Siempre será pertinente insistir en la remembranza de la masacre estudiantil del 9 de febrero de 1966, trascendental momento histórico cuando varios miles de estudiantes primarios, secundarios y universitarios fueron ametrallados por cancerberos policiales frente al Palacio Nacional. Este sacrificio de la juventud estudiosa dominicana constituye el estandarte de la lucha por el derecho a la educación de todos los sectores sociales sin distinción de clases. Si hoy los dominicanos más humildes tienen acceso a la educación superior, esa distinción fue alcanzada con sangre juvenil derramada a raudales en las calzadas de la casa de Gobierno, en esa inolvidable jornada patriótica.

 

Durante la fatídica “Era de Trujillo”  los estudiantes con enormes sacrificios se inscribían en la universidad del Estado. Tras el ajusticiamiento del tirano muchos de esos jóvenes enfrentaron con valor a los remanentes del trujillato dentro y fuera de la universidad, y promovieron el gran conato de lucha que constituyó el territorio libre de la calle Espaillat en Ciudad Nueva. Esta acción combativa persistió en la universidad y el seno del pueblo hasta arrancarle la autonomía universitaria al tiranuelo, que pretendía reemplazar a Trujillo en aquellos momentos.

 

No obstante, la universidad en su condición de autónoma su dirección fue copada por autoridades antidemocráticas, que insistieron en elitizarla con el odioso CUEG y otras trabas académicas, como el examen de admisión,  las costosas tarifas de inscripción y la expulsión de los estudiantes progresistas. Tras la gloriosa Revolución de Abril, las fuerzas progresistas de estudiantes, profesores y empleados se impusieron a los reaccionarios con el Movimiento Renovador, que proclamó la lucha sin cuartel por la democratización de la educación superior.

 

El Gobierno títere de Héctor García Godoy desde septiembre de 1965 se resistía a reconocer las nuevas autoridades de la UASD. La Federación de Estudiantes liderada por Amín Abel convocó a los jóvenes universitarios, secundarios y primarios a un piquete frente al Palacio Nacional el 9 de febrero de 1966, para reclamar se reconocieran las  autoridades del Movimiento Renovador. Miles de estudiantes de todos los niveles nos congregamos frente a las verjas del Palacio Nacional reclamando el derecho a la educación.

 

Tropas policiales que desmeritaban sus uniformes porque no fueron capaces de defender sus posiciones durante la entonces reciente Guerra de Abril, y en aquellos instantes se comportaron como mercenarios, “irritados” ante las consignas estudiantiles que reclamaban el reconocimiento del Movimiento Renovador y la salida de las tropas invasoras, sin mediar palabras abrieron fuego contra la multitud juvenil que solo portaba sus armas de reglamento: libros y cuadernos, una verdadera masacre.

Policías disparando a mansalva contra los estudiantes.

Cerca de 40 estudiantes resultaron heridos, con un saldo de 4 muertos. Cayeron ese mismo día los jóvenes estudiantes: Antonio Santos Méndez de 22 años, Luis Jiménez Mella de 18 años y Miguel Tolentino, la compañera adolescente Altagracia Amelia Ricart Calventi de 14 años, herida de gravedad con una aflictiva agonía que conmovió al país durante un mes, falleciendo en un hospital de Texas. Mientras los compañeros Brunilda Amaral y Tony Pérez fueron gravemente heridos en la médula espinal, con la ayuda de la ciencia médica y efectivas terapias, han logrado en gran medida su rehabilitación e incorporación a actividades laborales, brindándonos  a todos un gran ejemplo de superación.

 

Esta jornada no terminó ahí, el pueblo se declaró en lucha durante todo el mes de febrero y el Gobierno títere se vio compelido a reconocer las autoridades producto del Movimiento Renovador. De inmediato la universidad abrió sus puertas a todos los hijos del pueblo de 3,000 estudiantes ha pasado a albergar más 200,000, todo a partir de la acción heroica del 9 de febrero de 1966.

 

En homenaje a esa histórica lucha del movimiento estudiantil, la universidad al momento de crear un liceo de educación básica para procurar normas innovadoras en esa área, consideró oportuno designar esa entidad con el nombre de la joven adolescente Altagracia Amelia Ricart Calventi, en nombre de todos los mártires del ametrallamiento.

 

El liceo ha realizado importantes aportes a la educación dominicana. Desde hace varios años se tenía programado dotarlo de un nuevo local más adecuado, el edificio recién inaugurado estaba destinado para esos fines. Tras la terminación de la obra se mantuvo por mucho tiempo cerrada sin inaugurar, de repente el pasado mes las autoridades universitarias anunciaron que ese local sería un nuevo liceo experimental, designándolo con el nombre del muy ilustre maestro e historiador Hugo Tolentino Dipp, algo que nunca fue planificado con antelación. Repito lo que manifesté en un artículo anterior, el propio Hugo Tolentino Dipp como digno universitario de los líderes del Movimiento Renovador, rechazaría se escogiera su nombre para reemplazar en ese edificio el de Altagracia Amelia, ya que desde un primer momento fue construido para albergar el liceo que lleva su nombre.

 

Un letrero desde hace varios años anunciaba el homenaje a Altagracia Amelia, con ese nuevo edificio. Ahora se plantea que serán dos liceos, cuando se tiene entendido que el liceo público que funciona en la mañana esperaba el antiguo local para su tanda extendida, edificación que era de la UASD pero que aparentemente fue cedida al Ministerio de Educación. Mientras tanto el nuevo edificio está inaugurado pero cerrado, porque tienen que esperar la apertura del próximo año escolar para integrar estudiantes a ese liceo en proyección a la carrera.

 

Deploramos las autoridades universitarias en este caso se manejaran de modo tan errático, atentando contra la memoria histórica de la propia institución.

 

El martirologio estudiantil también alcanza el grado de categoría histórica. España tiene la Noche de San Daniel, el 10 de abril de 1865 cuando la guardia civil monárquica en la Puerta del Sol de Madrid, masacró a los estudiantes que protestaban por la destitución del rector de la universidad central. El joven estudiante Eugenio María de Hostos reseñó para la historia ese momento del martirio estudiantil hispano, del que fue testigo.

 

Esas mismas autoridades monárquicas el 27 de septiembre de 1871 ordenaron el fusilamiento frente al Castillo del Morro en La Habana, Cuba, de ocho jóvenes estudiantes de medicina, acusados injustamente de profanar la tumba de un fanático del Gobierno. Al año siguiente desde el seno del monstruo colonial en Madrid, donde se encontraba desterrado, el estudiante José Martí con tan solo 19 años denunciaba el asesinato de los jóvenes habaneros.

 

En Santo Domingo el 9 de febrero de 1966 sicarios policiales ametrallaron a miles de estudiantes que reclamaban frente al Palacio Nacional la democratización de la enseñanza universitaria. Como resultado de la aciaga masacre cuatro jóvenes fueron muertos, simbolizados por la joven adolescente: Altagracia Amelia Ricart Calventi. En semejante estilo represivo se desarrolló el ametrallamiento a la UASD el 4 de abril de 1972.

Gloria eterna a los héroes y mártires por la democratización de la enseñanza del 9 de febrero de 1966.