1.

Desviamos la mirada del terror actual y el terror sigue.

La noticia antigua que leo es esta.

Una noticia que hace temblar el cuerpo como el cuerpo tiembla cuando bajo él tiembla la tierra.

“Talibanes ordenan decapitación de maniquís en tiendas de ropa en Afganistán; vea vídeos y fotos”.

Quienes ven esos vídeos y esas fotos ven una sierra separando el cuerpo de la cabeza de un maniquí de una tienda de ropa, maniquí hecho con material sintético.

Las representaciones humanas están prohibidas, y vender ropa no puede ser más importante que una idea religiosa, se dice.

Las figuras humanas siempre han asustado: las estatuas, los cuadros figurativos, los maniquís.

La noticia dice: “algunos comerciantes intentan esquivar la orden, cubriendo la cabeza de los maniquís, pero esa medida no les ha agradado a los talibanes”.

Esto ocurrió en la ciudad de Herat, en Afganistán, ciudad de 600 mil habitantes.

Los comerciantes protestan: los maniquís son caros y así, sin modelo, es más difícil vender.

Imágenes muestran una especie de depósito solo con las cabezas de los maniquís.

Una cabeza sola de un maniquí parece un fantasma malo; una pesadilla en forma de materia.

2.

“Talibanes ordenan decapitación de maniquís en tiendas de ropa en Afganistán, vea vídeos y fotos”.

“Vea vídeos y fotos” – esta indicación es el pie de foto del siglo, la nota universal. El siglo existe para ser grabado.

De todos modos -dice alguien, comentando – pronto se jugará la final de un campeonato cualquiera y todo quedará genial bajo el sol y dentro de la televisión.

Seamos claros: la sentencia –nada nuevo bajo el sol– deberá ser sustituida por: “nada nuevo bajo la cámara de vídeo”.

El sol hace mucho que perdió potencia simbólica frente al grito: “¡luces, acción!” de la tele, del cine y del reportaje noticiero.

La luz que importa, en este siglo, es la luz que viene de la cámara de vídeo.

Nada nuevo ante la cámara de vídeo. El horror sigue, sí -pero también, a veces, la alegría.

3.

La imagen también antigua de estatuas siendo guardadas para evitar su destrucción.

Una estatua como un cuerpo puede romperse.

Estatuas guardadas para que la destrucción que viene desde arriba no llegue hasta ellas.

Imagino estatuas de Cristo guardadas en sótanos y bunkers.

Un bunker lleno de estatuas de Cristo para que los misiles no las destrocen.

No necesitan agua, comida ni luz.

Resisten mucho mejor, las estatuas.

4.

Leo la biografía de Rimbaud.

Después de que Rimbaud incordiara a Paul Verlaine, amigo y amante, berrinches, enfados, discusiones con argumentos altísimos, Verlaine se aparta, huye en barco. Rimbaud corre por el muelle, el barco arranca; Rimbaud grita, lo llama, y el nombre del amigo quizá no caiga al mar, quizá llegue al barco, la parte sólida que se mueve allí en medio del mar; la voz de Rimbaud lanza el nombre de Verlaine hacia lo lejos, lanzamiento de dardo, de peso; el nombre del amante-amigo pesa, pero él lo lanza lo más lejos que puede; saluda con la mano que está desesperada y enamorada; mano enamorada como si por si sola fuera un cuerpo entero; el barco zarpa, Verlaine ni siquiera saluda, ningún sonido viene de quien se aleja.

Días después una carta de Rimbaud a Verlaine:

“Vuelve, vuelve, amigo mío, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno”.

Promesa desesperada de los abandonados: “Te juro que seré bueno.”

Frase ingenua y alucinada, una frase central todavía en este siglo: te juro que seré bueno, te juro que seré bueno.

Traducción de Leonor López de Carrión.Originalmente publicado no Jornal Expresso