He tomado este titular de un hermoso poema de Andrés Eloy Blanco, reconocido poeta y político venezolano, titulado La Renuncia. Nos hemos acostumbrado a recibir buenas noticias de organismos que monitorean el desempeño de la economía sobre el crecimiento anual del PIB. Conoceremos, probablemente con despliegue publicitario y justificado entusiasmo de nuestros dirigentes, que el PIB ha crecido más que en otros países del continente y del mundo y que todos deberíamos regocijarnos por tal logro. Algunos, como es habitual, discreparán sobre la magnitud de las cifras, un poco más o un poco menos, pero pocos tal vez atenderán al hecho de que ese exitoso desempeño del PIB es observado por la gran mayoría de la ciudadanía “como el niño pobre ante el juguete caro”, en una vidriera, como fiesta ajena a la cual no han sido convidados.

 

El crecimiento del PIB no refleja una mejoría similar de la calidad de la vida de la gran mayoría de la población. Esta paradoja no es nueva, es estructural de nuestro modelo económico. Solo puede comprenderse si miramos cómo se distribuye y atendemos a los indicadores de desigualdad y de bienestar. Según la CEPAL y el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo, el 1% más rico de nuestra población (unas 100,000 personas) percibe el 30.5% del ingreso bruto nacional, mientras el ingreso del 50% (unos 5 millones de personas) es 2.5 veces menor. El 10% más rico (1 millón de personas) capta el 55% del ingreso nacional, es decir, más que el 90% (9 millones de personas) restante de pobladores. Estas proporciones son entre 2.5 y 5 veces peores que 5 de los 8 países latinoamericanos estudiados con la misma metodología.

 

Semejante nivel de inequidad social constituye una barrera estructural para el desarrollo y no se solventa con dádivas ni regalos navideños, aunque estos alegren una o dos noches en que algunas familias empobrecidas olviden la tristeza cotidiana del destino al cual han sido condenadas. Tampoco se superará por la inercia del tiempo. Se necesita proactividad, políticas efectivas de redistribución del ingreso y del poder democrático. Un enfoque del desarrollo que ponga el centro de interés en la calidad de la vida y que ponga la economía al servicio de la población, no al revés. Necesitamos innovar, atrevernos a pensar, entre todos, como proyecto país, un nuevo modelo de desarrollo que haga posible la prosperidad con mayor equidad y preservación de la vida presente y venidera, protegiendo nuestros frágiles sistemas ecológicos. Desarrollar las fuerzas productivas del país, desatar los nudos estructurales que nos hacen vulnerables y nos anclan en un pasado que ya deberíamos haber dejado atrás. Simultáneamente, necesitamos políticas sociales que promuevan y reproduzcan la vida con calidad. Atrevernos, como país, en una confluencia ciudadana, a superar la monotonía de propuestas y discursos, para encarar las transformaciones necesarias.

 

Necesitamos una reforma fiscal realmente progresiva y políticas efectivas de redistribución social. Entre ellas, por ejemplo: una educación de calidad al alcance de toda la ciudadanía, un sistema de salud universal que promueva el bienestar y la salud de las poblaciones y garantice la atención oportuna y eficaz de quienes enferman y no lacere el presupuesto familiar. Un sistema de seguridad social que garantice, además de adecuado financiamiento para un sistema de salud equitativo y efectivo, la protección social de la niñez, del embarazo y de las personas de avanzada edad; y a los trabajadores ante los riesgos del trabajo y del desempleo. Revertir la tendencia a la precarización del trabajo. Un sistema efectivo de protección social para toda la población, independientemente de su capacidad contributiva, como plantea la OIT y como intentan varios países del continente. Una agresiva política de vivienda accesible y de ambientes residenciales dignos. Una política de pleno empleo.  Políticas sociales basadas en derechos, que nos nivelen como ciudadanos, garantizando a toda la población un nivel de vida digna y protegiéndola de los vaivenes de los ciclos económicos.

 

La democracia, que con tanto esfuerzo y sacrificios ha conquistado nuestro pueblo, va perdiendo sentido para quienes no alcanzan a superar la miseria y la pobreza, mientras miran que pocos disfrutan y ostentan beneficios que deberían favorecer a todos. La política se vacía de contenido cuando se convierte en clientelismo y cuando la gestión de lo público se asume como patrimonio particular o en beneficio de unos pocos. Convirtamos la democracia en equidad y mejor calidad de vida. Abramos las puertas de la vitrina e invitemos a todos a disfrutar la fiesta de la democracia.

 

Como ha señalado la OECD en su informe del 2020: “mejores políticas públicas para tener mejores estándares de vida deben ser la meta al diseñar las políticas. Las políticas públicas solo serán verdaderamente eficientes y eficaces para cumplir esa promesa, si van más allá de apoyar la economía, para centrarse en mejorar el bienestar de las personas, tanto aquí y ahora como para las generaciones venideras”.