 

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

 

En mi libro Desde el inicio de los tiempos hay un intento de poema titulado “Tu silencio”, que reza como sigue:

Calla

No articules palabras

Un gesto es suficiente

Para decir mil palabras de amor

Un movimiento

Una mirada

Una sonrisa.

 

Porque vibrando en tu silencio

Vive nuestro amor

O acaso en mis palabras

En el timbre de mi voz

O en la música latiendo en todo tu universo

No es preciso que articules palabras

Porque eres un minuto de amor en el silencio

Y la eternidad en la intimidad.

 

Tu silencio

Es mi sol y mi luna

Es mi voz, mi palabra

Mi tiempo y espacio

Mi vida y mi muerte

Mi llanto y mi canto

Y en aquel silencio tuyo y mío

Está encerrada una frase

 

Una frase que todo lo hace distinto y nuevo

El sol, la luna, la brisa, la rosa y el mar

Todo existe en esa frase que alumbra horizontes

De nuevas dimensiones.

 

Es tu existencia, es mi existencia

Te amo. Me amas. Nos amamos.

 

Cuando Alejandro Arvelo, por su parte, aborda el silencio como una filosofía, en el ensayo antes mencionado, no solo se refiere a las pausas presentes en toda conversación ni a los silencios del alma. Remite al silencio indispensable previo al acto de la escritura responsable. Invita a “huir de la prisa al pensar, al escribir y al publicar”.

 

Si es cierto que el conocimiento que no se publica es como si no existiera, no menos válido es el criterio de que se debe “publicar sólo en los casos en que se hace absolutamente necesario. Sin prisa y sin expectativas, con total respeto hacia el lector y, en general al arte de pensar y al oficio de escribir”.

 

Si se debe dejar reposar lo escrito, como plantea dicho autor, una vez cumplido ese proceso de maduración, si lo que se tiene que decir vale la pena es preciso dejar que las ideas convertidas en palabras tomen cuerpo y alcen su propio vuelo, pues una vez puestas a disposición de los lectores, ya no son del todo nuestras. Son, más bien, un bien colectivo, “un bien compartido e intangible”.

 

“Filosofía del Silencio” también se proyecta al ejercicio de la política. Sin pretender emitir un juicio absoluto, señala que “Nuestros políticos, en su gran mayoría, han sido afectados por la calamidad de la absolutización de sus intereses de fracción”. Nuestros gobernantes de hoy y de ayer, o no lo han advertido, o guardan un silencio cómplice respecto a lo que ante sus ojos acontece.

 

Esa absolutización, en efecto, se transmite de arriba hacia abajo. Se hace manifiesta en la manipulación de los concursos para acceder a los puestos públicos. Éstos se arreglan, lamentablemente, para que accedan aquellos que han sido previamente señalados o preseleccionados.

 

Esta situación ocurre incluso en las academias. De ese modo, se priva a las instituciones de la posibilidad de disponer de los mejores talentos; o lo que es lo mismo, de disponer del personal más idóneo posible. Guardar silencio ante semejante contrasentido no sólo es impropio, sino una actitud a todas luces irresponsable.

De todos modos, quisiera que se me permita dejar en el amable lector dos preocupaciones y una apuesta: ¿Cuándo no es aceptable el silencio? El amor y el silencio, ¿son, por ventura, las dos grandes metáforas que envuelven la condición humana?

 

El silencio, en mi caso, es inadmisible ante el menor atisbo de injusticia. Es de razón sentir y expresar nuestra indignación ante cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Asimismo, hay cantidad de situaciones a las que, quizás, no califiquemos como injustas, pero ante las cuales el discurso no puede permanecer mudo.

 

Eso en nada contradice que el silencio sea un gesto de nobleza que nos induce a permanecer callado si no tenemos nada que decir. Estoy completamente de acuerdo en que “Mientras menos se habla, más tiempo se tiene para pensar”. El silencio, ciertamente, nos permite adentrarnos en nuestro interior y estar más “cerca de nosotros mismos”. Nos incita al análisis reflexivo, sosegado, ponderado, prudente. Invita a “guardar nuestro verbo para los momentos en que el discurso de hace indispensable”.

 

Antonio Gamoneda acierta cuando pulsa su lira y nos entrega este intento de canción:

Sé que el único canto,

el único digno de los cantos antiguos,

la única poesía,

es la que calla y aun ama este mundo

esta soledad que enloquece y despoja.