El desarrollo de la tecnología virtual ha sido injustamente imputado de atentar contra la difusión del libro, como promotor del conocimiento. Todos sabemos que no es cierto, por más avanzado que sean los esquemas tecnológicos computarizados, todavía los textos tienen que redactarlos los humanos, por eso tenemos el libro virtual, que también está en apuros. Lo adverso es que ha disminuido el nivel ecuménico de lectura en todas sus manifestaciones, reemplazado por banalidades que nada positivo representan para el avance de la humanidad. A esto se agrega que en ambientes  subdesarrollados como el local, el libro desde la última década es considerado  mercancía de lujo, que debe someterse a la política arancelaria.

 

El libro supuestamente está “exento” de impuestos, pero al doblar la curvita de la Paraguay los autores después de gastar muchísimo en la impresión de un texto son asediados por el denominado “Comprobante Fiscal-NCF”, que no discrimina las funciones de los artículos para asestar sus zarpazos impositivos, so pretexto que no está dirigido a la mercancía, sino al vendedor o contribuyente, con el agravante que para cumplir con estos complicados requisitos es recomendable contratar un especialista en finanzas.

 

En países como el nuestro el vendedor no es una editorial sino el propio autor, que generalmente no depende económicamente de escribir libros (porque se puede morir de hambre) sino que se trata de un hobby, muy caro como dice el escritor criollo José Diaz.

 

Acabo de adquirir el libro El fuego de la imaginación, libros escenarios, pantallas y museos,  de la autoría de Mario Vargas Llosa mi novelista reaccionario favorito, con un precio superior al bono navideño que ofrecía el Gobierno a los ciudadanos de escasos recursos. ¿Como se explican estos precios? El costo de importación más los impuestos.

 

Aquí las editoras formales nunca han existido. Los escritores en la mayoría de los casos deben asumir el costo de la edición de sus obras y el pago relativo al NCF, para que la única librería que ha logrado mantenerse a flote (por la buena voluntad de sus propietarios) pueda recibirlos en atención a los rigurosos requisitos de la Dirección de Impuestos Internos.

 

Esto de las tributaciones al autor por el “delito” de escribir libros es un obsequio de los pasados gobiernos del PLD, que de modo paradójico contaron con un presidente que es un connotado escritor. Obviamente este reconocido intelectual no tiene problemas cuando debe cantearse con el NCF por culpa de sus libros, el segundo mandatario proveniente de esa parcela política es un acucioso lector y debe comprar los libros con precios costosos, también por el bendito NCF.

 

Como atenuante podemos señalar que crearon la Editora Nacional a instancias de José Rafael Lantigua (el principal bibliófilo contemporáneo, le sigue Juan Ventura de Puerto Plata) con buen auge hasta que Lantigua cesó en sus funciones. Precisamente ese pasado presidente que impuso impuestos a los autores de libros, de modo reciente declaró al periódico El Caribe,  que la lectura está en crisis, que se debe volver a la “lectura comprensiva”. ¡Excelente!

 

Las vicisitudes de los escritores criollos no son nuevas, vienen de lejos. Hace ocho décadas (1941) Moscoso Puello en su célebre obra Cartas a Evelina,  nos decía:

[…] los libros en este país constituyen una tragedia. Los pobres autores dominicanos tienen que regalar sus obras. Y cuando no pueden hacer esto, tienen que venderlas, explotando la vanidad de sus conciudadanos, mediante dedicatorias que ya son clásicas. Estas dedicatorias tienen diferentes categorías. Se hacen a veces delante del comprador y de acuerdo con lo que pague por el libro que se le ofrece. Si da más de un dollar se le llama ilustre, eminente, sabio, etc.; si comete la ridiculez de pagar menos de los que el autor considera que vale su libro, se le pondrá: a mi amigo, al distinguido, o al señor, simplemente”. (Francisco Moscoso Puello. cartas a Evelina.  Editora Cosmo.  Santo Domingo, 1974. p. 212).

 

Pese a la queja de Moscoso Puello hoy resulta más oneroso, ellos estaban exentos de cubrir el Comprobante Fiscal-NCF y sus anexos. ¿Qué diría en estos momentos el muy ilustre médico y escritor?

 

Este proceder de las “dedicatorias”, se hizo tan popular que un grupo de bribones decidieron implementar una técnica de estafa adquiriendo libros de escritores locales en librerías a sus precios normales y vendiéndolos más caros a personalidades y funcionarios del Gobierno, con supuestas dedicatorias de los autores. Horacio Blanco Fombona (hermano de Rufino) ilustre intelectual venezolano-dominicano, en plena “Era de Trujillo” denunciaba que un alto funcionario recibió un ejemplar del libro Indios  de la autoría de Juan Bosch, con una falsa misiva laudatoria a modo de dedicatoria atribuida al eximio escritor. Blanco Fombona comentaba sobre el particular:

“El funcionario que es amigo del autor, notó un tono de pedigüeño en la epístola, que le extrañó fuera usado por el conocido cuentista”.

 

“Hechas las averiguaciones del caso, averiguose que la firma era apócrifa, y que Bosch está  siendo estafado”.

 

“Pónganse en guardia las personalidades que reciban cartas suplicatorias de autores criollos, porque creyendo proteger la literatura nacional, solo protegen el robo, -creemos que así denomina estos caso el Código Penal- y los ladrones no necesitan entre nosotros ninguna clase de estímulo para que prosperen”. (Bahoruco.  Santo Domingo, 24 de agosto 1935. p. 26).

El Porvenir.  Puerto Plata,  10 de febrero 1894

 

 

El enorme escritor que fue Gabriel García Márquez, deploraba que en febrero de 1951 recibió el rechazo para la publicación de su primera novela:

“Pasaron cinco años antes de encontrarle editor. La mande a Editorial Losada (en Argentina) y me la devolvieron con una carta del crítico español Guillermo de Torre en la que me aconsejaba dedicarme a otra cosa, pero me reconocía algo que ahora me llena de satisfacción: un apreciable sentido poético”. (Gabriel García Márquez. Plinio Opuleyo Mendoza. El olor de la guayaba. Editorial La Oveja Negra. Bogotá, 1982. p. 59).

 

García Márquez aunque desilusionado, no se arredró ante el decreto sumario que lo “expulsaba” de la literatura, insistió y logró encontrar un editor para La Hojarasca.  Los escritores de América del Sur tenían y conservan la oportunidad de conseguir editores, por eso no transitaban el drama patético que nos refiere Moscoso Puello y que acentuó Blanco Fombona.

 

Mario Vargas Llosa en su libro antes citado, inserta un artículo de su autoría que data de 1967, refiriéndose al dilema imperecedero de autores, libros y editoras, enfatiza:

“Como regla general, el escritor latinoamericano ha vivido y escrito en condiciones excepcionalmente difíciles, porque nuestras sociedades habían montado un frío, casi perfecto mecanismo para desalentar y matar en él la vocación”. (Mario Vargas Llosa. El fuego de la imaginación, libros escenarios, pantallas y museos. Obra periodística I.  AlfaguaraMadrid, 2022. p. 26).

 

Aunque el laureado novelista ensoberbecido por su éxito personal considera superada esta etapa, resalta algo que aquí todavía subsiste:

“Sin editores, sin lectores, sin un ambiente cultural que lo azuzara y exigiera, el escritor latinoamericano ha sido un hombre que libraba batallas sabiendo desde un principio que sería vencido. Su vocación no era admitida por la sociedad, apenas tolerada; no le daba de vivir, hacía de él un productor disminuido y ad honorem.”  ((Mario Vargas Llosa. Obra citada. p. 26)

 

La historia editorial siempre ha sido una ficción en el ámbito vernáculo, cada día más profunda, en vez de aliento prevalece el desaliento. El escritor deambula en la categoría de productor «disminuido y ad honorem»,  como ha  sentenciado Vargas Llosa.

 

Sería injusto no consignar que el actual presidente de la República se reunió con un grupo de connotados intelectuales en noviembre de 2021, para pasar revista a la política cultural dominicana en el salón de las Cariátides, del Palacio Nacional. Una convocatoria muy auspiciosa.

 

El suscrito aunque es un diletante fue invitado a la interesante reunión, confieso me sentía extraño en ese ambiente de indiscutible alto nivel intelectual. Al Palacio Nacional había acudido en múltiples ocasiones, pero ante sus verjas y sus proximidades en piquetes y marchas de protestas desde 1964 cuando era estudiante del Liceo Intermedio Argentina, en algunas ocasiones con peñones en las manos. Ahora estaba dentro del propio Palacio en condición de invitado, no obstante preferí enmudecer, posiblemente estaba impresionado o «apretao» como dicen en mi barrio. Me suscribí en silencio a la penetrante intervención de la notable escritora Angela Hernández, quien discurrió sobre la crisis del libro y la cultura. Pese al optimismo manifestado por el mandatario, no tenemos informes sobre alguna medida positiva sobre el asunto, esperamos con calma.

 

De manera definitiva es pertinente para el desarrollo psicosocial, que los artificios legales que impiden el progreso educativo y cultural sean suprimidos.

 

Aunque aparente algo increíble, antes en la educación básica se analizaban libros como  Cosas añejas  de César Nicolás Penson, Over   de Ramón Marrero Aristy, Enriquillo    de Manuel de Jesús Galván,  El Quijote  de Miguel de Cervantes y otros.  Veamos una nota del periódico El Progreso   en 1853 (hace 170 años) exhortando a los padres de los estudiantes a adquirir el libro Idea del valor de la isla Española,  del presbítero  Antonio Sánchez Valverde, para enriquecer el acervo educativo de sus hijos.

El Progreso.  Santo Domingo, 27 de marzo 1853

Hoy en día he intentado cuestionar a modo de práctica a estudiantes que llegan al ciclo básico universitario sobre algunos de estos textos, la respuesta más socorrida: «profesor es muy difícil leer un libro completo». Se ha soslayado la mecánica de crear costumbres  de lecturas, hasta el extremo que todavía se discute que hacer con la tan cacareada tanda extendida de la educación básica. Lo correcto sería insistir en la lectura y discusión de textos, que tiendan a fomentar los imprescindibles hábitos de estudios.

 

Obviamente el dilema no es generalizado, siempre se presenta un porcentaje positivo de excepción. Por ejemplo, hace varios años a los estudiantes de una Sección de Historia 011, le asigné como práctica analizar los aspectos históricos contenidos en la deslumbrante novela El violín de la adúltera  de Andrés L. Mateo. Uno de ellos explicó que en su afán por dominar los aspectos esenciales de la obra ubicó al autor y le inquirió sobre la temática, Andrés un consagrado literato y pedagogo, le obsequió el libro y le dijo: cuando lo leas, vuelve para discutirlo, a los estudiantes les encantó la respuesta del reputado autor.

 

Más que una crisis del libro, la grave dificultad reside en los mecanismos de abordaje de la lectura. Entretanto las autoridades financieras persisten en catalogar el libro como una mercancías más, un artículo suntuario y revientan de impuestos a los autores, huérfanos por la ausencia congénita de editoras.  Además, con el agravante que el modelo educativo local no estimula el normal hábito de estudio, indispensable para el avance social entre ciudadanos profesionales y no profesionales.

 

Ya lo sentenció Richard Steele: «La lectura es al espíritu lo que la gimnasia al cuerpo». ¡No permitamos que el tiburón de los impuestos termine de engullirse al libro!