En el pensamiento sociopolítico que se forma en el proceso de independencia caribeño se formula la tesis de la íntima relación entre pueblo y democracia, en ese sentido José Martí, en su famoso texto Nuestra América, sostiene el planteamiento de la identificación entre nación y forma de gobierno. Para Martí “el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierne el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país”, por eso para gobernar bien habría que apoyarse en “métodos e instituciones nacidos del país mismo”. En síntesis “El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos del país”. Para esta dialéctica entre nación y gobierno “los rudimentos de la política” descansan en “el estudio de los factores del país en que se vive”, en “el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América”. Lo que se plantea es la conformidad entre la naturaleza del país y la forma de gobierno como principio general del “arte del gobierno”, el cual exige “conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno, y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador” / “Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder”. (José Martí, Nuestra América).

 

El intelectual dominicano ha estado permeado por una ideología/cultura política que lo inclina a ver en la dictadura un mal históricamente necesario, inevitable y hasta preferido por el propio pueblo dominicano. Esta ideología descansa en la tesis central del llamado gran pesimismo dominicano de que aquí no hay sociedad ni nación ni Estado, y que el pueblo dominicano carece de las virtudes políticas/capacidad cívica necesarias para vivir en democracia, para la civilización y de cohesión social. Según esta visión sobre el pueblo dominicano somos un pueblo con fuerte propensión a la violencia, caudillista, ignorante e intelectual y étnicamente inferior. Esa cosmovisión de la historia nacional se convierte en una ideología generalizada en la conciencia social dominicana, expuesta como verdad por los más encumbrados intelectuales dominicanos.

José R. López es el primer sociólogo en afirmar que aquí no hay sociedad, en 1915 publica La paz en la República Dominicana, este pensador se refiere a nosotros como “la agrupación gregaria dominicana”: “Cuando conquistamos la independencia no habíamos logrado todavía suficiente preparación. Las ideas eran las mismas prevalecientes en la conquista. Sociedad no la había en el concepto científico de la palabra. Imperaba todavía una unión gregaria con acentuados lineamientos feudales”/“ha quedado aquí, un cuerpo colectivo (…) compuesto de átomos disgregados, de seres sin suficiente solidaridad, sin nexos bastantes estrechos para constituir sociedad (…) aunque la unión social parezca tangible, evidente, no es verdad: no hay más que dominicanos aislados que, sin procurarlo expresamente, tienen intereses personales semejantes entre sí”/“Semejante estado gregario del pueblo dominicano ha borrado en él toda idea trascendental socialista y le ha convertido en una agrupación o, más bien, en una disgregación individualista”. (José R. López (1915), La paz en la República Dominicana).

 

Federico García Godoy publica ‘El Derrumbe’/1920, texto básico del pesimismo dominicano, estudia la psicología colectiva dominicana/ “mentalidad nacional” / “la mentalidad dominicana” / “el estado de alma de un pueblo inerte, desorientado, escéptico” / “nuestra manera de ser social” / “nuestro organismo espiritual”, esta eminencia también sostiene la carencia de solidaridad del pueblo dominicano: “Entre nosotros no existe ni ha existido nunca verdadera solidaridad. En esa falta resaltante de cohesión social, estrecha y sólida, consiste en primer término la causa del tremendo desbarajuste que se revela en todas las actuaciones desordenadas de nuestra existencia colectiva”. Nos vio como una masa caótica: “En cierto aspecto no somos un pueblo, un verdadero pueblo capaz de evolucionar consciente y progresivamente.

 

En realidad, no somos más que una masa sin precisos contornos (…) sin rumbos fijos, sin ideales, de una inferioridad mental que la incapacita para elevarse a un concepto de Nación”. García Godoy es reiterativo: “No parecemos un pueblo joven, en pleno desarrollo, dotado de vigor y lozanía, que comienza ahora a desenvolver sus energías, sino una sociedad caduca, desesperada, sin aliento, sin anhelos de mejoramiento, en proceso de irremediable decadencia” / “Más que un pueblo (…) nuestra actuación nacional, en bastantes de sus aspectos, se parece a la de una tribu semi-bárbara”.

 

En su análisis del dominicano encontró varios rasgos que nos definen como pueblo, entre ellos la inclinación a la violencia. Para García Godoy el estado del alma del pueblo dominicano está “saturado de átomos de violencia, de irremediable inclinación a los procedimientos coercitivos, a cuanto responda a abusivos empleos de la fuerza bruta” y esto “explica en grandísima parte el entronizamiento de menguadas y largas tiranías”. Lo que es un hecho generalizado: “salta a la vista el hecho de que en la América Latina sólo ha florecido y florece la paz bajo la acción prolongada de despotismos omnipotentes”. García Godoy opina que es una “ley histórica de estas turbulentas democracias hispanoamericanas” el que: “En todos o en la mayoría de estos países, la paz y con ella cierto florecimiento, sólo se ha debido a la acción ininterrumpida de largos períodos de despotismo”. Para García Godoy: “La tiranía es un fenómeno social que tiene su raíz en oscuras profundidades del ser colectivo y se determina por influencias étnicas apacentadas en formas de pensar y sentir y en ciertos puntos de vista anacrónicos y nocivos” (García Godoy, Ante la tumba de Lilís /1920). García Godoy plantea que aquí la democracia no florecerá: “inútil resultará siempre la pretensión de dar fácil acceso en procedimientos de la democracia moderna”. “El tirano de estas latitudes es siempre en el fondo una gran fuerza sintética. Resulta como el instrumento fiel y adecuado en que el pensar y el sentir de la mayoría encuentran su forma de expresión más fiel y definitiva” / “esos tiranuelos americanos son, por lo general, concreción personalísima de estados sociales groseramente refractarios a impulsaciones de fecundo y civilizador dinamismo”.  Resultado de la acción de tales deficiencias del medio “estructuróse (…) un organismo social lleno de acentuadas deficiencias en sus modos y maneras de entender y practicar la vida”. (Federico García Godoy, El Derrumbe).

 

Américo Lugo es una figura cumbre de la primera sociología dominicana, él es un referente obligatorio del pensamiento social y político predominante en las élites pensantes del país. Su pensamiento descansa sobre varios conceptos: pueblo, conciencia nacional, nación y Estado, y sobre tres rasgos fundamentales: el pesimismo, la hispanofilia y el nacionalismo. En enero de 1916 le escribe una carta a Horacio Vásquez, ya su pensamiento sobre el pueblo dominicano ya estaba acabado, en el texto expone las tesis centrales de su pensamiento social y político, ya opinaba que aquí no existían ni nación ni Estado y termina defendiendo la necesidad del gobierno despótico. El fundamento de esa cosmovisión descansaba en el planteamiento de que el pueblo dominicano carecía de aptitud política y de conciencia nacional: “La base de una nación son un pueblo y un territorio”. Para que alcancemos la condición de nación y podamos fundar el Estado nacional tenemos que resolver esos dos problemas básicos: “Hay, pues, dos problemas esenciales: uno, relativo al pueblo, y es la conversión de éste en nación; el otro, relativo al territorio”. ¿En dónde está la dificultad de la conversión del pueblo en nación? La dificultad/el problema reside en lo político, el pueblo dominicano carecía de cultura política y de conciencia de nación, y en lo étnico: el mulataje.

 

Lugo entendía que el pueblo debe reunir condiciones para que “fuese posible organizar con él una nación”, pero el pueblo dominicano carecía de esas condiciones históricas indispensables para constituir la nación y el Estado nacional. La condición fundamental es la tener cultura política, tener “conciencia de su comunidad y unidad”, pero el pueblo dominicano, en particular, carecía de ella: “La falta de cultura política del pueblo no le ha permitido hasta hoy transformarse en nación”. La nación “supone un pueblo que tiene conciencia de su comunidad y de su unida: es el pueblo organizado y unificado”.

 

En 1920, Lugo escribe su tesis doctoral: “El Estado Dominicano Ante el Derecho Público”. Aquí termina de redondear su valoración étnica del pueblo dominicano y la tesis del carácter necesario del despotismo como forma de gobernar al pueblo dominicano, tesis esenciales de su pensamiento expuestas inicialmente en su carta a Horacio Vásquez en 1916. En lo étnico: “Pueblo, lo tenemos, aunque predominan en él elementos de una raza que ha mostrado en la historia muy poca aptitud política”. “El pueblo dominicano es tan mezclado”, el mulato es la variedad predominante y constituye hoy el elemento criollo por excelencia, a ese pueblo hay que introducirle elementos étnicos superiores, hay que transfundirle nueva sangre. “La inmigración tiene aquí la importancia de los cimientos en el edificio”. Si la antropología estima que el mestizaje es un factor positivo, en el caso particular dominicano, Lugo entenderá: “El pueblo dominicano es tan mezclado como los pueblos que más han figurado en la historia; pero es de dudarse que saque verdaderos a los antropólogos cuando afirman que cuanto más mezclado es un pueblo, tanto más fecundo y apto es para la civilización”. En lo físico-geográfico, el país “ocupa un territorio insular, factores adversos son el clima y la fertilidad del suelo: “El sol tropical es generador de pereza”, “El clima enerva; la fertilidad hace inútil el esfuerzo”. Analizado desde el ángulo sociohistórico, el pueblo visualizado por Lugo deviene en lo siguiente: “El pueblo es un montón informe”, se refiere a él como: “Esa masa caótica de crímenes y de sangre”, esa sociedad dominicana está estratificada en dos clases: sociedad de primera, la clase elevada, “son los ricos, los gobernantes mientras gobiernan, los hombres muy instruidos, los profesionales sobresalientes”, son la minoría. La otra, es la sociedad de segunda, la clase inferior, son la mayoría, “la mayor parte de los dominicanos son seres enfermos, inficionados de vicios morales o de ilusiones que falsean completamente su esfuerzo intelectual”, con esta visión concluye que “esta clase y la de los agricultores, nunca deberían ser clases gobernantes sino gobernadas”.

 

Es un pueblo donde todas las condiciones son adversas al ordenamiento democrático, especialmente el medio social, “un pueblo que ha vivido en la atmósfera de la inmoralidad pública y la injusticia, que está inficionado de vicios, de errores fundamentales, que no conoce más prácticas gubernativas que las que en estas tierra han podido perdurar, las de la tiranía; que está revuelto siempre por ideas subversivas contra el orden gubernativo instituido, sea este bueno o malo, poco importa; queréis que un pueblo semejante, que carece en absoluto de tradición aprovechable y de educación se convierta de un día a otro, surgiendo de la noche de los horrores todo estropeado, harapiento, hambriento, con el rostro pálido y demacrado a la mañana deliciosa de un despertar inesperado, se convierta, lo repetimos, en un pueblo adulto, robusto y sano, lleno de vigor moral, con ideas justas, con nobles propósitos, con hábitos sociales y políticos que le permitan dar en su nuevo género de vida la misma notación de los pueblos que como Suiza, Inglaterra y los Estados Unidos de América, no sólo necesitaron siglos para llegar ahí, sino que contaban con elementos étnicos superiores por una preparación y una adaptación lenta y natural al medio geográfico y al medio internacional”. Un pueblo semejante, con “absoluta falta de conciencia nacional”, no constituye una nación y tiene muy poca aptitud política, ese pueblo es incapaz de gobernarse, carece en absoluto de tradición aprovechable y de educación, grande debió ser la incapacidad para el Estado del pueblo que soportó durante un cuarto de siglo yugo tan ambicioso como el haitiano. Es un pueblo que con sus actuales defectos de ningún modo puede servir para la formación de un Estado”.