Opinión

El sistema degradado se tragó la confianza

La pérdida de la confianza ha ocupado un lugar preeminente en la conciencia de los seres humanos, hasta el punto de que pensadores consideran que ella es como la vida: cuando desaparece no regresa.

Por Ramón A. (Negro) Veras

I.- El ser humano, la confianza y un sistema dañado

1.- Los seres humanos  se someten a otros, voluntariamente, libres de toda coacción, sin presión de ninguna clase, o mediante la manipulación, el manipuleo.

2.- Aquel que cede porque cree en otro,  procede a gusto y con absoluta libertad. En nada interviene el artificio; se ha impuesto la autonomía, la espontaneidad.

3.- En un medio social sano,  abunda la persona que con suma facilidad cree en lo que le dicen, y la que toma excesiva confianza en el trato. Ambas, el crédulo y el confianzudo, abundan de manera excepcional en nuestro país.

4.- Sucede que los sistemas sociales, llegan a un nivel de agotamiento, que su debilidad hace que muchos miembros de la sociedad se dejen dominar por las taras que emana el cuerpo social deprimido.

5.- La sociedad dominicana es el vivo ejemplo de un ordenamiento económico que, en su estado de hundimiento ético y moral,  está arrastrando consigo todo lo perjudicial a la buena conducta.

6.- Lo bondadoso que tiene el alma de las dominicanas y los dominicanos, ha sido infectado por lo nocivo que deriva del orden predominante aquí, que causa daño hasta a las virtudes.

II.- La confianza infectada

7.- Para tener conocimiento de la incidencia de las lacras en el medio social dominicano, es necesario haberle dado seguimiento al pudrimiento que se ha producido en el ambiente nacional,  partiendo del limpio proceder del dominicano de ayer. La comparación nos hace comprender el contraste entre una conducta acrisolada en el pasado y la empañada del presente.

8.- En tiempos no muy lejanos, para nuestros connacionales era cuestión de principio esperar con firmeza, creer, abandonarse al proceder correcto de otro.

9.- Franquearse, sincerarse ante esa persona que no podía fallar, formaba parte de ese acostumbrado a entregarse a otro en quien confiaba. El ingenuo  era un ciudadano común en el trato de una época ya superada.

10.- Entre nosotros, las dominicanas y los dominicanos, existía una arraigada costumbre de despreocuparse cuando se estaba ante quien impulsaba a creer en su correcto proceder.

11.- La familiaridad en el trato era motivo  para aumentar la condición de fiarse, de esperar una actitud apegada a la lealtad. Sincerarse fue un signo de hacer descansar en otro una segura esperanza.

12.- La intimidad fue un componente que siempre estaba  de por medio para creer en otro, en ese que te llevaba a fiar, a creer que has hecho bien, en encomendarte a  su aparente sinceridad.

13.- Poner en manos del familiar o amigo, era como despreocuparse, porque se creía que era todo fiar, dejarlo a la sana voluntad y correcto accionar.

III.- Desapareció la confianza

14.- El período de la vida dominicana,  dominado por la seguridad, cedió su espacio a la inseguridad y desconfianza. El confiado ha sido víctima de su ingenuidad.

15.- Ese inocente, que se creía muy seguro, hoy no ha resultado ser más que un incauto. En lugar de actuar con aplomo, se dejó dominar por una confianza que el sistema hizo desaparecer.

16.- Aquel que todavía tiene en su mente el concepto de confianza de antaño, ciertamente está viviendo en épocas superadas, cuando colocar algo en manos de otro era lo mismo que conservarlo en las propias.

17.- Lo que manda el momento actual es poner en duda; ser bueno, pero maliciarse para algunos; poner en tela de juicio la buena conducta de muchos turpenes. De los dudosos, siempre debemos  tener reservas, mucho recelo y ser reticentes.

18.- La confianza, la seguridad en el cumplimiento y honrar la palabra dada, hace tiempo que se espantaron de nuestro país, salieron al galope y  no regresarán, a no ser que cambie la conducta imperante, la del engaño,  la tomadura de pelo.

Ideas finales

19.- Sin darnos cuenta, así por así, la confianza ciega, aquella que fue la regla de oro de una generación pretérita, desapareció tragada por un sistema que enaltece al que burla, a los que practican las engañifas.

20.- Confiar es entregarse a la voluntad y decisión de ese otro, a quien en lo más profundo de tu corazón lo siente como tu otro yo. Es ese ser que no puede fallarte bajo ninguna circunstancia, porque  el crédito de sus actuaciones lo puede certificar.

21.-  Desde siempre, la pérdida de la confianza ha ocupado un lugar preeminente en la conciencia de los seres humanos, hasta el punto de que pensadores consideran que ella es como la vida: cuando desaparece no regresa.

22.-  Desaparecida la confianza, llega la desconfianza; aparece la inseguridad, y se ausenta la calidez. Se nota la rigidez en el trato y se hace notorio el alejamiento. “Maldito sea el  hombre que pone su confianza en otro hombre”. [1] Sagrada Biblía, Jeremías, XVII. V


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