I

Henríquez y Carvajal (14 enero 1859 – 6 febrero 1935) es uno de los pensadores decimonónicos dominicanos que más se aproxima al concepto tradicional de sabio en tanto poseía conocimientos enciclopédicos en varias ramas del saber como derecho, filosofía, matemáticas, literatura, medicina, botánica y pedagogía, aunque gran parte de su vida la consagró principalmente a la enseñanza, actividad que combinó con el ejercicio de la medicina y la política.

Américo Lugo lo ubica en la segunda generación de intelectuales dominicanos junto a su hermano Federico, Tulio M. Cestero, Arturo Pellerano Castro, Fabio Fiallo, Eugenio Deschamps, José Ramón López y otros. Lo valora como un escritor de “claro talento y vasta ilustración” aunque lo tilda como alguien “demasiado arrogante”, que sentía desprecio por las formas literarias al igual que Hostos de quien fue su “discípulo más aventajado”, además de haber sido un sobresaliente publicista, orador y conferencista y “no sería muy aventurado afirmar que es el dominicano más ilustrado”. (A. Lugo, Obras escogidas 2, Santo Domingo, 1993, p. 143.)

Dr. Francisco Henríquez y Carvajal

Las primeras letras las recibió del maestro Juan Tomás Mejía Cotes (1843-1906) y en octubre de 1873 se inscribió en la clase de filosofía del célebre Seminario conciliar; también tuvo como maestros a Félix María del Monte y Carlos Nouel. En un momento en que en el país solo se impartían asignaturas humanísticas (teología, filosofía, ética, etc.) Henríquez y Carvajal recibió durante dos años formación en matemáticas y ciencias físico naturales del sabio puertorriqueño Román Baldorioty de Castro (1822-1889), quien residió en el país entre mayo de 1875 y agosto de 1875, donde fundó dos centros de enseñanza superior, el colegio Antillano y el Central. El contacto con este notable maestro contribuyó a desarrollar sus capacidades intelectuales.

Desde la sociedad Amigos del País, en la cual ingresó en agosto de 1875, desplegó un vigoroso programa de promoción cultural que incluyó el establecimiento de nuevas escuelas, conferencias literarias, divulgación de los valores patrióticos, etc. Allí conoce a Salomé Ureña (27 octubre 1850 – 6 marzo 1897) a quien le esboza en una carta una suerte de programa de estudios para completar su formación científico literaria que había recibido de su ilustrado padre Nicolás Ureña de Mendoza, aunque reconoce el influjo espiritual que a su vez ejerció la poetisa sobre él. Tres años más tarde publica su célebre artículo “Salomé ante la Patria” con motivo del otorgamiento a esta de una medalla de honor por la supra mencionada entidad.

Discípulo y colaborador de Eugenio María de Hostos

Cuando Hostos llegó al país, Henríquez y Carvajal contaba alrededor de 20 años, había estudiado ya derecho y ciencias matemáticas, y de acuerdo con sus palabras “hasta hoy me honro con llamarme también discípulo del eminente sabio antillano Barderioty de Castro, que me ha dispensado las más alentadoras consideraciones”. (Carta publicada en El Eco de la Opinión, 14 de septiembre de 1889.)

A pesar de que conocía los preceptos básicos de la filosofía positivista, su contacto en marzo de 1879 con el positivismo de Hostos, en la versión evolucionista e idealista, comportó una ruptura epistemológica en su cosmovisión. Para Henríquez y Carvajal la escuela hostosiana se hallaba asentaba sobre una base natural y social y en el frente de esta figuraba inscrito como lema el principio de evolución.

Todos los males de los pueblos hispanoamericanos, entre ellos el dominicano, provienen del desconocimiento absoluto de esa ley, de la psicología de los pueblos, así como de las leyes que rigen los movimientos sociales. De conocer dicha ley los pueblos se habrían encaminado hacia “un objetivo cierto” y un “porvenir inequívoco, hacia un bienestar grande o pequeño, pero positivo. Más lo desconocen”.

En Hostos la idea de progreso adquiere un nuevo cariz y en tal sentido asevera que los pueblos latinoamericanos solo alcanzarían la perfección cuando en ellos se conjugaran el desarrollo material alcanzado por los países capitalistas con el desarrollo moral, por medio de un proceso evolutivo espiritual. (Fco. Henríquez y Carvajal, “Mi tributo”, Clío, No. XXXIV, (marzo-abril de 1939, p. 70.)

La asunción por parte de Henríquez y Carvajal del programa hostosiano fue resultado del convencimiento de que solo mediante la difusión de la enseñanza “con razón y con amor”, que fue “el perenne intento” del Gran Maestro, la República Dominicana podía en pocos años transformar su aspecto, encontrar el camino de la paz y la prosperidad y superar el “lamentable espectáculo de desgarrarse inicuamente las entrañas”. Pero esa enseñanza debía ser “genuina”, “paciente e inquebrantable”, como una obra de “apóstoles”. (Ibidem.)

Antes de que Hostos instalara la Escuela Normal, destinada a la formación de maestros, junto a su íntimo amigo José Pantaleón Castillo y los auspicios de la sociedad Amigos del País, Henríquez y Carvajal había intentado algo semejante a lo realizado por el Maestro para lo cual fundó la Escuela Preparatoria, de orientación laica, cuyo plan de estudio contemplaba asignaturas como química, botánica, zoología, física, álgebra, geometría, nociones de mineralogía y geología, cosmografía, gramática, entre otras, que no se enseñaban en la escuela tradicional dominicana.

Ambos amigos se trazaron el cometido de “levantar el nivel moral del pueblo”, y asumieron como ideal la sentencia de Édouard de Laboulaye (1811-1883): "si queréis matar el despotismo, educad al pueblo”. En la Escuela Preparatoria los alumnos adquirían los saberes necesarios para poder ser admitidos en la Escuela Normal. Fundaron la escuela solo con las luces de la sólida instrucción científica que habían adquirido bajo la dirección del maestro Baldorioty de Castro, pero ignoraban la pedagogía y carecían de un sistema para la enseñanza. En esta época fundó y dirigió el periódico El Maestro que fue la primera publicación pedagógica y del cual circularon veinte números.

Por tal carencia en su formación, sus incontenibles ansias de conocimiento y su pasión por las ideas avanzadas, desde su propio surgimiento el Dr. Henríquez se afilió a la Escuela Normal:

“Un soplo de vida nueva animó desde ese día mi espíritu y ya no descansé: diligente, afanoso, y ansioso cada vez más de penetrar hasta el fondo de este nuevo campo de verdad y de acción, multipliqué mis esfuerzos y aprendí para enseñar, y enseñé con amor y abnegación, porque ya veía realizarse, al fin, bajo una dirección inesperadamente poderosa, el objeto de todas mis vigilias”. (Ibidem, p. 70.)

Además de alumno, el Dr. Henríquez se convirtió en uno de los principales colaboradores de Hostos junto a su hermano Federico, su esposa Salomé, José Pantaleón Castillo, Emilio Prud’homme, José Dubeau, Alberto Zafra, entre otros. Considera que con el Gran Maestro las ciencias fueron presentadas bajo una nueva modalidad mientras otras como la pedagogía, el derecho constitucional y la formaron quedaron asentadas sobre nuevas leyes morales naturales.

Como resultado de las enseñanzas de Hostos, desarrolladas a lo largo de siete años, quedó transformada la visión del mundo, del universo completo, dominante hasta ese momento entre muchos intelectuales dominicanos, la cual fue explicada a partir de un nuevo método científico o natural. Con “decisión y firmeza”, y casi con devoción, el Dr. Henríquez escuchaba asiduamente la enseñanza del Maestro y contribuyó a divulgarla de forma simultánea en la Escuela Normal, la Escuela Preparatoria y en el Instituto de Señoritas que fundó y dirigió la poetisa y educadora Salome Ureña.

El Informe a la Junta Superior de Estudios

En octubre de 1887 el doctor Henríquez y Carvajal realizó un largo periplo por varias ciudades del país, a bordo del vapor Clyde, con el objetivo de conocer el estado de la enseñanza pública. La primera escuela la visitó en San Pedro de Macorís, dirigida por J. de la C. Llaverías, cuyos alumnos le revelaron los daños que podía causar en su inteligencia “el irracional procedimiento de cultivar mecánicamente la memoria, y nunca usar la razón ni la conciencia”.

Por medio de “sugestiones” y con su destreza de experimentado maestro, Henríquez y Carvajal demostró al director Llaverías lo “fácil”, “ventajoso” y “satisfactorio” que resultaba instruir a los niños por el procedimiento natural de la razón. Y como en esa época el centro de la enseñanza era el maestro le recomendó: “No más libros en la enseñanza primaria elemental; mientras menos libros, mejor: el maestro debe ser el libro”.

Como se sabe, en esa época los niños y las niñas se mantenían segregados y en la escuela de niñas La Caridad le llamó la atención la heterogeneidad de las alumnas cuyas edades oscilaban entre los 4 y los 15 años. En estos dos primeros centros utilizaban como texto el libro enciclopédico de la autoría del pedagogo español Julián López Catalán (1834-1890), especialista en educación parvularia. En la tercera escuela, la San Pedro, pudo verificar la habilidad de los niños en geometría práctica al realizar de forma correcta los trazos en la pizarra, así como la capacidad del director para asumir el nuevo método de enseñanza que pregonaba.

En Samaná, Henríquez y Carvajal inspeccionó el Instituto Santa Bárbara, dirigido por el maestro normal José Dubeau, su amigo, donde los niños demostraron que pensaban, lo cual puso en evidencia lo eficaz que resultaba para el entendimiento humano “la buena dirección de su desenvolvimiento por la educación”. Lo contrario ocurría en la escuela municipal de niñas donde se empleaba un método de enseñanza “puramente recordativo” y le recomendó el uso del texto Manual de Enseñanza objetiva de N. A. Calkins, publicado en 1880.

De Samaná se trasladó a Puerto Plata y en compañía de José Castellanos visitó el colegio municipal San Felipe, bajo la dirección del maestro Federico Llinás, quien al asumir la dirección el centro se encontraba en un “estado miserable”, sin útiles escolares y en completo desorden, sin embargo, gracias a los esfuerzos personales de este se introdujeron mejoras sustanciales en el plantel, las cuales le dieron un cariz de “verdadera escuela”.

Empero, nuevamente vio cómo los niños empleaban el procedimiento mnemónico pues se limitaban a recitar las palabras de un texto, y, por el contrario, cómo estos dominaban el dibujo arquitectónico que debía enseñarse con la práctica, conforme a los principios del método objetivo. Las críticas de Henríquez y Carvajal al procedimiento mnemónico fueron refutadas por el profesor Federico Llinás para quien la memoria constituía la primera de las facultades intelectuales pues:

“[…] aprendiendo por el procedimiento mnemónico se almacenan en ella los conocimientos, aunque de ellos no se tenga completa conciencia pues en la edad del mayor desarrollo, al evolucionar el entendimiento hacia su madurez, se evocaba por espontaneidad propia la conciencia y en un breve plazo se da cuenta perfecta de las palabras o ideas que estaban dormidas o latentes en la facultad recordativa”. (Raymundo González (editor), Documentos para la historia de la educación moderna en la República Dominicana, t. II, Santo Domingo, 2007, p. 255.)

Henríquez y Carvajal calificó de “completamente errónea” la doctrina expuesta por Llinás ya que la psicología no había observado hechos que comprobaran su tesis, y, por el contrario, esta había dado la ley de desarrollo armónico, sucesivo y ordenado de las facultades del pensamiento y quien desconozca dicha ley jamás podrá obtener resultados satisfactorios en la labor docente.

De dicha ley infirió Pestalozzi que las facultades preceptivas son las primeras que se desarrollan en el niño, y, por ende, se debe partir de la intuición para llegar a la razón. Dos siglos antes que Pestalozzi, Montaigne había expresado que “aprender de memoria, no es aprender”.

A pesar de la oposición que hizo el profesor Llinás al nuevo método de enseñanza basado en la razón, no se opuso a la implementación de este, sino que lo aceptó parcialmente. Por tal razón, Henríquez y Carvajal entendía que “por su espíritu de progreso, como hombre de una laboriosidad rarísima y dispuestos siempre a cooperar en las obras de beneficencia pública”, merecía se le dispensara apoyo y se le favoreciera. (Ibidem, p. 256.)