Convite

Folclore, poder e identidad

Las dictaduras le cogieron terror al folklore por su capacidad de denuncia. En la dictadura trujillista estaba prohibido, aún a nivel académico. Hoy, el Estado intenta domesticarlo ignorándolo.

Por Dagoberto Tejeda Ortiz

Ayer lunes, 22 de agosto del 2022, la Federación Dominicana de Arte y Cultura, como cada año, rindió tributo de reconocimientos a diversos personajes y organizaciones originales del folklore dominicano, entre ellos los “pintaos”, con motivo de celebrarse el “Día Internacional del Folklore”.

 Los Pintaos de Barahona (Foto Mariano Herández)
Los Pintaos de Barahona (Foto Mariano Herández)

Ese día, 22 de agosto, pero del 1856, William John Thomas propuso, con el seudónimo de Ambrose Melton, en una carta al periódico “The Atheneun” de Inglaterra, que la literatura popular (cuentos, leyendas, poesías, adivinanzas, tradiciones, canciones, etc.) fueran bautizadas con el nombre de “Folklore”. “Folk”: pueblo; “lore”, saber, lo que significa que la palabra folklore quiere decir, “el saber popular”, “el saber del pueblo”.

Esto fue aprobado por las academias a nivel mundial y posteriormente fue aceptado no solamente como “saber popular”, sino además, académicamente como “el saber sobre el pueblo”, identificándose como folkloristas a los investigadores que se dedicaban a su estudio, pasando el folklore a nivel científico a ser una rama de la antropología cultural.

Por estas razones, el 22 de agosto de cada año fue consagrado a nivel mundial como el “Día Internacional del Folklore”, celebrado tímidamente en nuestro país e ignorado a nivel oficial.

En la Republica Dominicana, la palabra “folklore” aparece impresa por vez primera treinta y ocho años después, el 10 de febrero de 1884, cuando un lector o lectora, con el seudónimo de Valle de Gracia, envió desde Puerto Plata, una carta al periódico Ecos del Pueblo, que dirigía José Joaquín Hungría, el cual se editaba en Santiago de los Caballeros, refiriéndose a una solicitud sobre la décima de “Un Fandango en Dajabón”, del poeta popular Juan Antonio Alix, que le hiciera el profesor Hugo Schuchard, un investigador austriaco de la Universidad de Grajz, en Austria.

Por iniciativa y recomendaciones del entonces ministro de Cultura, el poeta y escritor Tony Raful, con nuestra participación, fue posible que el 31 de enero del 2001 el presidente Hipólito Mejía Domínguez emitiera el Decreto Presidencial 173-01, declarando “el 10 de febrero de cada año como Día Nacional del Folklore Dominicano”.

Originalmente el folklore surgió con la ingenuidad política-ideológica descontaminada, como decoración y fortalecimiento del sistema naciente capitalista. Mostraba la “belleza” de las expresiones populares, postales turísticas de promociones “inocentes”, convirtiéndose al mismo tiempo en instrumento para el conocimiento, para el fortalecimiento del Poder, porque mostraba los saberes, las prácticas, las leyendas, las tradiciones, los símbolos y las esencias para la dominación por parte de las élites gobernantes y para las aventuras colonizadoras imperialistas.

Por ejemplo, durante la primera ocupación militar norteamericana en nuestro país (1916-24), buscando un mayor nivel de racionalidad para la dominación y un mayor conocimiento de lo que somos las y los dominicanos, el 18 de febrero de 1922 el superintendente General de Enseñanza, Lic. Julio Ortega Frier, cuando apremiaban los repudios, solicitó a los intendentes de la enseñanza a nivel nacional la elaboración de un informe que describiera las costumbres, los usos, creencias, hábitos, lenguaje, creencias religiosas etc. de los habitantes de los diversos distritos escolares del país, publicados luego por el investigador Emilio Rodríguez Demorizi en su libro “Lengua y Folklore de Santo Domingo”.

Pero el folklore se convirtió paradójicamente en un instrumento de denuncias, en un conocimiento subversivo de resistencia para la definición de la identidad y un rechazo a los procesos de dominación y de colonización. El folklore proclamó que no era verdad que había culturas superiores ni culturas inferiores, que el creador y protagonista del folklore era el pueblo y que la identidad cultural de un país era su diversidad.

Las dictaduras le cogieron terror al folklore por su capacidad de denuncia. En la dictadura trujillista estaba prohibido, aún a nivel académico. Hoy, el Estado intenta domesticarlo ignorándolo y la palabra ha sido prostituida incluso por organismos internacionales, donde la han sustituido por los conceptos de cultura material y cultura inmaterial, un eufemismo, en el intento de eliminar sus dimensiones contestatarias.

 Margarita reina del reciclaje (foto Mariano Hernández)
Margarita reina del reciclaje (foto Mariano Hernández)

A pesar todo esto, el folklore es la base fundamental para la definición de nuestra cultura popular, nuestra identidad y nuestra dominicanidad. El folklore es una manifestación cultural que constituye la expresión espiritual y material más sublime del saber popular y del pueblo como ser social colectivo. ¡Desmitificar al folklore es revalorizar al pueblo!

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