1.
La palabra “trabajador” está unos puntos por debajo de la palabra “humano”. Muchos puntos por debajo. Un humano que es un trabajador; esta es la frase que rebaja. Un “trabajador” que es un humano; esta es la frase que eleva. Y hay robots que pueden ser trabajadores, sabemos que las máquinas cada vez más son las presencias esenciales en el mercado laboral. Hace años, y todavía hoy, en algunos países se empezó a discutur la posibilidad de cobrar impuestos a las máquinas igual que se les cobra a los trabajadores, para que las empresas no tengan tantos estímulos para dar empleo a chips y algoritmos en lugar de humanos con estómago, familia y capacidad de protestar. Pero la discusión se quedó estancada en la atmósfera donde las buenas palabras se pierden y nada concreto permanece.
Un trabajador, cuando se reduce de humano a portador de funciones, es reemplazable por máquinas que hagan sus mismas funciones. La palabra trabajador, aunque se utilice sin esa consciencia, es una palabra que se infiltra en el bosque y en el jardín y produce basura y enfermedades.
Un funcionario está hecho para funcionar, no para averiarse. El trabajador averiado, enfermo, es un problema.

2.
Funcionario es una palabra terrible: es poner el vocabulario mecánico en el mundo humano del trabajo. Un trabajador tiene funciones como una máquina -seis, siete, quince funciones, las que sean. Un supertrabajador, que ejerce muchas funciones y las hace bien, no deja de ser eso: un concentrado de habilitaciones eficaces y rentables. Funcionario es un término económico: funciona, es decir: su trabajo produce ganancia. Si existe un susurro circulando por el mundo de la competición es este: ¡Lo que funciona tiene que salvarse! Hace tiempo escribí sobre eso: la religión de los buenos éticos se ha reemplazado hace mucho por la religión de los buenos trabajadores. De los eficaces será el reino de los cielos. Un cielo para supertrabajadores supercompetentes. Todo es super, menos lo esencial.
Imagino lo siguiente: un paraíso donde solo entra quien sea bueno técnicamente. Un paraíso de humanos eficaces; humanos, en el fondo, que dan lucro.
Y aquí tenemos otra síntesis posible: una separación de las aguas del mundo de trabajo, o incluso del mundo social. Imaginemos un Moisés gerente máximo de una empresa o un Moisés que separe las aguas en un Estado implacable: hay humanos que dan ganancias y humanos que dan pérdidas y estos dos tipos de humanos están separados por las aguas del Estado maquinal.
Que unos se van hacia un lado, y los que dan pérdidas a otro. Muchas veces, el lugar de los que dan pérdidas ni siquiera es un lugar o una casa, sino directamente la calle.

3.
En un maravilloso fragmento, el escritor Pascal Quignard habla del concepto de “trabajador” y del término “statu quo”. Funcionario del Estado, dice él, es el que mantiene el Estado en orden, guarda sus fronteras y no permite revoluciones, ni siquiera interrupciones del ritmo normal.
Siguiendo definiciones más directas, “statu quo” es un latinismo que significa “en el estado de las cosas”. Se trata, como su definición indica, de “una reducción de la frase in statu quo res erant ante bellu, que significa “en el estado en el que las cosas se encontraban antes de la guerra”. Sería, en este sentido, el regreso a un orden después de una guerra, después de una revolución, después de un terremoto.

Quignard explica que la palabra francesa “Estado” puede tener el sentido de “status”, como se lee en la expresión “statu quo”. Para Quignard, el funcionario del Estado es, pues, un guardia fronterizo “temporal”, alguien que protege el “statu quo ante”, es decir, que protege el statu quo anterior. En una definición simultáneamente poética y etimológica, Quignard concluye que los funcionarios “son los encargados de hacer funcionar el estado de manera que el “después” sea como era el “antes”.
En conclusión, el mantenimiento del “status quo” tiene este objetivo sencillo, que es temporal, funcional y lingüístico: que el después sea igual que el antes. En el límite, que estas dos palabras, que parecen opuestas, se vuelvan sinónimas: el “antes” igual que el “después”. Una catástrofe lingüística y utópica. Si luchamos para que el después sea igual que el antes, entonces, estamos tocando el final del progreso, y con él, el aburrimiento autocontento eterno.
Volver al estado de antes de la guerra, parece esperanzador e incluso bonito. Hacer que el después sea igual que el antes, parece reductor y antiprogresista.
Dos maneras distintas de entender la energia que quiere mantener o destruir el status quo.

Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso