Doradas Cenizas del fénix…

oh despojos apenas

ingrato

viejo error…

sales para cultivar el verdín de la muerte

despojos despojos

Doradas Cenizas del fénix.

ROQUE DALTON

La gente ya ni recuerda que alguna vez era apenas un caserío que llamaban Las Cañitas, un paraje remoto en la arbolada geografía, encajonado al fondo, a un costado de la bahía: esa alucinación de aguas verdes y blancas y azules, ese tenaz deslumbramiento.

Allí está todavía, allí está el pueblo, a un tiro de piedra entre el mar y la loma, el pueblo despoblado, la ciénaga pestilente, el pueblo al pie de esa loma que parece empujarlo al mar. La misma loma, la misma desafiante vegetación, la inmensa población de cocoteros que se disputan un espacio cada más reducido, famélicos cocoteros que crecen despavoridos buscando el aire y la luz, buscando como quien dice el cielo.

Pero antes de ser pueblo era lo que se dijo, era un paraje, un miserable caserío. Después llegaron las líneas del ferrocarril y la estación del ferrocarril, llegó el ferrocarril y los malditos ingleses o escoceses, que viene siendo lo mismo. Llegó aquel tren reumático y ruidoso que debió llegar a Samaná y nunca llegó. El gangoso monstruo que atravesaba en un solo día la región central del Cibao, los ciento y pico de kilómetros que a caballo y en carreta y por caminos vecinales eran interminables.

El tren llevaba y traía pasajeros y mercancías, traía cacao y café, tabaco y cera, miel y madera, los frutos de la tierra más generosa. Trajo esa cosa que llaman prosperidad, una era de bienestar y progreso.

El puerto desvencijado, de donde solo salían y entraban botes y cayucos, cobró cada vez más vida, un incesante movimiento. Numerosas embarcaciones de pescadores partían de madrugada hacia aguas propicias, y al cabo de pocas horas regresaban en procesión, llenas de peces, escoltadas por bandadas de gaviotas y tijeretas. En los muelles pululaban los estibadores. Las goletas de las islas atracaban diariamente y empezaron a llegar visitantes y otras naves de países lejanos, compañías de teatro y de opereta, circos, cuerpos de baile -y algún cantante famoso de cuando en cuando.

El comercio floreció y con el comercio vinieron los comerciantes y vinieron los bancos y los banqueros. Vinieron comerciantes a comerciar y vinieron depredadores a depredar. Los ingleses se establecieron en una calle que llamaron calle de los Ingleses, la calle pérfida de Albión, la mejor calle del pueblo, una calle en la parte alta, que describía una especie de arco. En esa calle construyeron, en un abrir y cerrar de ojo, unas casas que parecían de muñecas, viviendas victorianas que vinieron en cajas numeradas, como juguetes para armar pieza por pieza. Alguien dice que nadie las vio construir, o mejor dicho ensamblar, que un día no estaban y al otro día estaban, que aparecieron una mañana de lluvia en el lugar, en fila india, dispuestas armoniosamente, junto con sus jardines y sus coches y sus caballos y sus muebles y los engreídos ingleses que las habitaron durante el período de bonanza, toda una eternidad.

El caserío empezó a crecer y creció y siguió creciendo, desbordándose en dirección al mar. Se convirtió en municipio, le dieron nombre de gente y pasó a llamarse Sánchez. De la noche a la mañana llegó a ser el puerto más importante del país y lo seguiría siendo durante casi un siglo. Después hicieron su aparición los hoteles y las pensiones que se mantenían siempre repletos, proliferaron los negocios, los centros de diversión, los restaurantes chinos, por supuesto, igual que en todo el país. En un tiempo relativamente breve se construyeron bancos y cines, tres bancos y tres cines, un pretencioso club donde se congregaba la gente de sociedad, salones de billar, prostíbulos refinados, y un magnífico teatro de dos niveles con fachada de mampostería y paredes interiores recubiertas de cedro.

El pueblo llegó a brillar por su limpieza. Sus calles asfaltadas atravesaban serpenteando las colinas: descendían suavemente hacia el mar.

El gran protagonista era el tren, que llegaba puntual a mediodía. Era un tren quejumbroso y ostentoso: entraba al pueblo con un crujido de huesos rotos y luego se detenía en la estación terminal pesadamente, a pocos metros de la oficina de inmigración, silbando y resoplando como una bestia cansada. De inmediato se formaba una algarabía monumental: los pasajeros saludaban con alborozo a sus familiares, y el movimiento de carga y descarga duraba toda la tarde.

Después el tren se murió y empezaron a morirse el comercio y el pueblo que habían nacido con el tren. Un tirano visionario lo había construido y un tirano hijo de puta lo desmanteló pieza por pieza. Se llevaron los rieles y los vagones a los ingenios azucareros, algunas locomotoras se convirtieron en piezas de museo, las dejaron agonizar y agonizan todavía a la vista de todos en plazas y parques conmemorativos.

Lo que ahora queda del pueblo es una ruina. Un pueblo por mitad imaginario e imaginado que quizás solo era o solo fue un espejismo, un fruto del desvarío de un narrador. Ahora todo es triste y decadente, casas desvencijadas, gente sin trabajo sentada en los pocos bancos que quedan en el parque, tragando moscas por la boca abierta en los bancos del parque. Aquel parque con árboles frondosos que ya no existen.

El puerto está inactivo, abandonado. Rara vez llega un barco. Las embarcaciones de pescadores se pudren en los patios. La ferrovía ya no existe. Ya no hay hoteles ni visitantes. EI asfalto ha desaparecido de las calles. Nada parece, tener vida propia. Ahora el polvo y el barro son dueños y señores. Las casas de la Calle de los ingleses solo conservan una pátina, apenas una pátina de su pasado esplendor. El teatro con fachada de mampostería se desplomó silenciosamente una noche de octubre. Se desplomaron los bancos después que los banqueros alzaron el vuelo. Prostitutas y perros hambrientos merodean a pleno sol. Todo ha perdido su antigua dignidad, como si una desolación universal se hubiera posado sobre esta parte del mundo.