Convite

Cuando “blanquearon” a la Virgen y “negrearon” a San Juan

Resultado de las transformaciones sociales, las definiciones ideológicas y las dimensiones políticas eran de discriminación racial y de exclusión social hasta su superación.

Por Dagoberto Tejeda Ortiz

De acuerdo con Fray Diego de Carmona Bohor, San Agustín, obispo de Hipona, en el norte de África, fruto de un sueño, encomendó a un artesano, la creación de una virgen, la cual fue construida con madera negra, coincidiendo con la piel de los hiponeses y convirtiéndose en una hermosa e impresionante imagen que fue bautizada como “de Regla”.

A los trece años de la muerte de San Agustín, maleantes atacaron a Hipona. San Cipriano y algunos monjes, para salvar a la Virgen, huyeron hacia España, llegando a Chipiona.  No se sabe cómo pasó a ser propiedad de la familia Ponce de León.  Esta la donó a la comunidad, desarrollándose un intenso culto a esta virgen.  En el siglo VIII, con motivo de la invasión y ocupación de los Moros  a España, los monjes la escondieron en un pozo, para protegerla de acuerdo con la tradición.

Dos siglos después  fue encontrada y llevada al Santuario de Regla, donde se construyó una hermosa iglesia gótica, que se convirtió en uno de los centros de peregrinación más importante de la región y de España.

Con el “descubrimiento” y la colonización española en América, los agustinos llevaron la imagen de Regla a Cuba, a Santo Domingo y a Filipinas.  Llegó a Cuba, al poblado de Regla en la Bahía de La Habana, en una aldea de pescadores, en un pequeño santuario, donde se hizo popular esta virgen negra, la más hermosa que yo he visto, con su traje azul, tímida sonrisa, labios pintados de rojo, con un impresionante rostro negro y una mirada saturada de ternura.

Mi impacto fue mayor, cuando la tradición me dijo que a esta modesta iglesia varias veces, a caballo, llegaba y le pedía a esta milagrosa virgen de pescadores, “Reina del Mar”, el Generalísimo  Máximo Gómez, con humildad y devoción. Cerré los ojos y lo veía con el mismo fervor con que el Generalísimo entraba a pedirle protección y perdón en la iglesia de Baní, que como en el poblado de Regla, es su patrona.

Baní fue fundada en marzo de 1764 por canarios, pero años antes, ya existía la devoción de la Virgen de Regla.  En 1739, el Arzobispo de la ciudad de Santo Domingo, Domingo Pantaleón Álvarez escribió: “Hay una pequeña ermita hecha con tablas  y hojas de palma en la que se venera una imagen llamada “de Regla”, que le entregó “Francisca la “Francisquera”, adquirida en Santo Domingo, al sacerdote venezolano Fray Vicente Gonzáles de Arrúa”.  Versión, mezcla de historia-tradición-leyenda, propia de las explicaciones religiosas.

Cuando Baní comenzó a dejar de ser una aldea, fundada por canarios,  en el pueblo se anidó una aureola de racismo, de discrimación racial, de exclusión, que dividió la formación del mismo, identificando “al pueblo abajo” para la sobrevivencia de los negros. La realidad de los prejuicios determinó para la recreación, la existencia de “un casino de blancos en el centro de la ciudad y un casino para los negros en la parte sur del pueblo”.  Incluso, en la comunidad rural de Paya, el “paraíso de los dulces”, como decía Bosch, estuvo dividida en una demarcación geográfica de negros y blancos, donde, en los bailes populares, ninguna payera podía bailar con un negro, por la discrimación racial y el control social existente,  hasta la ruptura de la dictadura Trujillista.

La virgen original en Baní, como la Virgen negra de Chipiona en España, de donde llegó a este pueblo, era negra. Pero era contradictorio, que una élite de prejuiciados racistas, españolizados, tuviera una patrona negra. Por eso, en su novenario, que rezaban todos los banilejos, comenzaba afirmando: “Aunque negra, sois hermosa, pues soy hechura de Dios”.

De acuerdo con la tradición, un fuego en el altar en la vieja iglesia de Baní, alcanzó a la imagen de la Virgen, siendo llevada de inmediato a la  ciudad de Santo Domingo, para su reparación, bajo la responsabilidad del artesano Angelito Perdomo.  Después de un tiempo, ¡“milagro de Dios”! , regresó “blanqueada, con la complicidad de la iglesia y el beneplácito de la élite banileja.  ¡Desde entonces la Virgen de Regla fue otra! ¡Fue aceptada a nivel popular por la discriminación racial que alcanzaba paradójicamente a  parte de los sectores populares!

 La Virgen de Regla de Bani
La Virgen de Regla de Bani

El “blanqueamiento”, no era únicamente físico, también existía en su devoción y en su expresión espiritual.  Contrario a lo que sucedió en Cuba, donde la Virgen de Regla era parte integrante de la religiosidad popular, simbolizada por “Yemayá”, La Reina del Mar, patrona de los pescadores, en Baní nunca pasó de la liturgia católica, acorde con la cultura española.

En Baní está también el culto y la devoción a San Juan Bautista, en el “Pueblo Arriba”, un barrio marginal de la zona Norte del pueblo, con una cuota representativa original de población negra, antiguos trabajadores de la industria del café, y en dos comunidades rurales Fundación de Peravia y La Vereda.  Por esta última comunidad, llegó a Baní la Sarandunga en el proceso del cimarronaje,  aunque una tradición señala a Puerto Príncipe, Haití.  De La Vereda, pasó a Fundación de Peravia y de allí al “Pueblo Arriba”. Según la tradición, los que afirmaban su origen haitiano, San Juan, en la Sarandunga,  fue negreado. Dejó de ser “blanco”.

Baní entonces fue un escenario donde la conciencia étnica y los prejuicios raciales fueron más allá de los sentimientos religiosos, cuando “blanquearon” a la Virgen y “negrearon” a San Juan Bautista, resultado de las transformaciones sociales, las definiciones ideológicas y las dimensiones políticas eran de discriminación racial y de exclusión social hasta su superación.

Se definió una apertura democrática y de tolerancia.  Por ejemplo, la Sarandunga en su día solo podía ir frente a la iglesia, tocaba, cantaba y bailaba en la glorieta del parque.  Hoy entra a la iglesia con el beneplácito de la virgen, la iglesia y sus seguidores.

A la virgen no la consultaron para blanquearla y como protesta se tornó más milagrosa y se acrecentó su popularidad, a tal punto que se convirtió en símbolo de identidad más allá de la dimensión religiosa para ganar categoría en el “banilegismo”, símbolo de amor a Baní.  La sociedad banileja se transformó quedando esos prejuicios raciales como cosa del pasado, procesos de una época, los apellidos sagrados dijeron adiós y hasta el casino, enclave de la élite, desapareció, aunque la herencia nostálgica revivió sin limpieza de sangre y sin color preferido

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