Un amigo muy querido me acaba de decir que “mucha gente diría que yo lo tengo requetejarto con el tema de Pedro Henríquez Ureña”. Es muy sugerente esa construcción: me permite acercarme a dos temas que siempre me han preocupado: lo que podría ser “la gente” y lo que sería “el tema”, en este caso, la figura de Pedro Henríquez Ureña.

En los procesos de socialización hay un diccionario que Nietzsche bien pudiera definir a partir de una “moral de esclavos”. Hay conceptos cuasi sagrados, que llegan casi al paroxismo: pueblo, gente, pobres, y todo lo que tenga que ver con grandes colectividades. Cada uno de esos conceptos entrará dentro de cierto plano universal de origen, cumbre, programa, plano. Al parecer, temas como “la verdad” y “lo correcto” devienen a partir de principios matemáticos de mayoría, de algún destino. Así asumimos que “el pueblo tendrá la razón”, entre muchas otras perlas, y que habrá un “futuro” como una instancia ya definitoria de lo que es el ser.

Un día te das cuenta de que ninguno de esos sistemas funcionan. Me pasó en 1989, cuando me tocó vivir la conclusión del socialismo justamente en una ciudad que ya había adoptado y que desde entonces se ha convertido en mi segunda casa: Berlín, capital de un país que ya no existe -que era más mío- y otro que sí. De un día para otro, Max Weber venció a Karl Marx, Alvin Gouldner demostró las inconsistencias del “marxismo científico” y Louis Althusser y Nicos Poulantzas se me quedaron relegados en cierto álbum de postalitas que no se podrá botar. Desde aquel momento pasé del concepto “pueblo”. Lo que antes venía con empatía y admiración cuando no con pánico, en el caso dominicano -una masa bajando por la avenida Duarte o por la Alma Máter-, se me presentó como una comparsa de carnaval. Una cosa eran esas masas descargándose por la Plaza Wenceslao de Praga y otras por el Berlín de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, pero otras muy muy distintas eran esas tropicales por las calles de Ciudad Trujillo y por la Calle El Sol, botando contenedores de basura.

A estos procesos de extrañeza ante el concepto “pueblo” en 1989, se le fueron agregando o cayendo otros. El último es el de “la gente”.

Cuando alguien me comenta que “la gente” dice esto o lo otro siento que me están hablando en diferido. Algo no encaja. O es muy amplia la galaxia de “la gente” o es algo que no me funciona para pensar. Es simple: para mí “la gente” no existe. “La gente” es como Will Robinson: se perdió en el espacio. “La gente” es como alguna mosca en Guachupita, algo que seguramente existirá, pero que no tendrá nada que ver con mis ejes vitales. Es como cuando alguien, bien entonado, utiliza como preámbulo de una oración el “yo pienso”. ¡Claro que tú piensas! ¿Pero por qué insistir en esa muletilla que tantos ruidos crea?

“La gente” es como “el lector”, “el público”, “la época”, conceptos muy abarcadores, genéricos, diluyentes, inespecíficos, que te resolverán un problema, como cuando se pincha la bicicleta y piensas que hasta una gomita te puede aligerar del escarnio, pero te incendiarán otros arcanos.

Por eso, cuando tengo la oportunidad de dar clases, siempre les advierto a los estudiantes que eviten esas frases de desperdicios, porque cada una de ellas es tiempo y el tiempo siempre será irrecuperable y mejor pónganse las pilas, mis hijas y mis hijos. “El público”, ¿qué es eso? ¿Haces arte “para el público”?

Y bueno, como el “la gente dice que”… vino con el postre de “Pedro Henríquez Ureña”, le diré a esa gente y a mi muy querido amigo que no solamente he hablado de él todos estos años, sino que tengo un mantra con decenas de otros dioses de nuestro olimpo tropical: Juan Sánchez Lamouth, René del Risco, Aída Cartagena Portalatín, Miguel Alfonseca, Delia Weber, Amelia Francasci, entre muchísimos nombres de los que hablo hasta la hartura, hasta el delirio -oye qué rico, mami-, hasta el sueño y espero no que hasta el bostezo, porque ahí sí se pone la cosa dura.

Espero que a “la gente” que tengo requetejarta con Pedro Henríquez Ureña haya tenido la oportunidad de haber leído sus catorce tomos de “Obras completas” y los once de “Archivos de Pedro Henríquez Ureña”, al menos. Espero, por lo demás, que todavía comprenda que ese tema es un “working in progress”, que todavía debo seguir trabajándolo, porque como PHU corregía y corregía, siempre aparece alguna nueva versión de un texto suyo que revela una personalidad obsesivamente crítica con sí misma.

Además, lo más triste del tema es que no sé por qué esa gente deja que yo lo tenga “requetejarta”. Seguramente todo el mundo habla de PHU en el país dominicano, y en eso me entraría la duda: ¿por qué justamente yo sigo hablando de él? ¿Será que los “pedristas” más fulgurantes no quieren seguir “requetejartando” del tema? ¿Será que Soledad, Andrés, Fernando y hasta Odalís son más pragmáticos que yo, que ya dejaron “el tema” como se deja un pedazo vacío de plátano en el plato?

¡Hay tantos libros hermosos en la viña del Señor!

¡Y tantos filósofos exóticos!

¡Escucha, humano mortal!

Es importante ser selectivo con el tiempo y con los recursos de que se dispongan.

Quejarse de los otros no es saludable. Si te quejas porque alguien hace esto y lo otro, ¿por qué hacerte eco de los hechos de esa persona? ¿O será que necesitamos siempre hacer el papel de víctimas del otro?

Pero ese será “otro” tema para otro artículo, oh pequeño saltamontes. En RD media humanidad se queja: desde los burros que ya no son maltratados con esos tremendo carretones hasta los bravos lectores a quienes yo los tengo requetejarto con Pedro Henríquez Ureña.

¡Siento tanto que me estén leyendo!

(¡Perdónenme!)