Es un hecho confirmado que los diversos planes decenales y estratégicos de salud que se formularon del 2006 al 2018 en la República Dominicana fueron una sumatoria de buenos deseos. Publicaciones que no pasaron del estante. Herramientas que no facilitaron ejecutorias coherentes con los deseos y sueños de las diversas comunidades, territorios, regiones, provincias y ciudades.

Intenciones, tentativas, ensayos y actos fallidos de un grupo de funcionarios que aunque consultó técnica y profesionalmente a los actores estratégicos del sector salud, parece que consideró que la planificación estratégica se reducía a ellos. Hicieron planificación normativa, nunca planificación estratégica.

 

Conceptualmente, la historia de la planificación para el desarrollo comienza a romperse en el mundo occidental a finales del siglo XX.

 

Antes, en las sociedades democráticas que surgieron de la revolución industrial del occidente a partir del siglo XVIII, planificaban los iluminados, los “Think Thank”. Sectores provenientes de los núcleos del poder político. Más adelante, luego de la revolución bolchevique de 1917, en las naciones socialistas afiliadas al bloque soviético de la URSS, el supuesto Estado socialista y el partido único, se abrogaban la vanguardia de pensar por la gente.

 

Hoy se sabe que la planificación estratégica es una de las esencias de la arquitectura democrática de las sociedades. Para el sociólogo francés Alan Touraine, “no hay democracia sin la voluntad por parte de la mayoría, de ejercer el poder, al menos indirectamente. Sin el deseo de hacerse oír y de ser parte de las decisiones que afectan su vida”. La participación es conciencia ciudadana, un imperativo categórico y exigencia de corresponsabilidad y empoderamiento comunitario. Participación no es un encuentro de expertos, menos aun, un concilio de “guruses” para adivinar en bola de cristal, el destino de un pueblo.

 

Carlos Matus (1931-1998), economista chileno graduado en Harvard, varias veces ministro, es el mejor analista conceptual en planificación sectorial y territorial que conozco. Matus había estudiado todos los errores que casi 30 años después, fueron cometidos del 2006 al 2018, en República Dominicana, por los planificadores en salud locales y asesores internacionales.

 

Caracterizó la planificación normativa como un método en la que el Estado y sus expresiones de gobierno, a nivel local y nacional, juegan un rol determinante y absoluto, trazando las normas de cómo varias actividades de un plan pueden interrelacionarse para cumplir objetivos.

 

La planificación normativa es una guía informativa de cómo actuar desde el gobierno. Todos los estudiosos indican que este tipo planificación genera una discontinuidad entre el futuro deseado y la historia que se pretende cambiar. Para la planificación normativa, el futuro más que un sueño compartido por toda una sociedad, se proyecta como un acto mecánico de un aparato del Estado o gobierno concreto.

 

La investigadora y planificadora venezolana Patricia Gillezeau en su estudio sobre la planificación latinoamericana afirmó “ese modelo se agotó y no respondió a las nuevas realidades de los países, además de tener insuficiencias conceptuales, de método e instrumentación”. América Latina tenía que ir más allá de las fronteras de la planificación tradicional, lineal o normativa.

 

Cambiando de paradigma, surge la planificación estratégica o situacional. Se acepta que Carlos Matus fue su principal promotor pero no le alcanzó el tiempo y las condiciones políticas para ponerla exitosamente en práctica. Como ministro de economía de Salvador Allende, fue destituido, encarcelado y perseguido por los militares. Tuvo que surgir la concreción de Barcelona (1988-1992) para que se generara un verdadero laboratorio social que catapultó esta metodología. Culminado el primer Plan Estratégico de Barcelona.

 

Hoy, subrayamos que los 26,806 caracteres y 61 páginas del Plan Decenal (PLANDES 2006-2015), sirvieron para muy poco. Igualmente al estudiar 31,174 caracteres y 93 páginas del siguiente PLANDES 2018-2028, llegamos a conclusiones similares. Cientos de gráficas y cuadros estadísticos quedaron fosilizados en el tintero. En ninguna de estas herramientas, hemos encontrado alguna propuesta de visión estratégica común. Mucho menos, una lógica relacionada a la economía en salud, ambiente y riesgos o la necesaria gobernabilidad para cambiar el todavía caótico y excluyente sistema de salud.

 

No obstante, que la metodología de la planificación estratégica dominaba en naciones y ciudades; la República Dominicana de entonces, andaba por rumbos erráticos. Sin visión común de la salud como medio, escenario y fin del desarrollo.

 

Actualmente, 146 instituciones llevan 22 sesiones y 1,629 horas de trabajo voluntario para hacer que el PLANDES 2030, sea herramienta construida colectivamente. Hoja de ruta que diseñe y perfile un “nuevo comienzo” para el sistema de salud. Hoy destacamos virtudes del actual Plan Estratégico Nacional de Salud 2030 versus los “presumidos planes decenales” de salud de antes. Ese es el principal desafío del proceso de planificación estratégica sectorial que se impulsa hoy.

 

¿El PLANDES 2030 será un nuevo ejercicio académico?. ¿Un concierto teórico de eruditos en epidemiología y planificación?. Quizás una buena lista de deseos. Pero, realmente ¿se podrá convertir en una agenda oficial con recursos presupuestarios e internacionales asignados?.  Intervenciones para  transformar el rumbo mercantilista del sistema de salud que tenemos.

 

Creemos que si. Porque se construye de abajo hacia arriba. Con carácter democrático, holístico e integral. Un plan estratégico que incluye gobierno, sociedad civil y sector privado. Con diagnósticos y estrategias de inclusión, gobernabilidad, financiamiento y gestión ambiental.

 

En los hechos de qué se trata la planificación estratégica. De juntar direccionalidad estratégica y planificación. De apoderarse de un supuesto que conduce a la admisión consciente que el Estado y su administración aisladamente, no pueden lograr desarrollo, por lo que requieren una alianza con las sociedades que pretenden dirigir y que pagan los impuestos para financiar ese desarrollo.

 

Por eso la planificación estratégica es vincular corto y mediano plazo, para que las acciones de hoy concurran con las de mañana, creando redes, sistemas y regímenes de actuación continua, concurrente y colectiva, entre Estado y sociedad. La planificación estratégica del desarrollo por ser “estratégica” no puede pertenecer a ningún sector, por lo que es un error afirmar “ese plan estratégico es de la sociedad civil, aquel de los empresarios y este otro es el plan del gobierno.

 

Si es estratégico es porque suma y multiplica un concierto diverso de voluntades. Por eso, planificar estratégicamente es importantizar la construcción colectiva del futuro deseado y anhelado por todas y todos y, para tales fines, promover la cohesión, la concertación y la articulación social.

 

Es asegurar la mayor racionalidad en el uso de los recursos dado que cada actor estratégico se compromete con un nivel de intervención. Aprovecha las escasas oportunidades para vencer, como decía Matus, “la resistencia activa e incierta de los oponentes”, aprovechando las fortalezas y contribuciones de los aliados para impulsar el desarrollo.

 

Si así lo hacemos, el plan estratégico que se formula, facilitará una intervención integral. Tendrá una asignación financiera por proyectos estructurantes en las leyes generales de presupuesto de los años 2023, 2024 y subsiguientes. Una herramienta que superará la anarquía donde han conducido las malas reformas aplicadas del sector. Cambios para mal, que precipitaron el colapso de la estrategia de atención primaria y el primer nivel de atención.