Imagen 1

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De espaldas vemos a un analista, como se presenta en las absurdas leyendas de los extensos programas de televisión –y ante nosotros hay un mapa de Ucrania. El mapa tiene flechas que van desde arriba hacia abajo, otras de abajo hacia arriba, otras de la derecha a la izquierda, etc. A primera vista, puede parecer la ilustración de una reacción química o la ejemplificación de un problema de la Física moderna –muchas flechas rojas sobre el mapa de un país. El analista explica las flechas y analiza el abstracto como si el abstracto fuera la verdad y la realidad –pero el mapa no es la realidad. Nada ocurre en el mapa, nunca nada ha ocurrido allí–, dice alguien a mi lado. El mapa como mucho es un informe visual de lo que ocurrió. Puedes arrugar un mapa o cortarlo en trocitos, verás que, allí abajo, en el territorio real, nada ha cambiado.

Solo en el territorio puedes alterar el territorio, he aquí lo básico que de vez en cuando una campana lúcida debe recordar a los espectadores sentadísimos.

Un hombre que analiza mapas, y sus variaciones diarias, parece un anatomista de la nada; un señor alto que planea muy distante sobre aquellas cosas concretas que realmente existen y quiebran ante la fuerza o el fuego –o la muerte de un familiar. Si quemas el mapa de un país harás cenizas capaces, cuanto mucho, de ocupar el fondo de una copa de vino. Poco más. El tamaño de las cenizas del abstracto es mínimo como cualquier báscula casera puede confirmar.

Por eso, el señor que diseca mapas, que coloca el mapa de Ucrania allí tendido, como si enfermo o ya muerto en una cama de hospital, y lo abre por la mitad y lo despedaza, pareciendo un notable especialista de los órganos inexistente de los mapas, ese hombre, ese analista, hace un trabajo quizá útil, sí, pero quizá perverso, quizá impiadoso, quizá inaceptable.

Como alguien, un testigo, que a dos metros de un atropello mortal dice:

-Hablemos de mapas.

2.

Por supuesto que no todos pueden mirar lo mismo de la misma manera. De hecho, no todos deben mirar lo mismo de la misma manera; eso sería un error. Unos están allí abajo y ven de frente, como quien está a dos metros del fuerte accidente; otros están de lado y la tragedia se ve de perfil, lo que atenúa los más terribles entre los terribles latidos cardiacos; y después, entre innúmeras posibilidades –de distancia con respecto a los vivos, a los heridos y a los muertos– surge la alta estrategia que se localiza entre las nubes y la luna nocturna o entre las nubes y el dios sol; además de la troposfera, estratosfera y otras, he aquí una capa nueva de la atmósfera –la estrategia– que está muy arriba –por lo menos es lo que parece, en estos días.

Desde allí se ve lo que verdaderamente pasa en el vasto mundo que existe en los mapas. Sin embargo, en el mísero mundo que existe a la escala del terror y de la alegría, la narrativa es otra.

Imagen 2

1.

En el centro, un hombre alto cubre la cara con las dos manos.

A su alrededor, dos mujeres, edades diferentes, madre e hija, de estatura más baja, una con la mano rodeando el tronco de ese hombre; la otra mirando hacia arriba, hacia el rostro del hombre que ahora momentáneamente no tiene rostro –como si fuera por un momento un ser monstruoso e híbrido–, hombre que tiene la mano en el lugar del rostro que cubre como en un juego cualquiera del escondite.

Cuando se tapa con las manos, el rostro deja de ver y deja de ser visto. Y quizá sea eso lo que desea esa mano ante el rostro del hombre que sufre: evitar que el rostro sirva para ver, evitar que sea visto.

Ante aquello que es tremendo, el humano se vuelve infantil y desorientado; en un momento vuelve a pensar que esconder el rostro es esconderse y desaparecer completamente, pero no lo es.

Aún en la imagen, delante de esos tres humanos que están vivos y en vertical, se entiende que hay otro humano que no está en el mismo plano –no está vivo y tampoco está visible: un manto de plástico cubre una masa horizontal.

Se entiende también que entre los tres humanos vivos y aquel que no está vivo existía una relación lo suficientemente fuerte para tener la certeza de que ninguna futura estrategia de olvido será jamás eficaz. De forma potentísima conectada al sufrimiento, está la memoria; por encima de una cierta intensidad de dolor el organismo no olvida, no puede –no existe distracción o alegría futura en el mundo capaz de hacerlo. Y eso funciona tanto para un solo ser como para un colectivo.

Una de las más terribles maldiciones lanzadas a un pueblo, o a un ser vivo: por más grandes que lleguen a ser tus futuras alegrías jamás podrás olvidar esto.

2.

Cuatro personas, un mapa. Un mapa, cuatro personas.

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Traducción de Leonor López de Carrión. Originalmente publicado no Jornal Expresso