Don Gilbert

El Cemento Cibao y recuerdos del 12 de enero de 2010

Nadie se ha tomado la molestia de estudiar el viaje de miles de repatriados -los deportados de hoy- de marzo de 1937. Vinieron de Cuba. Los «historiadores» prefieren concentrarse en octubre de 1937, alrededor de Ciudad Trujillo. En Haití, a nadie le interesa la historia de Yvrose.

Por Gilbert Mervilus

«Gracias por recordar esa solidaridad, planificada por el presidente Fernández y sus ministros hasta altas horas de la madrugada, y espontánea del pueblo dominicano y sus altas élites. Sabes que fui testigo ocular de la tragedia. Aún me duele el alma» Inocencio  García (@inocenciogj; enero 10, 2020

Abrazos a los doctores Ángel Faxas, Rafael Núñez y Ángel Ventura

Tuve la suerte de aprovechar la experiencia de un amigo ingeniero que me ayudó. A pesar de las deficiencias de mi institución municipal, el ingeniero jefe de mi ayuntamiento también se convirtió en consultante. En ningún momento, durante nuestra primera aventura en la construcción de una casa, mi esposa y yo sabíamos qué marca de cemento íbamos a utilizar.

Conocimos a Juan Abner (1948-2018) unos meses después del terremoto del 12 de enero de 2010.

Técnico polivalente, dominaba destacadamente el hormigón, la fontanería y la carpintería. Nacido a unos kilómetros de la frontera, su padre era terrateniente. Siempre sonriente, tuvo el privilegio de estrechar la mano, en varias ocasiones, de un joven capitán, entonces comandante de distrito fronterizo, quien sería más tarde distinguido jefe de la entonces Policía militar de Puerto Príncipe. De las frágiles alianzas entre políticos, nos confesó sentirse turbado por las abortadas sesiones del parlamento.

Empezamos las obras con las bolsas de cemento que se ven en la foto. Juan, quien las trajo, me aconsejó que hiciera esta foto. Once años después, la comparto con ustedes. En las construcciones de entonces de nuestra capital, grandes y pequeñas, el Cemento Cibao encabezaba las estadísticas.

La hermosa sonrisa de Yvrose, después del terremoto

Con sinceridad en sus ojos y sus palabras positivas, Yvrose me explicó su situación. Hacía ya varias semanas que no veíamos los grandes camiones de agua y las furgonetas de bolsas de arroz. Esta desaceleración humanitaria -¡palabra relativamente optimista!- coincidió con las primeras manifestaciones en contra del gobierno, y más precisamente contra el Presidente de la República. Luego, llegó la Copa del Mundo de fútbol. La vida, terrible vida cotidiana de Yvrose, bajo trozos de plástico, agradables sólo desde el exterior, en pleno verano cargado de mosquitos y gotas de lluvia, nos recordó otro tiempo muy lejano de hacía más de cinco siglos...

 «Yvrose» (hacia la derecha), por G.Mervilus
«Yvrose» (hacia la derecha), por G.Mervilus

Por aquel verano, todos estábamos cerca de una explosión. Ya sea por pura rebeldía o porque la insolencia se impuso como normalidad. Viejos, muy viejos antagonismos estaban resurgiendo, como por casualidad. El neoliberalismo, fuertemente alentado por el régimen desde hace unos quince años, mostraba sus dientes con crueldad excepcional. El estado confirma su desaparición con cada intento de intervención. El ciudadano tuvo que hacer frente a la situación, con incertidumbre y desesperación cada vez más tensa. Algo indescriptible e imprevisible podría pronto incendiar la ciudad. El terremoto había reforzado considerablemente los parámetros distorsionados. Mucho antes del 12 de enero de 2010, la vida cotidiana de ciudadanas como Yvrose era más que un desafío; ahora se trataba de una provocación de cada hora. En ningún momento de su historia la mujer haitiana había tenido tantas batallas que librar, con las uñas gastadas por todas las preocupaciones del día y de la noche; de nuestras noches que se volvieron infernales. A partir de las 4.53 de la tarde del 12 de enero de 2010, nuestra historia colectiva cambió.

El liderazgo existente era ya una ficción sin futuro. La sucesión, una pesadilla sin precedente. El terremoto anunció muchos dramas. Doce años después, hemos tragado tantas tragedias que a menudo la fatalidad se mezcla con una sonrisa sincera. Una especie de resiliencia barata que nos permite revalorizar la fragilidad de las cosas humanas. Desde mi conversación con Yvrose, aprendí a dedicar tiempo y a escuchar a las vecinas con la misma trayectoria. El mismo espíritu de lucha. De hecho, Yvrose me enseñó a construir algo que no existe en la historia nacional: relaciones sinceras entre los ciudadanos, por encima de los prejuicios, creados por un Estado fracasado y delincuente.

Recuerdo un seminario extraordinario, en abril del 2012, con los doctores Ángel Faxas, Rafael Núñez y Ángel Ventura. Tres eminentes especialistas dominicanos en salud veterinaria. La producción y sus problemas se debatieron con sinceridad. Les hablo del tema porque las complicaciones históricas que llevaron a Yvrose a un barrio marginal de la capital, me puedo permitir comentarlas con los vecinos.

Siempre se dice que los campesinos venden sus tierras y el ganado para trasladarse a la capital como mototaxistas. Esto es ciertamente una pequeña parte de la historia. Las cosas en el mundo rural no son tan sencillas. En un país profundamente desigual, los circuitos de exclusión están magistralmente jerarquizados. Nadie se ha tomado la molestia de estudiar el viaje de miles de repatriados -los deportados de hoy- de marzo de 1937. Vinieron de Cuba. Los «historiadores» prefieren concentrarse en octubre de 1937, alrededor de Ciudad Trujillo. En Haití, a nadie le interesa la historia de Yvrose. A menudo me pregunto si el primer círculo político del 2010 no estaba mucho más interesado en las bellas fotos con ilustres visitantes..

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