El espíritu de aventura y la reciedumbre e idealismo que animaban a aquel grupo de hombres que se jugaban todo lo que tenían por el amor a la libertad es algo tan admirable como excepcional. Después de aterrizar –casi por milagro, al cabo de un azaroso viaje–, en el aeropuerto de Puerto Barrios, emprendieron un largo viaje en lancha hacia el lago Izabal, de donde partirían por fin a Santo Domingo.

Desafortunadamente, a Puerto Barrios no habían llegado solos, sino en la peor compañía. Muy pocos dejaron de notar que unos minutos después de haber tocado tierra descendió una avioneta de la Embajada de los Estados Unidos.

“De ella —cuenta Tulio Arvelo— descendió un individuo con el cual ya nos habíamos encontrado varias veces tanto en Ciudad de Guatemala como en el pueblecito de San José en donde está enclavada la base que nos sirvió de punto de aterrizaje antes de trasladarnos al campo de entrenamiento.

»Después habíamos visto al mismo sujeto cuando hicimos el embarque de las armas en la lancha. Para ninguno de nosotros era un secreto su identidad. Eramos conscientes de que en todo momento estábamos estrechamente vigilados. Llegué a la conclusión de que Guatemala era un país que vivía en las mismas condiciones que el nuestro. Nadie podía dar el más insignificante paso sin que lo supieran en la Embajada de los Estados Unidos». (1)

El imperio, sin lugar a dudas, custodiaba los intereses de la bestia, no le perdía el rastro a sus enemigos. En esos momentos, sin embargo, ninguno de los miembros de la expedición se sentía preocupado por la presencia de los yanquis. Dice Tulio Arvelo que se sentía invencible, que no pensaba que nada impediría el éxito de la temeraria empresa.

El viaje al lago Izabal, aunque duró una doce horas, resultó placentero. La lancha se movía por un canal de “naturaleza exuberante y bellísima” y se pasaron el tiempo conversando, excitados sin duda por la proximidad de la partida.

La lancha atracó de noche en un pequeño poblado a orillas del canal y se quedaron con ganas de ver el hidroavión que imaginaban muy grande, o por lo menos más grande de lo que era:

«Al amanecer —dice Tulio Arvelo— ya todos estábamos en pie y lo primero que hice fue mirar a través de una ventana que daba al lago en mi afán de contemplar nuestra embarcación. Al fin la divisé no muy lejos anclada y balanceándose majestuosamente. Nunca había visto de cerca un hidro-avión de esa clase. En verdad que me pareció bello a pesar de que en mi imaginación lo había concebido de unas proporciones mucho mayores de las que en realidad tenía. (2)

Una vez cargado el avión con las numerosas armas y pertrechos, y con ayuda de los lugareños, los ilusionados aventureros se dispusieron a esperar la señal de partida. El plan era llegar a Santo Domingo al mismo tiempo. Los aviones de los grupos comandados por Juancito Rodríguez y Miguel Angel Ramírez partirían primero y sobrevolarían el lago Izabal. Esa era la señal convenida.

Desde las cuatro de la tarde de aquel día memorable, un 18 de junio de 1949, todos miraban hacia el cielo. La partida había sido programada para efectuarse en horas de la tarde, pero el tiempo parecía haberse congelado, cada minuto se convertía en una eternidad, en un suero de miel de abejas. Pero por fin, a las cinco de la tarde, después de una hora interminable, divisaron uno de los aviones, el avión en que —sin que ninguno lo supiera entonces— viajaba el grupo de Juancito Rodríguez.

Lo demás fue una algarabía, un solo grito de júbilo. Partirían por fin a combatir al tirano y abordaron el avión. Una parte de ellos marchaba hacia su perdición, pero nadie pensaba en eso en aquel momento.

Estaba previsto que el hidroavión haría un vuelo directo, gracias a su mayor autonomía de vuelo, y los demás harían escala en la isla de Cozumel para reponer combustible, pero la hora de llegada a Santo Domingo sería a eso de las cinco o las seis de la madrugada del 19 de junio.

Lamentablemente, todo lo que estaba supuesto a salir bien salió mal. El hombre propone y Dios dispone. La suerte del diablo acompañaba a la bestia.

Algo imprevisto ocurriría con el avión en que volaba el grupo de Juancito Rodríguez, algo ocurriría con el avión en que volaba el grupo de Miguel Angel Ramirez y con el hidroavión Catalina en el momento de la partida. Alguien no había hecho bien los cálculos y el avión estaba sobrecargado y presentaría problemas para despegar. El relato de Tulio Arvelo en relación a este incidente no tiene desperdicio:

A BORDO DEL CATALINA

»Una vez todo listo se dio la orden de partida. Se encendieron los dos motores de la nave y después de unos minutos de calentamiento comenzó a deslizarse por las tranquilas agua del lago. Por las ventanillas miraba con ansiedad cómo las aguas eran cortadas por la quilla del avión y esperábamos de un momento a otro verlas alejarse mientras la nave remontaría el vuelo. Sin embargo, las aguas continuaban siempre a la misma distancia. El avión no subía. Había llegado a los límites del lago y se había devuelto en dos ocasiones para volver a emprender otra carrera en su intento por remontar el vuelo; pero todo era en vano. A la tercera tentativa el piloto se acercó a Gugú y en inglés lo enteró de que debido al exceso de carga no era posible despegar.

»Cuando Gugú tradujo las palabras del piloto, vi asomarse la angustia y la decepción en los rostros de los compañeros. Las mismas que sentía yo.

»El piloto opinó que debíamos esperar hasta el día siguiente puesto que ya había caído la noche y era peligroso intentar elevarse debido a que, como no conocía los alrededores, temía encontrarse con una montaña y estrellar el avión.

»Además era necesario echar al agua una parte de la carga, operación que era muy difícil realizar en medio de la oscuridad, Frente a esas contundentes razones se resolvió aplazar la hora de nuestra partida hasta la mañana siguiente.

»Nadie era ajeno a lo que eso significaba. Además de que llegaríamos tarde a la cita, perderíamos la ventaja que siempre da la sorpresa en esta clase de acciones puesto que suponíamos que precisamente en el momento de nuestra partida estarían arribando a Santo Domingo los otros compañeros.

»Otro de los inconvenientes de ese retraso era que nuestra llegada se produciría durante la noche, lo que era también una desventaja. En opinión de los expertos, después del desembarco debíamos contar con la luz del día para hacer nuestros contactos de inmediato y, lo que era todavía más importante, nos permitiría tomar posiciones ventajosas antes de encontrarnos con el enemigo. A ese respecto fueron muchos los ejemplos históricos que se nos pusieron en las clases teóricas en los que siempre las invasiones se realizaban en horas de la madrugada.

»Pasamos la noche dentro del hidroavión. Lo resolvimos así para ganar tiempo. De esa manera tan pronto aclarara arrojaríamos el peso en exceso y levantaríamos vuelo.

»Es de imaginarse la ansiedad que me embargaba. Los comentarios fueron muy escasos; pero suponía lo que pensaban los demás. Tenía un complejo de culpabilidad porque consideraba a los otros compañeros camino de Santo Domingo mientras nosotros pernoctábamos todavía en tierra guatemalteca. (3)

(Historia criminal del trujillato [126])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 150

(2) Ibid, p. p151

(3) Ibid, p. 154