1.

Un coche de la embajada avanza.

Un coche negro, formal, serio, compacto.

Dentro, el conductor y, atrás, el embajador.

Fuera, del lado de fuera del cristal, el mundo alto y bajo.

El sol está por algún lugar allí atrás en el mundo alto, sí, pero nunca vemos la parte de atrás de las cosas, incluso del paisaje.

El paisaje solo tiene parte de delante. Solo tiene rostro. Y en este, las nubes dominan.

Cuidado con las nubes, siempre nos han dicho eso. No se trata del miedo a la lluvia, sino del miedo a la tristeza.

Temo las nubes como los niños temen al lobo en los cuentos infantiles.

Hay ciertas nubes –que vienen con un cierto viento– que traen una cierta tristeza que no sale, que no sale, que no sale, que no sale.

2.

El embajador dice: por favor, párese aquí. Boca del Infierno, Cascais.

El conductor frena, sale, le abre la puerta al embajador.

La educación va desde la punta de los pies hasta la punta de los dedos que abren la puerta del coche.

El embajador, el suelo de las rocas.

Los zapatos son lo que son, serios. Avanzan sobre el suelo que no está hecho para recibir zapatos así.

Pantalones y traje casi entero.

La chaqueta se queda en el coche, la tristeza no.

El conductor quieto, sin entender. Duda entre la posición formal, los breves bosquejos de un delicado lenguaje, y un grito.

El embajador se acerca al precipicio y este lo llama con la voz que la tristeza escucha; la voz que solo una cierta tristeza límite puede oír.

Hay ciertas nubes –que vienen con un cierto viento– que traen una cierta tristeza que no sale, que no sale, que no sale, que no sale.

3.

¿Qué sabemos de los humanos?

Sabemos poco.

Los huesos, los músculos, los tendones, los órganos. Y los discursos. Pero luego hay todavía tanto que no conocemos de los humanos.

Imagino quizá que los estudios anatómicos aún no han llegado detrás de los bastidores de un órgano cualquiera, backstage donde se aloja una tristeza que no sale de allí; como un inquilino no desalojado que ocupa cada vez más espacio –pone primero los pies encima de nuestra silla, después, en poco tiempo alisa las sábanas y acomoda nuestra almohada; por fin, ocupa nuestra cama y no sale de ella.

4.

¿Qué sabemos de los humanos?

Sabemos poco. Y ellos son tantos y tan distintos.

Esta semana, por ejemplo, no solo hay noticias sobre la desesperación que escucha una voz que ningún oído soporta; hay también la noticia que cuenta la muerte de un hombre portador de una confianza extrema.

Esta segunda noticia relata que murió, a los 101 años, el piloto norteamericano que lanzó chucherías sobre Berlín en el final de la II Guerra Mundial –Gail S. Halvorsen, conocido como “Candy Bomber”.

La noticia explica: “El puente aéreo empezó el 26 de junio de 1948. Era un plan ambicioso de los Aliados para alimentar y aprovisionar Berlín Occidental, bloqueado por los soviéticos (…). Los pilotos aliados realizaron 278.000 vuelos hacia Berlín, transportando alrededor de 2,3 millones toneladas de alimentos, carbón, medicinas y otros bienes”.

Un día –cuenta la noticia– Gail S. Halvorsen, el piloto americano, “regaló dos trozos de chicle a dos niños” y se emocionó al verlos “separar el caramelo en trozos más pequeños para compartir con todos”. Fue en el aeropuerto de Templehof, en Berlín.

Halvorsen les prometió a los niños que “al día siguiente dejaría caer desde su avión chucherías” suficientes para todo el mundo.

Así fue. Empezó, recuerda la noticia, “a lanzar chucherías regularmente" de su bombardero y de “su ración de caramelos, utilizando pañuelos como paracaídas para llevar los dulces al suelo, intactos”.

En los siguientes días, se unieron a Halvorsen otros pilotos. El mismo programa: lanzar chucherías desde arriba.

“Lollipop Bomber Flies Over Berlin” (Bombardero de los caramelos sobrevuela Berlín) era el título de un reportaje de la Associated Press del momento, se recuerda.

Ha sido, pues, ese hombre, ese piloto de un bombardero de guerra súbitamente adaptado a otras urgencias, quien ha muerto esta semana a los 101 años.

Los hijos han comunicado su muerte.

5.

¿Que si los caramelos resuelven? Claro que no, nunca han resuelto.

¿Que si los caramelos hacen falta? Claro que sí, siempre han faltado.

6.

No mires hacia arriba, si no quieres ver el cuerpo que cae. No mires hacia arriba, si no quieres ver aquello de lo que es capaz la generosidad humana.

7.

¿Qué sabemos de los humanos?

Sabemos poco.

Desde arriba viene a veces un cuerpo, otras veces caramelos.

Traducción de Leonor López de Carrión

Originalmente publicado en el Jornal Expresso