La travesía del cuerpo negro y sus voces constituyen una historia negra del “negro” documentada en toda la América continental.

Se trata de un significante ligado a una historia de la errancia étnica de origen africano.  Su huella persiste en la historia natural y cultural del mundo y de la esclavitud en América.  El rutario económico es, en este sentido, también la marca simbólica de una contradicción entre el cuerpo maltratado, encarcelado, comercializado, abusado, explotado, torturado, masacrado, terriblemente y simbólicamente marcado y codificado.

El cuerpo negro surge de otros cuerpos raciales y racialistas, pues sus raíces son los orígenes de varias experiencias de posición, intercambio y posesión y cultura.

Preparados para el intercambio, la venta, la explotación, la dominación y el comercio sexual. El negro reporta ganancia y pérdida. De ahí su economía, su determinismo social y metacultural. Se trata, en su caso, de documentos históricos generados por un archivo que tropieza con lo real o la lectura del cuerpo étnico que fija opciones, estrategias y claves de, y, para la dominación.  La interpretación de estos términos promueve jerarquías y propiedades falsamente legitimadas por el aparato económico y jurídico del dominador de cuerpos negros obtenidos como botín, bienes adquiridos o simplemente negocio étnico.

Desde esa ganancia, intercambios y fuerzas productivas de esclavos o mercancías humanas, se contabiliza la función de la mano de obra esclava que mueve la producción, la maquinaria de la explotación, el horario de trabajo, la fuerza laboral en la colonia,  en la vida de los ingenios y la burocracia dominante. El sello es, también, un tipo diferencial y diferente.

La marca de pertenencia que envía los mensajes opresores a una masa esclava que no sabe leer la ley, ni los códigos de dicha explotación, ni sus derechos alienados y por lo mismo negados.

La cultura del cuerpo y de las voces latentes resultan de un proceso de relaciones y traslados, esto es, de negocios, valores agregados donde el cuerpo negro que exige su voz de origen socialmente determinada, engañada y suprimida exige por razón histórica sus pagos económicos y socioculturales. Y No se trata de etnia pura, ni de representación histórica, sino de fuerza explotada y utilizada; fuerza integrada y convertida en trabajo laboral activo, pero también resistencia histórica.

En efecto, el cuerpo negro es una presencia y aventura etnocultural diversa.  Lo que quiere decir que su entrada a la cultura occidental está marcada por el síndrome de un uso subalterno y una línea de otredad que engendra una fuerza de trabajo, negocio, determinación de un poder económico justificado por las históricas relaciones de producción.  Y Justo desde esta problemática económica y cultural se explica la condición del cuerpo negro convertido en medio y forma expresa de trabajo productivo y valor.

Una sociología del racismo cuya base encontramos en documentos, crónicas, historias, cartas e informes metropolitanos y coloniales, permite entender algunas fases de la historia y la presencia de lo que se ha llamado la presencia africana en América.  Pero dicha presencia no es sólo historia, sino también signo, icono, economía política, imagen, ritualidad sociocultural, hito, razón y pregunta, colonialismo y neocolonialismo cultural, tal como se hace visible en la insularidad caribeña.

En efecto, esta épica la podemos encontrar en testimonios, novelas, poemas,  relatos inclasificables, memorias y diarios de esclavitud,  iconografías sagradas y profanas que ilustran  historias, enciclopedias,  manuales coloniales y colonizadores,  libros o monografías de arte que dan cuenta de una producción subjetiva,  cuyo conocimiento altera o identifica ciertas políticas de la interpretación del orden colonial en el Caribe y América latina, tal como lo han explicado y mostrado  M, Barnet, E. Glissant, A. Césaire,  B. Williams,  R. Confiant,  Naipaul,  el poeta N. Guillén,  Lydia Cabrera,  Fernando Ortiz,  M. Zapata Olivella,  Pedro Mir, y una cantidad enorme de caribeñistas, etnólogos, folkloristas  y americanistas que han conformado enciclopedias de signos y miradas sobre el tema del cuerpo negro, sus ecos y sus huellas. Veamos lo que nos dice el escritor y pensador Edouard Glissant  en su Introducción a una poética de lo diverso:

“En ese sentido, el Caribe también me ha parecido siempre una suerte de prólogo del continente. En los siglos XVI, y XVII, el Caribe era conocido como el Mar del Perú…Era una especie de introducción al continente, una suerte de vínculo entre lo que había que dejar atrás y aquello cuya exploración había que comprender.” (Ver pp. 14-15).

Desde esa poética de la diferencia y la relación enunciada por el teórico, poeta, novelista y pensador martiniqueño podemos dar paso a una raigambre narrativa, histórica y declarada como el relato del resistir, la resistencia y la formas de apertura del relato, los signos y lo vincular del sujeto cultural.

Esa visión del cuerpo negro la relata, a título de novela inclasificable, Manuel Zapata Olivella en Changó, el gran putas (Eds. Ministerio de Cultura, República de Colombia, Bogotá, 2010). Veamos:

“Sube a bordo de esta novela como uno de los tantos millones de africanos prisioneros en las naos negreras; y siéntete libre, aunque te aten las cadenas. ¡Desnúdate!  Cualesquiera que sean tu raza, cultura o clase, no olvides que pisas la tierra de América, el Nuevo Mundo, la aurora de la nueva humanidad. Por lo tanto, hazte niño. Si encuentras fantasmas extraños-palabra, personaje, trama- tómalos como un desafío a tu imaginación. Olvídate de la academia, de los tiempos verbales, de las fronteras que separan la vida de la muerte, porque en esta saga no hay más huella que la que tú dejes: eres el prisionero, el descubridor, el fundador, el libertador.” (p.35)

Desde esta cosmogonía del cuerpo negro se lee su pisada y su llegada a nuevos insularios y tierras firmes. Esa épica de los orígenes no deja de ser una aventura de la modernidad de este y otros mundos reales e imaginarios, que también se asumen como claves de realidad, presencia de signos convertidos en historias muchas veces ocultadas por la llamada razón dominante.